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El pase de la muerte de Andrés Escobar

La tragedia de Escobar

Foto: cnn

El fútbol, a veces, no significa más que deporte, pero en pocas ocasiones representa sólo una actividad física, como juego o competición. La sociedad que encuentra en el pase en corto una forma de vida se ve arrastrada por acontecimientos que se escapan de sus posibilidades, es decir, su felicidad puede depender de cómo juega nuestro nueve el domingo, de si al enemigo más innato se le ocurre perder o de cómo se levanta el línea ese día. Borges en una ocasión definió al fútbol como uno de los mayores crímenes de Inglaterra, por una parte se equivocaba del todo pues nadie va a descubrir la sensación de un ascenso, de un descenso o de un campeonato, pero Borges quizá se refería al fútbol como factor que nubla la cordura, que rompe con la ética y que en sí es un crimen contra la persona, ya sea en estado psíquico, o lo que es mortal, en estado físico.

Andrés Escobar nació en el año sesenta y siete, en la ciudad de Medellín, Colombia. Creció con la pelota cosida a la bota y desde muy pronto su buen fútbol despuntaba sobre el resto. Debutó en el año ochenta y siete con el equipo de su vida, Atlético Nacional, logrando así uno de sus sueños, vestir de inicio la camiseta verdolaga. Después conseguiría un puesto en el combinado nacional, disputando los mundiales de Italia 90 y de EEUU 94 en donde partían como uno de los favoritos. Su paso por el fútbol sudamericano dejó  huella y el salto a Europa no estaba lejos. Justo antes de viajar con su selección a Estados Unidos había mantenido conversaciones con el AC Milan, señal del fichaje de Escobar por el conjunto italiano tras la disputa del mundial de fútbol. Fichaje que nunca se llegaría a realizar porque a Andrés le colgaron las botas después de aquella Copa del Mundo.

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Escobar era una de esas personas que no buscaba hacer mal a nadie, leía la biblia, tenía muy presente a su familia y sobre todo era muy querido por la gente. Esto último cambió, o al menos cambió para parte de la sociedad colombiana cuya selección pasó de ser una de las favoritas a ganar el mundial, a ser eliminada en primera ronda. Favorita porque lo dijo Pelé y porque en sus filas jugaban jugadores extraordinarios como Carlos Valderrama, Adolfo Valencia, Faustino Asprilla, René Higuita, Leonel Álvarez o el propio Andrés Escobar. En la fase de clasificación para el mundial Colombia demostró por qué figuraba como candidata, en septiembre del noventa y tres le endosaron un cero a cinco a la selección argentina, el Monumental no se había ni se ha encontrado nunca con tal situación. De los veintiséis encuentros previos al Mundial 94 tan solo perdieron uno, jugando un fútbol alegre y venciendo a equipos como Brasil o la propia Argentina.

En todo este contexto se enmarca una sociedad con pocos recursos económicos, con un ambiente político entristecido y con un poder en crecida como el narcotráfico, que se apoderaba de todos los estratos sociales a base de complicidad o fuego. La población se agarraba a su equipo de fútbol para encontrar algo de luz en la tiniebla, para recrearse dentro de un perímetro donde todos eran iguales, donde luchaban por un mismo objetivo. La imagen que deseaban exteriorizar no era la del otro Escobar, Pablo, famoso por quitar a los ricos para repartir entre los pobres, pero con matices como el asesinato, la amenaza, el miedo o la venta de cocaína; un hombre capaz de matar a cualquiera si algo no le agrada, que tenía al gobierno en vilo y en sus manos a un ejército capaz de ocupar la ciudad de Medellín en una hora; querían  la imagen del verdadero Escobar, Andrés, querían mostrar la imagen de la gente humilde, la de gente de a pie que se levanta cada día para luchar por el pan de sus hijos, gente que pelea por sus sueños con pasión y juego limpio.

Aquella tarde del 22 de junio el fútbol le dio parte de razón a Borges y el 2 de julio se la dio por completo cuando Andrés Escobar fue asesinado en el parking de la discoteca El Indio de la ciudad donde vivía, Medellín. Tres hombres le rodearon y le “felicitaron” por el gol anotado ante Estados Unidos, uno de ellos era Humberto Muñoz Castro, único condenado, sus acompañantes los hermanos Gallón, activos del paramilitarismo y el narcotráfico. Andrés se excusaba y pedía comprensión porque no era su intención, él sólo quería cortar aquel pase de la muerte. Las apuestas, el estado de ánimo que provocó en Colombia aquella tarde californiana, quién sabe lo que llevó a aquellos individuos a disparar seis veces contra Andrés Escobar y gritar mientras, “golazo, vaya golazo hiciste”. Nadie mató a Roberto Baggio por el penal que erró en aquel mismo mundial ni tampoco en España perseguimos a Cardeñosa o Arconada.

banderaVolviendo al 22 de junio, al momento donde Andrés se sitúa ante el pase de la muerte del jugador estadounidense, a partir del toque de derecha desesperado por cortar aquella jugada, desde que aquella pelota entró en la red, a Andrés empezaron a matarlo. Lo mató la prensa estadounidense, que no acostumbrados a manejar este tipo de información, hicieron del autogol una novela de ficción donde había de todo, dinero, amor, odio, miseria e injusticia. Los medios decían que el gol entristecía a demasiados colombianos, digo demasiados porque no a todos les afectaba de la misma forma y no a todos les causaba el mismo tipo de pena. Se decía que eran muchos los que habían apostado a la victoria tricolor en aquel partido y muchos fueron los derrotados que no acostumbraban a perder, porque a diferencia que en el fútbol, en las calles de Colombia no hay avisos, amarillas, rojas y tampoco tiempo para parlamento, si se quiere algo, fuego y si no se consigue fuego.

Seguramente Borges cuando acusó al fútbol como al mayor crimen de Inglaterra no se refería al crimen como tal, como acto violento, como acto indigno, se refería a este como arma  de desarme racional y hay mucha gente desarmada racionalmente, pero esas personas no se dedican al fútbol, se dedican a otras cosas menos sanas, más vinculadas con otro tipo de disparos. Aquel pase de la muerte no se dio en el minuto 36 de partido con la grada entusiasmada y con Andrés buscando la ocasión de desbaratar una jugada. Aquel pase de la muerte se dio el 2 de julio, bajo la oscuridad de la noche colombiana, mientras algún país del mundo esperaba a llenar sus calles de banderas victoriosas, las calles de Colombia se llenaron, pero se llenaron de gente que en lugar de celebrar lloraba la muerte de un compatriota que no fue a la guerra, pero que murió defendiendo a su país. Antes de que lo asesinaran escribió un artículo reflexionando sobre la actuación de Colombia en el mundial y la repercusión que debería causar, pedía respeto para sus compañeros y defendía al equipo de las críticas. El artículo finalizaba con la idiosincrasia propia de Andrés Escobar, “hasta pronto porque la vida no termina acá.”

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