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Quini, la increíble historia del jugador que sobrevivió a un secuestro

La historia de Quini

La infancia es la etapa en la que uno se tropieza con el fútbol y lo siente en su más amplia extensión. Todo lo que acontece alrededor del juego lo llevábamos a la calle, los cromos, los partidos en directo, los partidos de la tele, todo era susceptible de ser usado en nuestros juegos en el patio del colegio, con los amigos del barrio, la influencia era máxima y el fútbol se vivía a plenitud.

A medida que pasan los años uno lleva incorporados todos sus iconos nacidos de las sensaciones de la infancia, aquellos jugadores que en un momento dado hicieron que el fútbol fuese algo más que un juego y pasase a formar parte de tu propia existencia. Pero no solo eso, la convivencia cotidiana, las charlas interminables en los atardeceres de esos veranos de partidos infinitos, el roce y el cariño que convierten la interacción en amistad, hace que uno también lleve consigo los iconos ajenos, los de los amigos que tras horas y horas de conversación y contraste de pareceres, te contagian de sus gustos, de sus inquietudes y sus propios valores. Hoy incorporo a mi humilde estudio cotidiano a uno de los iconos personales que han sido aportados por horas y horas de charlas intrascendentes que el paso de los años ha convertido en recuerdo ineludible de una etapa de mi vida que es referencia obligada, mi infancia vinculada directamente con la de mis amigos y en concreto con uno, asturianín de corazón que me ha contagiado su gusto y respeto por uno de los grandes sportinguistas de todos los tiempos, Enrique Castro Gonzalez, ‘Quini’.

Soy producto de las relaciones que he tenido, eso es una evidencia y hay relaciones que nacen y perduran en el tiempo y nunca se desvanecen, a pesar de que los años nos hacen más inmunes a las emociones y a los sentimientos. Hay amigos que los encuentras y los llevas contigo para siempre y con ellos te sumerges en la vivencia máxima de compartir lo que crees, lo que eres, lo que sientes y lo que pretendes de esta vida. Las similitudes y las coincidencias en los orígenes son siempre un punto de partida referencial. Llegamos juntos al pueblo, de diferentes puntos de origen pero con algo en común, ambos éramos niños de ir al fútbol de la mano del abuelo, en mi caso, al honorable entre honorables Centenario de Montevideo, en su caso, con el abuelín, a la escuela de Mareo y al vetusto y reverencial santuario que es El Molinón. Ir de la mano del abuelo supone ser portador de un legado histórico que la transmisión oral permitirá transferir a terceros en los momentos de intimidad. Aquí nace la historia de cómo dos mocosos del fútbol compartieron, comparten y lo seguirán haciendo porque la costumbre es parte de nuestro arte, vivencias e historias absolutamente vinculadas con los equipos y los futbolistas con los que nos fuimos haciendo mayores, (advierto que ese proceso de maduración aún sigue vigente, lo mantenemos abierto y poco a poco lo vamos puliendo y matizando a través del gusto y la sutileza que los años nos aportan a nuestro siempre exiguo conocimiento).

“La figura de un futbolista particular implica estudiar y valorar los jugadores y los momentos que ha compartido con dichos compañeros”

Como dije ya en diferentes ocasiones, analizar la figura de un futbolista particular implica estudiar y valorar los jugadores y los momentos que ha compartido con dichos compañeros. Es imposible ajustar el valor de un futbolista sin hablar de los compañeros con los que se asociaba, de aquellos con los que más feeling sentía, con esos jugadores que el tiempo y la interacción constante y continua hace que con una mirada, el pensamiento se multiplique y la acción se reduzca en tiempo y forma porque no hace falta perder el tiempo en entenderse, el entendimiento es la mirada, es el amago, la finta, el gesto.

Hablar de Quini, es vincularlo a su hermano Jesús, a Churruca y Megido, compañeros de andanzas en los inicios en el mítico Ensidesa,  José Manuel y Herrero II con quienes conquistó el campeonato de Europa amateur a las órdenes de don Jose Emilio Santamaría, otro asiduo al Centenario de otros tiempos. Hablar de Quini, es hablar del Sporting de los chicos de Mareo, de Cundi, de Mesa, Maceda, Tocornal, Jimenez, Rezza, Uría, Ciriaco, Morán, Redondo, Valdés. Quini es socio ineludible de mi eterno extremo izquierdo de referencia, Enzo Ferrero. Quini es historia viva del Sporting de Gijón, historia escrita junto a todos estos y muchos más que sin su aportación no habría podido brillar, lucir y vivir una de las épocas más autenticas del fútbol español, el nacimiento de una escuela reconocible que el tiempo ha convertido en fuente de inspiración constante, la Escuela de Mareo.

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Enrique Castro ‘Quini’ nació en Oviedo el 23 de Septiembre de 1949. El hermano mayor de Jesús y Rafael, heredó el sobrenombre de su padre, Enrique, portero del Vetusta, quien transfirió el gusto por los guantes y la portería a sus hijos Jesús Castro, a la postre, mítico portero del Sporting durante diecisiete años y a su hijo pequeño, Falo, quien defendió la portería del filial del Sporting sin tener la suerte de llegar a jugar en el primer equipo. Enrique hijo, “Quini”, fue bendito con otros dones, contrarios a la tradición familiar pero directamente vinculados con la portería, decidió no defenderla sino perforarla y de ahí fue surgiendo la figura de uno de los mejores delanteros centro de la historia del fútbol español

Sus inicios futbolísticos surgen en Avilés, en el barrio de Llaranes, lugar en donde Ensidesa disponía de un refugio en foma de barrio industrial para todos sus  trabajadores y en los Salesianos, en el grupo Don Bosco, Quini empezó a dar sus primeras pinceladas de lo que después sería una sinfonía de goles y juego. Como juvenil, ya en las filas del Ensidesa, es llamado a jugar con la Selección Española para defender intereses frente a Alemania Occidental en doble partido, eliminatoria en la que España fue apeada por el equipo teutón. En el equipo del Ensidesa, como dijimos anteriormente, coincide con dos figuras futbolísticas de altura en estado de explosión incipiente, Churruca y Megido, con ellos hará las delicias de los trabajadores de la fábrica y convertirá al equipo avilesino en una referencia futbolística regional.

Dado su talento de cara al gol y su personalidad marcada, fue llevado a hacer una prueba al Real Oviedo, pero las circunstancias y los hados futbolísticos no permitieron ver a Quini de azulón. Su figura estaba reservada para vestir de rojiblanco y en Gijón. Esto se produjo en 1968, un 9 de noviembre, día que estampa su firma con el equipo rojiblanco. Su debút tardaría un poquito más, el 22 de diciembre en el Benito Villamarín de Sevilla, ante un Betis que se impuso por la mínima. A partir de aquí, toda una trayectoria que pasará del blanco y negro de la época, a los colores vivos de una escuadra que brillaría con luz propia, todo aderezado de un ingrediente determinante, el gol.

En 1970, Quini logra el ascenso a Primera división con el Sporting y Kubala lo convoca por primera vez con la selección española, debutando en La Romareda contra Grecia y anotando uno de los goles de la victoria

En la temporada 1969/70 el Sporting logra el ascenso a la Primera división, después de un período excesivamente largo viviendo en la oscuridad de una segunda complicada y carente del encanto que da el lucir en las principales plazas futbolísticas del país. Ese año Quini logra el primer Pichichi de su carrera, anotando 24 goles en una temporada en la que resultó trascendental su concurso para el logro colectivo de su equipo, la vuelta a la élite del fútbol nacional. 1970 será especial, no solo por el debut en la máxima categoría, sino porque Ladislao Kubala lo convoca por primera vez con la selección nacional absoluta. Con sus 21 años casi recién estrenados, debuta un 28 de octubre en el estadio de la Romareda de Zaragoza, en partido contra Grecia. Su aporte, desde el banquillo no pudo ser más productivo dado que, sustituyendo al mítico colchonero Gárate, anotó uno de los goles que dio la victoria por 2-1 al combinado nacional ante el equipo heleno. En su debut, nombres que quedaron escritos en letras de oro en la historia del fútbol español, como Iribar, Amancio, Luis Aragonés, Marcial, Gárate o Rexach.

Su relación con la selección española fue cuando menos particular, su participación en el partido jugado en Inglaterra contra Irlanda del Norte en 1972 le supuso uno de los momentos más amargos de su carrera como jugador. Un codazo, tras la disputa en un salto, de George Best, le supuso la rotura del pómulo y el consiguiente traslado a Madrid para ser operado de urgencia. La consecuencia, la pérdida de gran parte de la temporada 1971/72 y la totalidad de la siguiente. El partido jugado en Hull, concretamente en el estadio de Boothferry, supuso la primera estocada que el fútbol le proporcionaba a Quini, en forma de lesión. A pesar de ello, su juego y su instinto no se vio afectado en absoluto y en la temporada 1973-74, Quini logra su primer trofeo Pichichi en primera división, al anotar veinte goles. Su olfato goleador ayuda a su equipo a evitar el descenso a segunda y le supone el reconocimiento de los equipos grandes, que empiezan a llamar a su puerta, en especial el FC Barcelona.

Un delantero de época

El juego de Quini se caracterizó siempre por la sencillez de los gestos técnicos. No fue un jugador espectacular por las formas, sino por los registros conseguidos. Referencia del Sporting de Gijón en el desarrollo del juego ofensivo, representaba al característico delantero de área que dominaba como nadie la posición en espacios reducidos y con una capacidad tremenda para revolverse y preparar el disparo orientado siempre al lugar más complicado para el portero. Dominador del juego aéreo, tenía un potente y acertado remate de cabeza, tanto en impulso, con ese impass de tiempo suspendido en el aire, como de impacto en carrera, eligiendo el lugar adecuado en el momento preciso. Su golpeo con el pie era impecable. Sus voleas de empeine frontal era uno de sus golpeos más representativos. Su capacidad para empalmar el golpeo y dirigirlo al lugar oportuno era una cualidad innata que lo convertía en un delantero imprevisible, capaz de rematar de primera opción o de bajar la pelota y buscar una opción posterior, que podía ser el remate tras un regate simple o la relación con un compañero buscando la mejor oportunidad para convertir la jugada en gol.

Su relación con el resto del equipo se reflejaba fundamentalmente con su juego de espaldas, siendo siempre una solución para los compañeros que progresaban de cara y buscaban en él la sociedad a través de la pared. Especial era su vinculación con Enzo Ferrero, veloz y técnico extremo izquierdo argentino quien desde su posición generaba una gran parte de las acciones de desequilibrio que posteriormente serían culminadas por el propio Quini. Toda la parcela técnica era dominada con suficiencia por El Brujo, controles que posteriormente se convertían en la mejor opción posterior de todas las elegibles, caídas al espacio libre entre líneas para recibir y crear desequilibrios para otros jugadores, tal como Joaquín o Mesa, Morán o Churruca. Su capacidad para gestionar su papel en el juego colectivo del equipo le habilitaba para desplazarse a zonas no habituales bien en la banda o bien en el centro del campo en donde buscaba superioridades que permitiesen llevar el balón en las mejores condiciones para gestionarlo posteriormente en su hábitat más habitual, el área.

Tácticamente era un jugador disciplinado, asumiendo las premisas de la época tanto en lo referido a los contenidos ofensivos, como sobre todo a las labores defensivas, en las que los entrenadores del momento exigían un trabajo muy específico de marcajes independientemente de la posición en la que se jugase, eso sí, con la flexibilidad y la coherencia debida a la propia dinámica del juego. En ese sentido, Quini siempre se mostró como un jugador comprometido, anteponiendo las labores colectivas a su brillo personal.

Tácticamente, Quini era un jugador disciplinado, asumiendo las premisas de la época tanto en lo referido a los contenidos ofensivos, como sobre todo a las labores defensivas

Era un jugador que necesitaba que los compañeros lo nutriesen de opciones de balón. Necesitaba que los extremos centrasen para él poder optar al remate, en ese sentido, el juego vivo y veloz del Sporting siempre proporcionó buenas opciones que él se encargó de materializar con un porcentaje de acierto extraordinario. Ese era su gran valor añadido, su capacidad para transformar en gol las jugadas que los demás creaban, su eficacia y su porcentaje de acierto eran tremendamente elevados. Además, disponía de la visión para entender el juego interior, dominando el desmarque de ruptura que le permitía recibir en profundidad y gestionar las acciones de uno para uno con el portero con la sencillez de un virtuoso sin necesidad de brillar, solo de acertar. El bagaje de oferta de recursos lo convertía en un delantero inescrutable en las acciones a realizar y la previsión o anticipación que podía intuir su defensor quedaban obsoletas ante la capacidad para adaptarse a cada situación del juego y adoptar la mejor decisión en cada momento.

Otro de los grandes activos de Quini era su carácter afable y su inmenso grado de compromiso social. Su figura crecía como la espuma en los foros en los que se necesitaba la presencia de un privilegiado a quien la vida le otorgaba los dones del reconocimiento popular. Ello llevaba aparejado el consiguiente valor que trasladaba a su equipo, que en esa época, mediados de los años 70 representaba una de las canteras más prolíficas y mejor trabajadas de todo el panorama futbolístico español y uno de los equipos simpáticos para una gran parte de las aficiones.

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Como aficionado, soy de los que crecí viendo evolucionar las dos grandes escuelas del Norte, Mareo y Lezama y como su especificidad en cuanto a estilo y forma se confrontaba con el resto de competidores y escuelas particularmente marcadas como la canaria o la andaluza, sin olvidarnos a la más privilegiada en cuanto a recursos y reconocimiento popular en la época, la fábrica del Real Madrid.

Los debates cotidianos de los niños que jugábamos en la calle era identificar y asociar tu imagen a una de las escuelas más representativas, de ahí nacieron las grandes charlas que posteriormente se convirtieron en un lujo cotidiano y en un inmenso ágora de conocimiento aportado por quienes se tomaban la molestia de manejar información. Ahí se consolidó la potente ligazón futbolística con mi introductor en la filosofía del Sporting de Gijón, mi amigo Fernando Acebal, todo un diccionario enciclopédico en lo referente a la incipiente escuela modélica de Mareo y sus yogurines en ciernes. Ahí empecé a pararme un poquito más de lo debido en el equipo gijonés, en Quini como estandarte, en Ferrero como debilidad personal, en Castro como ejemplo de austeridad en las formas de un portero eficiente y seguro, en Maceda, elegancia, finura y empaque futbolístico desde la posición de líbero, en Jiménez un arousano en las filas del equipo asturiano que imponía respeto y dominaba el juego defensivo como nadie, en Joaquín, el motor creativo del equipo, Mesa, un pulmón de pelo largo y figura particularmente extraña en su forma de correr, pero estético y dominante por estilo y por carácter, Cundi, lateral izquierdo de fuerza y raza, de gasto impagable y entrega sin par, bigote característico que escondía en una faz aguerrida la nobleza de un deportista íntegro, Rezza, argentino de pelo rubio y melena al viento, técnico y fino jugador que envolvió con pases en profundidad y un juego sereno las tardes de un Molinón que esperaba su momento para gritar los goles que todos querían poner a los pies de un Quini protagonista. Todo ello en la voz aterciopelada de un amigo con quien agotaba las tardes de ocio, tras largas horas de fútbol, bici y mil cosas más, con charlas de vuelta a la calma antes de que nuestras madres asustasen al Cuco con el grito huracanado de una cena a punto de ser servida.

Hoy seguimos manteniendo nuestras charlas a última hora, bien por la red, bien con un café, dominamos todas las suertes de la comunicación y aprovechamos los momentos para dedicarle unos minutos al fútbol y, cómo no, a ese Sporting que siempre sale a colación. Hoy Fernando Acebal, para quienes no lo conocen, uno de las mejores voces en off de este país, actor de doblaje, teatro y televisión, me regala con su tiempo, historias de un Sporting que brilló en espera de poder contar las historias de ese Sporting que brillará. Y mientras Quini seguía su camino con el gol como principal carta de presentación y así, el trofeo Pichichi volvería a caer en sus manos en la temporada 1975-76, 1976-77, otra vez en segunda división para posteriormente volverlo a conseguir en la temporada 1979-80.

En esta época, con un bagaje como jugador ya consolidado, vuelve el FC Barcelona a tratar de llevarse a Quini a sus filas, tras intentos fallidos en el pasado y lo consigue en la temporada 1980-81, tras doce temporadas defendiendo los colores sportinguistas. 82 millones de las antiguas pesetas y el premio Don Balón al mejor jugador de la temporada avalaban el pase. Con 31 años y pleno de experiencia, Quini se dispone a vivir las sensaciones que transmite un grande y busca consolidar su carrera al lado de los mejores, entre ellos un alemán Bernardo Schuster, con quien tendría una relación especial que trascendería lo meramente laboral y posteriormente con el jugador más impactante del momento, Diego Armando Maradona, con esos mimbres, no cabía otra posibilidad que la del éxito de quien vive a expensas de un momento para lograr el gol.

El secuestro, su momento más duro

Pero sus inicios en el FC Barcelona le tenían guardado a Quini una de las situaciones más rocambolescas y a la par estresantes que le puede suceder a un ser humano. El 1 de marzo de 1981 sucedería la tragedia, dado que Enrique Castro Gonzalez “Quini” era secuestrado por un grupo de desaprensivos que, sin motivo aparente, lo introdujeron en una camioneta y se lo llevaron con destino desconocido. Durante 25 días se vivieron momentos de auténtica angustia ante la ausencia de noticias fiables y claras sobre los motivos por los que Quini había sido secuestrado. Su familia y sus compañeros así como las aficiones del Sporting y del FC Barcelona vivieron momentos de incertidumbre que llevaron a su club a no ganar ningún partido durante el período de encierro de su compañero. Jugadores como Aleksanco o Schuster vivieron en primera persona una situación sumamente complicada que se unió a la desesperación de la familia por concretar una solución que no parecía fácil.

Tras 25 días de encierro, Quini fue liberado en Zaragoza por sus captores, sin definirse claramente los pactos alcanzados y las cifras negociadas. Quini pudo ser trasladado sano y salvo a la ciudad condal para proceder a su restablecimiento inmediato, tanto físico como psicológico. Posteriormente la policía lograría detener a los tres responsables del secuestro, tres personajes que habían planificado pormenorizadamente todas las operaciones con el único ánimo de lucrarse a costa de la vida de Quini y la angustia de su familia y amigos. Finalmente Quini, demostrando una humanidad fuera de toda duda logró facilitar a sus captores parte de las cargas que tenían que asumir, al renunciar a los castigos económicos a los que fueron condenados sus secuestradores.

La primera temporada de Quini en el FC Barcelona quedó marcada en el recuerdo de todos por esos 25 días de locura en el que todos, desde el presidente Nuñez hasta el último responsable de cualquier actividad del FC Barcelona se vió absolutamente golpeado por el evento inesperado. Mención especial merece el alemán Bernd Schuster, quien incluso se negó a jugar hasta que su compañero volviese sano y salvo con el resto del equipo, su vínculo personal con Quini hizo que viviese de forma muy intensa ese momento.

Pero el secuestro y las secuelas posteriores no fueron suficientes para interponer a Quini con el gol y esa misma temporada volvió a lograr el trofeo Pichichi, a pesar de que su equipo, en situación de privilegio para ganar la liga, la perdiese en manos de una sorprendente Real Sociedad de un Ormaetxea creador de un estilo dominador en un Atocha inexpugnable. La estancia de Quini en el club blaugrana se extendería hasta la temporada 1983-84, cuatro años en los que alcanzaría nuevamente el Pichichi de la temporada 1981-82 y formaría parte del elenco elegido para representar a España en el mundial de 1982 en donde cerraría contra Alemania en la fase previa a las semifinales con su participación en el combinado nacional. Con el Barça, siendo el 9 de referencia lograría los títulos colectivos de las Copas del Rey de 1980-81 y 1981-82, la Recopa de Europa de la temporada 1981-82 ante el Standar de Lieja, la Copa de la Liga 1982-83 y la Supercopa de 1983-84.

Final Copa del Rey 1980-81. FC Barcelona vs Sporting Gijón.

Cuando todos esperaban su retiro definitivo tras su exitoso paso por el FC Barcelona, Quini sorprende a propios y extraños volviendo a Gijón y a su Sporting, con quienes jugaría aún tres temporadas más, hasta su retiro definitivo en 1987, tras 16 temporadas en primera división y tres en segunda, siendo el 8º máximo goleador de todos los tiempos en la Liga española, con 35 entorchados internacionales y 8 goles y con 448 partidos jugados en primera división y 219 goles, muchos de ellos para convertirlo en el máximo goleador histórico del Sporting de Gijón en primera división. Su figura ha sido tan relevante en el club asturiano que pasó a ser el delegado del equipo y referente corporativo de la institución.

Su ejemplo ha valido para abrir el camino a posteriores generaciones de yogurines gijoneses que se convirtieron en realidades futbolísticas de primera magnitud. Hablamos de estandartes sportinguistas como Eloy, Juanele, Luis Enrique, Abelardo, Eraña, Manolo Sánchez Murías, Mino, Felipe, Ablanedo, Marcelino, Oscar y tantos otros que han llevado a la escuela de Mareo a ser considerada un vivero inagotable de talento. Quini, como abanderado del pedigree gijonés, a pesar de no haberse formado en la propia institución, ha sido un ejemplo vivo y una fuente inagotable de experiencias que ha sabido trasladar sabiamente a quienes así se lo han requerido.

El ejemplo de Quini ha valido para abrir el camino a posteriores generaciones de yogurines gijoneses que se convirtieron en realidades futbolísticas de primera magnitud

Y así, con el pasar de los años y después de muchos momentos de ocio y convivencia, adopté a Quini dentro de mis más reverenciados iconos futbolísticos, prestado y aderezado con la sabiduría y la emoción de las historias contadas por mi amigo Fernando Acebal, fuimos consumiendo horas de amistad que se fueron amortizando con tasas de retorno que han ido posibilitando una nueva capitalización de aprecio y respeto que dura hasta nuestros días. Hablar de fútbol con los amigos y disfrutar de querencias comunes se ha convertido en uno de los pequeños grandes lujos que uno va tomando del día a día. Volver a vernos y reírnos de mil y una anécdotas y recurrir al Sporting como fuente inagotable de historias vividas o incluso imaginadas, nos han llenado tardes y noches de vínculo que nos permite recordar desde el cariño la trayectoria de esos que en un momento dado quisimos emular. Los aconteceres de la propia existencia nos aumentan más si cabe las figuras de algunos y sobre todo, la inmensa dimensión humana que tanto Quini como su hermano Jesús han representado para toda una generación de amantes del fútbol. El triste acontecimiento de la muerte, hace años de Jesús Castro, en las condiciones heroicas en las que se produjo impactó más si cabe en mi percepción de referentes ineludibles de espejos en los que reflejar mis valores personales.

La vida deportiva de Quini ha sido extraordinariamente representativa de la evolución del jugador español hasta nuestros días, la vida personal de Enrique Castro y su entorno más cercano nos refleja la sencillez del éxito de los valores humanos y el sentir de un señor orientado a satisfacer el gusto por disfrutar de la vida. Enrique Castro Gonzalez ‘Quini’, delantero centro de inmenso valor futbolístico, persona de tremendo valor humano y motivo para seguir regando con sumo cuidado una amistad imperecedera con un ser que me inspira cada vez que oigo su voz, Fernando Acebal (Cuco para los amigos).

Alex Couto Lago

Entrenador Nivel 3 Fútbol, Máster Profesional en Fútbol y autor del libro 'Las grandes escuelas del fútbol moderno' (Ed. FutbolDLibro).
Twitter: @AlexCoutoLago

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