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El día más amargo de Pavel Nedved

El día que el futbolista checo se perdió la final de la Champions League

El partido se acabó para él en el minuto 82. Las lágrimas afloraron en su rostro y la grada respondió como siempre. Al grito tantas veces escuchado en Delle Alpi: “Nedved, Nedved, Nedved”. Esta vez no era la ovación ante un cambio, ni siquiera el reconocimiento tras un gol. Todo era más amargo. Nedved acababa de perder el tren de Old Trafford. 

Foto: Tuttosport

Fue una noche mágica para los transalpinos. Un recital con aroma de bengalas y proclamas de victoria (“Hay una estrella en el cielo que indica el camino. Forza, Juve. Vencer es tu destino” fue el lema con el que fueron recibidos los jugadores)  que vistieron la caldera del coliseo bianconero desde el inicio. En esa atmósfera los jugadores de Marcello Lippi saltaron excitados como si hubieran olido el miedo en el enemigo.

La ventaja era blanca (2-1 en el partido de ida) pero pronto se demostró que más allá de los Alpes nunca le ha ido bien a los reyes españoles. A los 12 minutos la Vecchia Signora ya había igualado la eliminatoria. Antes del descanso había puesto tierra de por medio con un tortazo ante la pasividad blanca. A la vuelta de vestuarios seguía cociéndose el desastre pero el punto de ebullición no se alcanzó hasta el minuto 73.

Pavel Nedved era uno de los futbolistas más determinantes del momento y una sola tarjeta le podía privar de una hipotética final de la Champions League. 

Fue entonces cuando Nedved saltó la cadena de Fernando Hierro en una cabalgada de las suyas, culminada con un zarpazo al fondo de la red. Ardía Delle Alpi. A quince minutos para el final el camino hacia Manchester estaba allanado. El checo corrió por la pista de atletismo para celebrarlo con la curva sur mientras el estruendo recorría toda la bota. Pero tras la euforia, Nedved, ese jugador que nació para el fútbol en la Eurocopa del 96, le tocaba mantener la cabeza fría. En realidad, tenía un puñado de minutos de travesía por el alambre.

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Ese abismo era una tarjeta amarilla que acabaría con uno de los sueños que aún le quedaban por cumplir. Tras ganar el Scudetto con la Vecchia Signora no dudó en su próximo reto: “Mi mejor regalo sería jugar la final de la Liga de Campeones”. Hasta el minuto 82 tocó ese sueño con los dedos. Fue una falta absurda, innecesaria y la mirada lanzada al suizo Urs Meyer, juez de aquella contienda, destilaba tanta rabia como incredulidad. Lo vio todo Delle Alpi que comenzó a rugir para animar a uno de sus héroes: “¡Nedved! ¡Nedved! ¡Nedved!”.

De ahí hasta el pitido final, el checo deambuló por el campo. Absorto y aturdido. Sin poderse quitar de la cabeza aquella maldita falta. Tras el pitido final se repitieron las escenas en la grada. Una grada que intentaba consolar a uno de los héroes de la noche. Éste caía arrodillado sobre el césped que tantas actuaciones fabulosas suyas vio. Llorando a lágrima viva era consciente de que había remado hasta la orilla, había guiado a los suyos hasta la tierra prometida (dio un pase de gol y marcó otro en ese partido) y ahora no podría disfrutar del paraíso.

Foto:  Sandra Behne/Bongarts/Getty Images)

Foto: Sandra Behne/Bongarts/Getty Images)

Nedved era en ese momento el jugador más desequilibrante de la Vecchia Signora. Aquel Scudetto se sustentó en la calidad que destilaba desde la mediapunta o en sus arrancadas desde la banda izquierda. Humilde y alejado de los focos de la publicidad que empezaba a ganar terreno en el otro fútbol, el soñaba con levantar la ‘orejona’ en el que a la postre fue su mejor año (14 goles y 11 asistencias).

Por eso Di Vaio fue el primero en ofrecerle su hombro y hacerle una promesa. Tachinardi repitió el discurso ante los micrófonos a pie de campo: “estamos tristes por ese jugador fantástico y tipo fenomenal que es Nedved. Intentaremos ganar por él”. Marcelo Lippi miraba ya hacia adelante en la rueda de prensa posterior al partido: “Estoy muy disgustado porque Nedved no va a poder jugar la final, porque ha sido uno de los jugadores más importantes esta temporada. Si se puede ganar, la primera dedicatoria será para él”. Sabía de lo que hablaba el maestro. Su mejor discípulo no pudo enjugar las lágrimas sobre la pradera verde del Teatro de los Sueños. Su equipo había perdido la final en los penaltis sin que él pudiera evitarlo.

Emmanuel Ramiro

Pecho frío que explica con palabras lo que no pudo hacer con los pies. No me gustan las bufandas. Prefiero escribir que es la mejor forma de conocerse.
Twitter: @emmanuelrf

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