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Sauro Tomá, un alma más del Grande Torino

Uno de los grandes mitos de la Tragedia de Superga

Júbilo previo, fútbol de ensueño, jugadores mitificados con su cierto toque de naturalidad – héroes de mito heleno vestidos de corto –, un viaje turbulento, una desgracia y el advenimiento del desastre deportivo, con el posterior morbo de esperar ver una revitalización de la entidad. No son, ni mucho menos, unas pautas marcadas por el mismo Nick Hornby para determinar una historia futbolera pero, sin duda, la Tragedia de Superga roza todos los extremos, desde el grito enfervorecido en la grada hasta la lágrima seca en el cortejo fúnebre.

Il Grande Torino copó la hegemonía del Calcio en los años 40. Era único y pretendía marcar época. Algunos dicen que volaban sobre el campo, que Lievesley y Erbstein habían conseguido convertir a un equipo de personas humildes en grandes estrella. Tenía un fútbol alegre y atrevido en un momento en el que todo parecía en decadencia. El Torino siempre voló sobre los demás y lo sigue haciendo sobre el cielo de Superga.

En la primavera de 1949, con la liga medio encarrilada, la expedición turinesa viajaba a Lisboa para disputar un partido amistoso frente al Benfica, ya que Valentino Mazzola, baluarte del equipo granata, se había comprometido con Francisco Ferreira para jugar el homenaje que le harían al lisboeta, aunque la estrella italiana estaba tocada y era duda para el duelo. Valentino era un hombre de palabra y fue.

Renato Gandolfini salvó su vida gracias a Aldo Ballarin. No pudo decir lo mismo su hermano Dino, que fue uno de los fallecidos de Superga

Viajaron a la Península Ibérica pero uno se quedó en el Stadio de Filadelfia entrenando, esperando el momento de volver a jugar con sus compañeros, con su familia, mientras se sentía desdichado. Sauro Tomà, un defensor de 20 años que iría entrando en dinámica paulatinamente, había recibido la llamada Lesley Lievesley. Antes de poner rumbo, le pidió al lozano zaguero que permaneciese en casa, que se recuperase de su lesión de rodilla porque pintaba aparatosa. Las lesiones de menisco pueden ser trascendentales siempre y cuando no se sobreponga un suceso superior, o fatídico en este caso. También, Lievesley se aseguró de que Dino Ballarin, por solicitud de su hermano Aldo –defensor y genio turinés–, entrase en la convocatoria en detrimento de Renato Gandolfi, el segundo portero.

Il Grande Torino

Il Grande Torino

Sauro Tomà pidió al cuerpo técnico que al menos le dejaran ir con sus compañeros para vivir la experiencia de viajar por Europa. También para poder escuchar algún fado por el barrio de la Alfama, o reír con los suyos mientras miraban el mar, o demostrar tanto en la calle como en el tepe que eran un colectivo único y el mejor equipo del momento. Y, por supuesto, él formaba parte de eso. Tocó esperar, esperar para siempre.

El Torino perdió en el partido homenaje por 4 goles a 3 y era el momento de retornar hacia Turín. Sobre las 5 de un 4 de mayo, cuando el Fiat N-212 parecía preparado para tomar pista y arribar a casa, el cielo turinés se tiñó de un color oscuro y rojizo. Il Grande Torino se estrelló en el murallón de la basílica de Superga sin ningún superviviente entre el amasijo de hierros. Uno de los mejores bloques de la década siempre seguiría sobrevolando el cielo de Superga.

Sauro entrenaba en el Filadelfia en busca de la optimización de su rodilla. En su vuelta a casa, decenas de personas esperaban en la puerta de su hogar para ver, quizás, al único resquicio de ese Torino magnánimo, enterándose éste, a su vez, del fallecimiento de sus compañeros. Ser un pájaro sin alas que no pudo volar con su bandada fue el sentimiento que más inundó al joven Tomá. Sólo quedaban recuerdos y ahora él era el presente.

En las inmediaciones del Palacio Madama se agolparon todos los seguidores de este Torino y otros muchos que no lo eran, con vistas a dar su último adiós a la escuadra de ensueño. El color de Il Conte Rosso, autobús siempre llamativo de la entidad, y los féretros de los fallecidos cabeceaban el acto y silenciaron a la ciudad italiana, siendo los lloros de Sauro Tomà la mayor expresión de dolor que se podía manifestar. En parte, el único dolor más desgarrado parecía que sólo podía llegar de él. Solamente, quiso volar.

Giovanna, su mujer, le dijo que no tenía que llorar más, reafirmando que mejor no hubiera viajado a Lisboa porque tenía un mal presentimiento de ese viaje. Independientemente del vaticinio, una parte de él quiso escuchar fados por Lisboa, disfrutar del homenaje a Francisco Ferreira y volar en el Fiat N-212. Otro afortunado, Renato Gandolfi, pudo saborear de nuevo la vida gracias a la decisión de Aldo Ballarin, que condenó, desgraciadamente, a su hermano Dino.

Nuestro protagonista tuvo un hijo al cual indujo en los colores granata del Torino, llegando a ser mánager del club. A partir de entonces, la vida de Sauro Tomà pareció girar en torno a la tragedia. Se dice que ha vivido cerca de lo poco que queda del estadio Filadelfia y que el alzheimer invadió sus recuerdos y los ha borrado. Seguramente, pérfida enfermedad no ha cegado su deseo de ser un alma más sobre el cielo de Superga.

Pueden leer este artículo en la Revista Kaiser #41

Guillermo González

Periodismo. Me dejo ver por Kaiser Football, Perarnau Magazine o Eurosport. Como Nick Hornby, durante largos ratos de un día normal soy un perfecto idiota.
Twitter: @Guille_futbln

1 Comentario en Sauro Tomá, un alma más del Grande Torino

  1. Apasionante historia. A veces la vida se decide por pequeños detalles como los de subir o no a un avión. Tomà salvó su vida gracias a aquella lesión

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