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Wolfram Wuttke, el diamante al que no se logró pulir

Recordamos al díscolo jugador del Espanyol

La gente corriente hace cosas corrientes pero Wuttke no podía. El germano fue un esclavo de su propia grandeza. Un talento a balón parado atado a varios vicios que le trajeron un final lleno de agonía.

Foto: Miguel Molina

La habitación estaba desordenada. La cama estaba deshecha, la moqueta raída y las cortinas amarillentas. Había distribuidos varios ceniceros abarrotados de colillas que decoraban el caos de una de las estancias del Hesperia Vergós. Varias botellas vacías de alcohol observaban desde el suelo el espectáculo dantesco de la noche anterior. En ese microclima que olía a pachuli vivía Wolfram Wuttke, uno de los grandes centrocampistas que defendieron la elástica del Espanyol.

Toda la porquería que convivió con Wuttke en Barcelona se la trajo de Alemania. En su país era bien conocido por no cuidarse y tener altercados extradeportivos. Su entrenador en el Borussia Mönchengladbach, Jupp Heynckes, acabó harto de él. Nombrar a Wuttke en presencia del laureado entrenador propiciaba que su rostro se enrojeciera más de lo normal. Nunca se llevaron bien y lo largó en cuanto pudo.

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Pasó inadvertido en sus dos etapas en el Schalke 04 pese a que Lothar Matthäus, compañero de Wuttke en el Gladbach, llegó a afirmar que si a Wolfy le gustara entrenar hubiese sido el mejor del mundo. El innegable talento de Wuttke se iba por el retrete cada fin de semana por culpa de su poca implicación con todo.

El Hamburgo arrancó a cuentagotas destellos de su calidad. Brilló más bien poco, tirando a nada en comparación con lo que era capaz. El Kaiserslautern, el equipo que lo mantuvo más tiempo, tampoco se libró de las polémicas que rodeaban a Wuttke. Una vez, mientras estaba lesionado, le vieron en la Wurstmarkt, una especie de ciudad-festival donde todo abunda. El club se enteró y le pidió explicaciones pero Wuttke se había buscado una coartada peculiar: “Es imposible que me vieran en la Wurstmarkt, allí hay mucho vino y yo soy bebedor de cerveza”. La bebida nacional alemana volvía loco a Wuttke y se rumorea que se tomaba una antes de cada partido.

Los roten Teufel acabaron cansados de Wuttke tras ganar la DFB Pokal en 1990 y le rescindieron el contrato por mal comportamiento. Durante su larga estancia en el Kaiserslautern fue cuatro veces convocado a la selección alemana de la mano de Beckenbauer para conseguir la medalla de bronce en los JJOO de Seúl 1988 y participar en la Eurocopa de ese mismo año. Ni con ese currículum ningún equipo pretendía hacerse con sus servicios. Ya nadie le quería en Alemania.

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Wuttke pagaba el precio de sus excesos y su desinterés generalizado. Si quería seguir jugando a nivel profesional tenía que dejar su país. Las puertas de la Segunda División española se le abrían de par en par. El Espanyol, uno de los históricos de la piel de toro, quería recuperar su sitio en Primera. Dani Solsona, el que fuera ídolo de los periquitos, estaba de director técnico y aunque sabía que Wuttke no era un santo pensó que su calidad, cuando quisiese el alemán, podía ayudar al Espanyol. Junto con Wuttke llegó Steve Archibald, considerado uno de los mejores futbolistas escoceses de todos los tiempos.

Barcelona recibía a un alemán bastante bajo, con kilos de más, que desprendía un tufillo a cerveza y que solamente cuidaba su bigote: una joya. Se sabía que Wuttke era un jugador atípico, totalmente anárquico, pero también que era capaz de lo mejor. El fichaje del alemán solamente se podía considerar bueno si el Espanyol subía a Primera, cosa que consiguió. Wolfy tenía la fácil misión de superar el rendimiento de Maurizinho y Zalazar pero también de hacer olvidar a Lauridsen, algo mucho más complicado.

Rodeado de futbolistas mediocres y alguna que otra figura logró hacer su mejor fútbol. Una zancada corta pero potente hacía enloquecer a la grada del mítico Sarrià. Wuttke fue crucial para el ascenso del Espanyol en una emocionante tanda de penaltis contra el Málaga. El Espanyol dependía de Wuttke, si el germano fallaba los andaluces subían a Primera. Los nervios estaban a flor de piel y Juanjo Díaz se encargó de indicar cómo tirar: “Al centro y fuerte, el portero siempre se tira”. Wuttke no hizo caso y lanzó a la derecha del guardameta malacitano, que se había quedado clavado en el centro de la portería. Díaz, que no se llevaba bien con Wuttke – ni él ni muchos compañeros -, se quedó con un palmo de narices con la personalidad del alemán.

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Buena parte de los goles que Wuttke marcó con el Espanyol fueron a balón parado. Estuvo a punto de marcar un gol olímpico y dejó goles memorables desde larga distancia. El creador le otorgó a su pierna derecha una potencia desmesurada que sacaba a relucir cuando le daba la gana. Aparecía un rato y luego se compraba una parcela en el centro del campo de la que no salía. En todo el partido quizás tenía quince minutos de buen en todo el partido pero ese cuarto de hora era lo mejor que el espectador se iba a llevar a casa. Es más, él solo consiguió ganar al poderoso Real Madrid dándole la vuelta al partido.

Wuttke fue un centrocampista de recorrido, con desborde y una gambeta endiablada. Un maestro a balón parado que no dejaba indiferente a nadie. En Barcelona se le quiso, se supo dejar a un lado su carácter y ver la tremenda clase que desprendía cada pelo de su mostacho. No importó que tendiera al sobrepeso, que bebiera o fumara. Que va. Pesaban más los quince minutos de arte que tenía Wolfy cada dos partidos. Un genio esclavo de su propia grandeza.

Los vicios de Wuttke le trajeron un cáncer al que supo torear durante años como si fuera un zaguero. Cuando no pudo más entró en coma y a los pocos días abrazó la muerte. Wolfram Wuttke acabó pagando su mala vida pero eso, precisamente, le llevó a bordar su nombre con letras de oro en la historia del Espanyol.

Héctor Farrés

Me tropiezo con historias peculiares que piden a gritos ser contadas. Vi a Coutinho de periquito. Pertenezco a la "Meravellosa Minoria". También colaboro en VAVEL. Twitter: @hectorfg35

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