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Real Valladolid, fútbol de tradición e historia

Repaso a la historia del Real Valladolid

La historia está para contemplarla y admirarla; en el caso del Valladolid es una seña de identidad que esa casta, buen fútbol y clase que atesora la experiencia que tiene una ciudad, se vuelquen con el equipo. En la orilla del Pisuerga, entre la cultura y frío de sus calles, Valladolid es cuna del buen gusto por los jugadores de raza y vitalidad; algo que nunca dejará que este equipo pueda desaparecer.

ANTIGUO ZORRILLA

Tradición e historia son dos sustantivos que en la geografía hispana se dibuja a lo ancho y largo de Castilla. Su reino renacentista fue el más grande y Valladolid, su última capital antes de establecer que el centro de todo fuese Madrid. Es por ello que el aroma a historias y batallas, tengan a Valladolid como protagonista. Con el Pisuerga como protagonista de excepción, Valladolid ha conservado los vestigios de aquel Imperio donde el sol no se ponía, con la evolución industrial y urbanística que los tiempos le ha obligado a cumplir.

El Real Valladolid es fruto de la fusión entre el Club Deportivo Español y la Real Unión Deportiva a mediados de 1928, en pos de un representante único y fuerte de la ciudad castellana en el panorama futbolístico. Como el río Esgueva, unidos para beneficiar al club. Aunque sus primeros pasos no fueron nada fáciles, poco a poco, se fue introduciendo en las categorías nacionales. Comenzó la primera liga española en lo que hoy equivaldría a la tercera división y pronto ascendió a la segunda división, categoría que también estuvo a punto de superar en la temporada 1942/43. Tras descender la temporada siguiente a tercera y permanecer allí otras tres temporadas, el Viejo José Zorrilla (por aquel entonces nuevo) vivió un renacer a finales de los años cuarenta del pasado siglo, retornó a segunda división y consiguió (por primera vez en su historia), el ascenso a la primera división.

El estreno del Real Valladolid en Primera División se produjo con el argentino Helenio Herrera en el banquillo, en la que sería una de sus primeras experiencias como técnico.

La mano de Antonio Barrios (otrora jugador del Arenas vizcaíno), hizo posible aquel ascenso. Barrios se marcharía en 1948, año del estreno en primera, para dejarle la batuta del equipo al carismático Helenio Herrera. Aquel equipo tenía como protagonistas principales a varios de los jugadores con más gloria del equipo. Uno de ellos fue José Luis Saso, que dejó Madrid para afianzarse en la portería pucelana. Con él, los blanquivioletas se aseguraban a uno de los mejores porteros de la época. Durante los años cincuenta fue un fijo e incluso estuvo en la preselección del equipo español que fue al Mundial de Brasil. Saso fue, además, entrenador, presidente y consejero del club. Toda una institución que logró con el Valladolid uno de los éxitos de su historia: los subcampeonatos de Copa como jugador. Como entrenador, ascendió al club a la primera división y lo mantuvo en la máxima categoría, antes de marcharse a otros clubes como Mallorca o Espanyol. Su legado hace que su nombre se vincule al fútbol base, pues creó su propio club de fútbol para que la gente joven tuviera un sitio donde jugar y divertirse: el CD Jose Luis Saso.

Foto: eldiadevalladolid.com || 'El Muro de Pisuerga' marcó una época en Valladolid

Foto: eldiadevalladolid.com || ‘El Muro de Pisuerga’ marcó una época en Valladolid

Junto a Saso, el otro emblema de esos años fue Francisco Lesmes (más conocido como Lesmes I), que junto a Matito y su hermano Rafael, formaron la llamada “zaga mora” (al ser ambos de Ceuta y proceder del Atlético Tetuán), o más comúnmente denominados: ‘El muro de Pisuerga’. Un central difícil de rebasar, sólido y efectivo por alto. Doce temporadas defendió la camiseta del Valladolid, llegando a debutar con la selección española el día de reyes del año 1954 frente a Turquía.

En ese equipo también militaba Gerardo Coque, que al igual que Saso y Lesmes I, formaba la columna vertebral del Valladolid. Pegado a la banda derecha, Coque era de los clásicos extremos con gol y llegada. Su velocidad, dribbling y su capacidad para participar en el equipo, ayudaron al Real Valladolid a rozar la gloria de la Copa del Rey en 1950, en una final que perdió contra el Athletic de Bilbao de Telmo Zarra. Los aguerridos blanquivioletas aguantaron hasta la prórroga ante el empuje de uno de los grandes campeones de la década. Sus carreras por la banda del Viejo José Zorrilla aún se recuerdan entre los más veteranos del lugar; defendió al equipo nueve temporadas antes de marcharse al Atlético de Madrid por una irrechazable oferta (de las de entonces) del Atlético de Madrid: 1 millón de pesetas.

Los hermanos Lesmes (Rafael y Francisco) formaron junto a jugadores como Matito y Coque, una de las mejores generaciones de la historia del Real Valladolid.

Después de esta época, el club tuvo que vender a gran parte de sus jugadores a mediados de la década (1957), dado sus problemas económicos y el club, obviamente, lo notó bastante. Ya no era aquel equipo aguerrido en defensa y alegre en ataque. Pese a todo, Manuel Badenes fue el máximo realizador del equipo en esa temporada que se descendió a la segunda división. En su regreso a la máxima categoría dos temporadas después, José Luis Saso fichó a Endériz y Benítez. Endériz fue más relevante para el Valladolid; hijo de emigrantes españoles, no ocupaba ficha de extranjero y desarrolló casi toda su carrera deportiva en España, después de criarse futbolísticamente en Central de Montevideo. Durante cuatro temporadas, ayudó al equipo a ascender varias veces a la máxima categoría, así como alcanzar un alto nivel competitivo, como demuestra el 4º puesto conseguido en la temporada 1962-63. ‘El Cacho’ jugó cuatro temporadas, hasta que fue vendido al Zaragoza de “los magníficos”. El uruguayo surtía balones desde la medular a todos los delanteros y se multiplicaba en el trabajo defensivo. Aportaba, además, constancia y un sentido de la organización, que dotó al cuadro blanquivioleta de los mejores años de fútbol en aquella década. Sus pasos por Barcelona y Sevilla, no fueron todo lo bueno que cupiera esperar y volvió a Pucela para terminar su carrera.

Foto: '50 Años del Real Valladolid', de José Miguel Ortega || Llacer, Heredia, Santiago Gallego (presidente), Héctor Martín (entrenador), Docal, sedano, Pérez García, Endériz, Astrain, Lorenzo, Álvarez, Lizarralde y Fede.

Foto: ’50 Años del Real Valladolid’, de José Miguel Ortega || Llacer, Heredia, Santiago Gallego (presidente), Héctor Martín (entrenador), Docal, sedano, Pérez García, Endériz, Astrain, Lorenzo, Álvarez, Lizarralde y Fede.

La inestabilidad deportiva era un hecho: el Valladolid no se asentaba en primera división y tampoco lo hacía en segunda. Durante varias temporadas, se hizo y deshizo el equipo a golpe de talonarios y deudas; no obstante, se comenzó a trabajar más la cantera, como lo demuestra la posterior inclusión de Julio Cardeñosa. Un extremo zurdo veloz, con una fina técnica capaz de regatear al más complicado de los defensas. No obstante, Julio destacó más en el Betis, donde es toda una institución. Fue internacional español en ocho ocasiones y decisivo (para bien y para mal) para España en el Mundial de 1978.

Los 80, una década para el recuerdo

La década fue convulsa en el Real Valladolid, que seguía sin asentarse en primera, hasta en que se logró estar algo más de dos temporadas consecutivas en primera división. El mítico Carlos Fenoy defendió ocho temporadas el escudo del Valladolid, tras estar cuatro años en Vigo. Anteriormente, Newell’s Old Boys y Vélez Sarsfield le habían visto crecer, pero la oportunidad de jugar en Europa posibilitó su llegada. No cabe duda de que ‘Charly’ era un portero con mucha personalidad. Capaz de alimentar una lágrima con una sonrisa, un día claro y otro muy oscuro. El meta bonaerense no dejaba lugar a la duda; con personalidad, felino bajo el arco, también fuera de él, dio mucho de que hablar: lanzaba penaltis. No era una novedad, pero si algo novedoso para la época. En Pucela fue ídolo y formó parte del equipo que ganó el único trofeo oficial conquistado en el ya Nuevo José Zorrilla.

No solo el estadio creció, sino que el club también; la temporada 1983/84 se iniciaba con una plantilla similar a la anterior. Los refuerzos de García Navajas, la aportación y experiencia de Pepe Moré, la seguridad de Fenoy. El equipo tuvo muchos problemas en la liga, ya que estaban en la zona media baja de la tabla. En esa temporada, dos chavales vallisoletanos del Promesas (Goyo Fonseca y Eusebio Sacristán) hacían acto de presencia en el primer equipo. La delantera era sudaméricana: uno de los delanteros era el chileno Yañez. De escasa altura, con sobrepeso pero peleón, nunca logró conseguir esas cifras de goles que se le podían exigir a un delantero; no obstante, fue importante allá donde estuvo. Especialmente en el Valladolid (y luego en el Betis, tras su paso por Zaragoza).

Por otro lado, se forjaba la leyenda de otro jugador que procedía: Jorge ‘Polilla’ Da Silva. Procedía del Defensor Sporting y su técnica para la definición era excelsa; nunca bajaba los brazos. Le llamaban el ‘Polilla’ debido a que podía jugar de todo, mote que adquirió en los juveniles del Defensor Sporting. Esa temporada fue la mejor del ‘Polilla’ en España, ya que luego se marcharía al Atlético de Madrid de Luis Aragonés, donde no tuvo mucha trascendencia. En Valladolid siempre fue recordado porque allí obtuvo un logro al alcance de pocos en un equipo modesto como el Valladolid: 17 goles en 30 partidos, igualando con Juan Gómez ‘Juanito’, fue la muestra de su calidad como delantero.

El único título de la historia

pepe moréLa Copa de la Liga española tiene una singularidad y es que de este trofeo, solo se disputaron cuatro ediciones. Fue un trofeo que no fue rentable y que significaba sobrecarga de partidos. Algo irónico, si se tiene en cuenta que hoy en día se disputan muchos más partidos que entonces. Eran otros tiempos y por eso, el trofeo que ganó el Valladolid en 1984 significa tanto. También porque solo Real Madrid y Barcelona han ganado el resto de las ediciones.

Tras ganar con Cobreloa y dirigir a la selección de su país, en 1985 Vicente Cantatore se hace cargo del Real Valladolid. Con él, el equipo es mucho más vistoso, compacto y atractivo para la Liga Española, permaneciendo en la mitad alta de la tabla clasificatoria. No obstante, su logro llegó durante el año de finalización, en su primera etapa: finalista en la Copa del Rey en la temporada 1988/89, completando así un año extraordinario para los castellanos, 6º puesto en Liga y pudiendo llegar a la Recopa tras caer en la final ante el Real Madrid de la ‘Quinta del Buitre’. Muchos jugadores con una carrera exitosa, debutaron con Cantatore. Fernando Hierro fue uno de ellos, pese a que estuvo solo dos temporadas. Era un potente centrocampista con facilidad para pisar el área rival; aunque en sus años de jugador blanco, pasó de centrocampista a defensa central, liderando a los de Chamartín y al cuadro merengue durante catorce temporadas y un sinfín de trofeos.

CANTATORE

Eusebio Sacristán es otro de los jugadores a los que Cantatore dio forma y fama en el panorama internacional. Pausado, más dotado para el trabajo que para la organización, durante muchas temporadas Eusebio fue un jugador de rotación en Can Barça, dado que no tuvo suerte en el Atlético de Madrid. Terminó su carrera en el club de su vida. Exitoso, pero nunca destacado como lo fue Hierro.

CAMINERODe forma fulgurante salió José Luis Pérez Caminero del Real Madrid Castilla hacia Pucela buscando el reconocimiento que nunca tuvo en Concha Espina. Cuatro temporadas destacando en Zorrilla dieron sus frutos, pues la clase y calidad que atesoraba Caminero terminaron convirtiéndole en el estandarte español en el Mundial de Estados Unidos de 1994. Con una gran zancada, pero lento en ejecución, Caminero fue uno de los mejores interiores derechos que ha dado al fútbol el Real Valladolid. En el Atlético de Madrid consiguió el título de Liga. Dotado de una gran técnica individual, el ’21’ volvió a portar la camiseta blanquivioleta durante seis años más (1998-2004) ofreciendo un gran repertorio de regates, pases, goles y jugadas que permanecerán en la memoria colectiva de toda una generación.

Por otro lado, Gabi Moya fue un futbolista con un carácter menos permanente; fue tan móvil él como su carrera profesional. Llegó del modesto Alcalá y durante cinco temporadas vistió la camiseta blanquivioleta antes que marcharse al Atlético de Madrid, Sevilla, Valencia, Mallorca o Real Sociedad. Habilidoso como pocos, Moya fue uno de los precursores de la figura del mediapunta o segundo delantero. Partiendo desde el costado, su velocidad, habilidad y confianza de zafarse de los laterales y defensas, le llevó a ser uno de los jugadores más destacados de la Liga durante cerca de una década. También internacional, como Caminero, Eusebio o Hierro; nunca tuvo esa regularidad necesaria en un gran club para ser tenido en cuenta de forma regular para el seleccionador de la época.

Años 90, estabilidad y crecimiento

Durante la década de los 90, el fútbol pasa a ser una Sociedad Anónima Deportiva y el Valladolid intenta dar cabida a jugadores colombianos que habían triunfado en la fase de clasificación hacia Estados Unidos de la mano de Pacho Maturana, como Carlos Valderrama, Leonel Álvarez y René Higuita (Harold Lozano llegaría después con Cantatore) pero ese proyecto nunca se consolidó lo suficiente y el Pucela sufrió algún que otro descenso de categoría.

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Javier Torres Gómez fue uno de los estandartes del club durante el segundo lustro de la década noventera. Lateral diestro de largo recorrido y formado en las categorías inferiores de Getafe y Real Madrid, llegó al Valladolid con 23 años y descartado de los planes del club blanco. Durante doce temporadas fue santo y seña del club, jugando 325 partidos. Ordenado en defensa, pero presente también en labores ofensivas, Torres Gómez era ideal para jugar con una defensa de cinco y dos carrileros que apoyasen exteriormente el ataque posicional. Por el otro costado estaba Alberto Marcos, que había llegado al club una temporada después que Torres Gómez y que aportaba exactamente lo mismo que su compañero, solo que en el costado zurdo. Alberto también fue uno de los estandartes del Valladolid durante más de una década, siendo uno de los jugadores más emblemáticos del club y con más partidos disputados: un total de 438 encuentros en doce temporadas.

En el ataque, Alberto López Moreno (ahora médico del club) fue casi siempre referencia en el Real Valladolid, que lo disfrutó en dos etapas. También con Cantatore, como protagonista, era un delantero fortachón, no muy veloz pero con buen olfato de gol y con sentido (o don) de la oportunidad para meter la cabeza o el pie en el momento indicado. También dejaron su impronta Onésimo, un regateador excelso, y FonsecaPor otro lado está Alen Peternac, uno de esos delanteros que no pasarán inadvertidos en la historia de la Liga. Peternac es croata y procedía del Dinamo Zagreb (equipo que lo cedió a uno más modesto de su país). Tras el conflicto bélico, Alen estuvo en Valladolid y fue uno de los atacantes de moda de la competición durante la temporada en la que el Valladolid volvió a Europa por clasificación liguera al quedar 7º en aquella liga de 22 equipos; aunque su mejor temporada fue la de su llegada, donde el equipo se salvó consiguiendo la nada despreciable cifra de 23 goles.

De la década de los noventa, no obstante, hay que quedarse con dos nombres: César Sánchez y Víctor Fernández. El primero de ellos es considerado uno de los porteros más ágiles y completos que dio el equipo desde los tiempos de José Luis Saso. Procedente del Palencia, con el Valladolid debuta en 1992 y permanece ocho temporadas jugando 210 partidos. En el año 2000 ficharía por el Real Madrid, donde una lesión en la final de la Champions ante el Leverkusen, hizo que Iker Casillas le sustituyera y éste tuviera una final destacadísima, pese a su suplencia durante varios tramos de la competición liguera. Zaragoza, Valencia, Tottenham o Villarreal han sido otros clubes de un portero que colgó los guantes próximo a los cuarenta y un años.

El otro gran ídolo de la afición es Víctor Fernández, quien también tuvo un pasado madridista. Hábil, ágil, veloz, rápido y siempre en ruptura al espacio, el extremeño es toda una institución en el equipo blanquivioleta. Su escasa altura y olfato goleador le permitieron ser un elemento móvil y con el que casi todos los entrenadores vallisoletanos contaron siempre al final como titular. Dos etapas de cuatro años con un total de 302 partidos y ochenta goles. Toledo, Tenerife, Villarreal, Cartagena y Leganés, fueron otros clubes donde se pudo ver la calidad del emeritense, alcanzando la internacionalidad jugando para el Villarreal. Uno de los últimos mitos del cuadro vallisoletano. Ahora la historia la escriben los Óscar González y Álvaro Rubio, buscando ofrecer un nuevo capítulo de una bella historia llamada Real Valladolid; donde la tradición y la solera se visten con clase y elegancia.

Shark Gutiérrez

Redactor, cronista y contador de historias con un fuerte acento alemán. Analítico y siempre escéptico: ante una respuesta, lo mejor siempre es buscar la próxima pregunta.

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