La fábula del Verona campeón de Italia

Enrique Julián GómezHellas_Verona,_Serie_A_1984-85

La Juventus de Platini y Boniek. La Roma de Falcao y Cerezo. La Fiorentina de Socrates y Passarella. El Inter de Rummenige. El Torino de Junior. La Sampdoria de Souness. El Milan de Wilkins. El Udinese de Zico. El Napoli de Maradona. Y el Verona. El Verona de Osvaldo Bagnoli.

Verona 1985

Verona 1985

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Zico, leyenda brasileña, era la estrella del modesto Udinese | Foto: fantasista10.co.uk

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larsen-elkjaer-84-85_672-458_resizeVerona campeon Italia

Hans-Peter Briegel, uno de los grandes líderes del Verona
Hans-Peter Briegel, uno de los grandes líderes del Verona
Elkjaer Larsen regateando a Franco Baresi en un Verona vs Milan | Foto: Pinterest
Elkjaer Larsen regateando a Franco Baresi en un Verona vs Milan | Foto: Pinterest

Así se presentaba la parrilla de salida de la Serie A a finales del verano de 1984. La gran mayoría de los mejores jugadores del mundo venían a jugar a Italia, en una competición que reunió estrellas a tutiplén, repartidas por casi todos los equipos. Más de la mitad de los clubes que iniciaban el torneo eran candidatos potenciales a conseguir el Scudetto nueve meses más tarde. Pero pocos contaban con el Verona.

Fue el triunfo de un equipo trabajado al milímetro, rodeado de gigantes, culminando la progresiva evolución -alcanzó dos finales de Coppa- que había iniciado con su retorno a la máxima categoría tres años antes, sin levantar la voz ni generar ruido. Era su estilo. Esa misma temporada, la Juventus, a la postre campeona de Europa en Heysel, acababa sexta, la Roma séptima y el Napoli, que iniciaba su proyecto con el mejor jugador del mundo, octavo. El talentoso Zico, con Udinese, se quedaría al borde del descenso pese a ser el segundo equipo más goleador esa temporada. Así era el Calcio.

Y el Verona devolvía el Scudetto a las provincias. En un campeonato habituado, antes y ahora, a que el título se reparta entre los equipos los grandes centros metropolitanos (Roma, Milán y Turín), el club gialloblù conseguía un título que no salía de allí desde hacía quince años, con el Cagliari de Rombo di Tuono Gigi Riva; y que no vencía un equipo de una ciudad que no era capital regional desde la Pro Vercelli en los años 20. Orgullo provinciano.

“Così è fatta. In alto le bandiere e i canti per il Verona campione d’Italia!” Así loaba Gianni Brera el triunfo histórico del equipo veronés. 12 de mayo de 1985, un tanto de Elkjaer Larsen nada más comenzar la segunda mitad en Bérgamo daba el punto necesario al equipo para conseguir matemáticamente el Scudetto. Se desataba la fiesta entre los jugadores y la tifoseria gialloblù, en el estadio, en el camino de vuelta y en la ciudad de Verona. “Forza Verona alé, forza Verona alé, forza gialloblù, gialloblù, gialloblù!”, cantan todos, imitando los acordes de la marcha triunfal de Aida de Verdi. Se ha escrito una hazaña.

Una gesta que comenzó ya desde el primer partido. Una victoria sobre el Napoli aguó el debut en Italia de Maradona, desesperado por el marcaje al hombre de Briegel, recién llegado a orillas del Adige. Desde entonces no soltó nunca el liderato. Dio el primer golpe de efecto ganando a la Juventus, con ese icónico gol de Elkjaer Larsen sin bota, tras superar espléndidamente a Stefano Pioli en carrera y dejar en el suelo a Favero en el área con un recorte. Solo sufrió su primera derrota en enero, en Avellino, que unido a otros pinchazos permitió al Inter empatarle en cabeza.

Por poco tiempo. El Verona puso la directa y los posteriores pinchazos del equipo nerazzurro -incluido el empate en el duelo directo entre ambos- permitió a los veroneses generar una distancia de seis puntos, inalcanzable en la época de los dos puntos por victoria. El triunfo a mediados de marzo en Florencia, con doblete de Galderisi, hizo conscientes a los futbolistas gialloblù que no era un sueño. El Scudetto no solo era posible, sino que era prácticamente un hecho, confirmado dos meses después en Bérgamo.

Osvaldo Bagnoli, apoyado por Emiliano Mascetti en los despachos, fue el gran artífice de este equipo ganador desde el banquillo. Su idea de fútbol y base de su éxito se pueden entender en sus propias palabras: “El fútbol es un juego simple, no son indispensables estilos difíciles de comprender como la zona o el ‘pressing’. Lo importante es tener la suerte de encontrar los jugadores adecuados para luego ponerlos en los sitios adecuados, dejándoles libertad para jugar. La voluntad está por encima de todo. He dirigido a unos jugadores que han merecido un Scudetto sin inventar nuevas tácticas, sin maquivelismos, sin secretos. El fútbol es solo uno”.

Un equipo con estilo propio

Bagnoli fue un técnico absolutamente pragmático, que construyó un equipo en función de los jugadores con los que contaba y no al contrario, clave de su éxito. Cada futbolista realizaba un rol en el equipo que era el que mejor podía hacer, exprimiendo al máximo su potencial. Su mérito fue aplicarlo para convertir un combinado de buenos jugadores -pocos tuvieron más éxitos en su palmarés que ese Scudetto- en campeón. Sin una palabra por encima de otra, con un carácter introvertido, Bagnoli creó un estilo que solo podía alcanzar con esos futbolistas que tenía en plantilla.

El equipo no había cambiado mucho esa temporada con respecto al que ya había conseguido buenos resultados en años anteriores. Pero los dos principales fichajes de ese año, ambos venidos del norte, resultaron claves en el Scudetto: Hans-Peter Briegel, un armario empotrado de importación alemana, 190 centímetros de pura fibra y potencia y una zurda descomunal, procedente del Kaiserslautern y habitual de la selección germana; y Preben Elkjaer Larsen, un delantero danés que se había hinchado a marcar goles en el Lokeren belga, de planta estilizada y zancada de velocista.18_40_are_f1_767

Bagnoli reconvirtió a Briegel, de lateral izquierdo a centrocampista tuttofare, un movimiento que se intuyó ganador desde ese primer partido en Napoli. Su impresionante despliegue físico le permitía abarcar todo el campo, esforzándose de manera imponente en tareas defensivas, permitiendo dar salida al equipo gracias a su envergadura para cazar balones largos y llegando el área con peligro, anotando esa temporada nueve goles. Larsen, por su parte, se confirmó como uno de los delanteros más influyentes del continente. Pese a que sus cifras goleadoras no fueron excepcionales, el juego y el peligro que generaba en velocidad al contragolpe, amén de su dominio del área y su depurada técnica, le hicieron indispensable para entender el triunfo veronés.

No solo ellos por supuesto. El pequeño, rápido y móvil Giuseppe Galderisi formó una complementaria pareja de ataque con Larsen y fue el máximo goleador esa temporada, con once goles. Mención especial para Piero Fanna, que tras no encontrar hueco en la Juventus, era la correa de transmisión del equipo, partiendo desde la parte derecha del mediocampo. Recorriendo el campo de lado a lado con absoluta entrega y coraje, era una de las claves del arma principal del equipo: el cambio de ritmo, de manejar la posesión con calma a lanzar un devastador contragolpe que se plantaba de manera letal en el área contraria con tres o cuatro carreras y pases verticales.

Dos cerebros controlaban esos tiempos del juego. Por delante, el clarividente Antonio Di Gennaro, ejerciendo de organizador adelantado para habilitar a los jugadores de banda o a los delanteros. Por detrás, el líbero y capitán Roberto Tricella. Nacido en Cernusco sul Naviglio -como otros dos grandes exponentes en su posición, Gaetano Scirea, a quien sustituyó luego en la Juventus, y Roberto Galbiati-, era quien iniciaba la jugada, tras recuperar el balón, con una elegancia inusitada y una precisión suiza. A sus lados, dos marcadores expertos, Mauro Ferroni -lesionado a mitad de año- y Silvano Fontolan, y por delante un perro de presa para equilibrar el equipo como Domenico Volpati, mientras por la izquierda Luciano Marangon era la versión menos ofensiva pero también profunda de Fanna.

Ellos, además de papeles menos importantes de Luciano Bruni, Franco Turchetta o Luigi Sacchetti, formaban el núcleo de la plantilla ganadora. Apenas 17 jugadores, incluídos los dos porteros, tuvieron minutos esa temporada. Un combinado corto, ya que la especialización de roles en el equipo de Bagnoli provocaba que realizar numerosos cambios pusiera en riesgo el equilibrio de su juego. Algunos de ellos, además, venían como descartes de equipos superiores y con unas ganas de revancha que se canalizaron en el triunfo gialloblù.

Fue una gloria efímera. Algunas piezas importantes se fueron el verano posterior el Scudetto, y los que se quedaron tuvieron que admitir que el resto de equipos ya habían aprendido la lección. El Verona descendió cinco años más tarde y quebró en 1991. Osvaldo Bagnoli se mantuvo en el equipo, ya lejos de los laureles, hasta el año del descenso, para totalizar un exitoso ciclo de nueve años. Luego tendría tiempo de llevar al Genoa a Europa por primera vez en su longeva historia. Actualmente, tras una década vagando por las catacumbas del calcio, el equipo volvió a Serie A la pasada temporada, aunque esta vez comparte estadio -que no su numerosa afición- con el Chievo, un equipo de un barrio a las afueras, ignoto futbolísticamente entonces.

Este es el relato de la fábula de un equipo de éxito pasajero en el tiempo pero duradero en la historia. Construido desde la humildad, alcanzó la cima para luego volver a refugiarse en su modesta idiosincrasia. Porque el buen trabajo sin brillantes también merecía tener su hueco en el palmarés de la Serie A. Y no habría sido posible sin un arquitecto como Osvaldo Bagnoli. Una hazaña probablemente irrepetible.