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El día que Mourinho se sacrificó por su equipo

El entrenador del Oporto tuvo que arriesgarse para pasar a la final de la UEFA

Faltaba un minuto para los noventa. El Porto estaba a punto de lograr un resultado histórico. Las gradas sentían en la piel la euforia del momento. Súbitamente, mirando al césped, vieron el árbitro, delante del banquillo local dando la orden de expulsión a su entrenador. Pocos habían visto la escena, entretenidos en hacer cuentas para los kilómetros que les separaban de Sevilla. Los que sí fueron testigos de ese momento supieron, desde entonces, que José Mourinho era un entrenador dispuesto a morir por su equipo.

El Oporto de Mourinho estaba en semifinales de la Copa UEFA, la primera ocasión en la historia del club en la que llegaba tan lejos en la competición. Su rival era el duro equipo italiano de la Lazio, desde hace mucho el gran favorito a conquistar el trofeo. Era un equipo que contaba con nombres superlativos del Calcio, entrenado por Roberto Mancini.

El partido de ida se disputaba en Oporto, en el viejo estadio das Antas. Más de 50.000 personas llenaron las gradas. Por la falta de acuerdo económico entre el club y la televisión estatal,  nadie más en Portugal pudo ver el partido en directo. Fue una noche memorable. Los italianos se adelantaron en el marcador cuando todavía había gente esperando en las puertas del estadio para entrar. Un centro de Favalli que el “Piojo” López contestó con un zurdazo imparable a la portería Vitor Baia. Un 0-1 contra un equipo italiano en Europa. Parecía una sentencia de muerte firmada y lista a ejecutar. Pero no.

Foto: Vavel

Foto: Vavel

Mourinho arengó a los suyos, un equipo que contaba con Deco, Costinha, Maniche, Carvalho, Postiga y Derlei. Todavía quedaba mucho. Lo que pasó acto seguido entraría en la historia de las noches europeas, uno de los mayores repasos a un equipo italiano que se recuerda. El Oporto marcó cuatro goles y dominó con una autoridad insultante. Fiel al estilo de su entrenador, un por entonces joven y provocador Mourinho, el equipo fue una tormenta eléctrica sobre el césped.

Con un agregado tan favorable, pocos dudaban que el conjunto portugués estuviera ya en la final de Sevilla. Una final que disputaría contra el Celtic de Glasgow o contra sus vecinos, el Boavista, que habían disputado esa tarde la otra semifinal en Escocia. Mourinho sabía que la vuelta sería complicada en un Olímpico de Roma lleno de irreducibilis fanáticos. Había que conservar los tres goles a favor a toda costa. No paró de gritar y de dar instrucciones a los suyos para mantener la cabeza centrada. Hasta que llegó su momento. El momento en que se entregó por los suyos.

Foto: Emol

Foto: Emol

En el minuto 89, un pase largo encontró la cabeza de Ricardo Carvalho que despejó el balón hacia la línea lateral. El equipo portugués estaba totalmente desorganizado en ese momento. El argentino Castroman, jugando de lateral derecho, rápidamente fue a por el balón. Veía cómo corría Claudio López, casi sin marcaje de los centrales. Si pudiera ponerle el balón en los pies, la Lazio podía rescatar un gol en los instantes finales que a la postre podría ser decisivo. Un golpe mental justo al final para abrir el apetito para la vuelta. Pero lo que Castroman tenía en su cabeza también estaba en la de Mourinho.

El entrenador luso sabía del peligro que suponía ese saque lateral. Sin pensarlo dos veces, corrió hacia Castromán y le abrazó. Literalmente. Con los brazos sujetando el argentino para impedir la jugada. Para impedir el gol en contra. Los italianos estaban alucinando. En las gradas, muchos no habían visto lo que se pasaba porque se saltaba y gritaba con los ojos ya puestos en Andalucía. Quien sí vio todo muy bien fue el colegiado griego Kyros Vassaras. Se fue directamente a por Mourinho para expulsarlo.

José Mourinho se vio obligado de agarrar a Castromán para mantener la renta en el partido de ida de semifinales de la Copa de la UEFA. 

Castromán –que también vio la amarilla por protestas-  rápidamente pudo entender que había sido víctima de una trampa. Miró a Mou sin desprecio pero con reconocimiento. Había sido más listo que él. Mourinho se había entregado por su equipo. No podría sentarse en el banquillo en la vuelta pero había considerado más importante garantizar que el 4-1 se mantuviera. Salió del césped despacio, mirando a la grada que coreaba su nombre. Fue su noche.

En Roma, logró despistar a la UEFA gracias a dos móviles, uno en el banquillo del Oporto y el otro en su mano derecha, sentado a su lado en la grada, que mandaba mensajes de texto con sus indicaciones. Frases como “Deco, atento, atento, cierra Simeone” o “Dile a Deco que si no cierra a Simeone le quito ya”, que más tarde se hicieron públicas.

El Oorto garantizó un empate a cero en el Olímpico y terminó por ganar en Sevilla la Copa de la UEFA. Un año después sería campeón de Europa. Pero todo empezó aquella noche mágica. La noche en la que el equipo de Mou hizo añicos a un gigante italiano y en la que “Special One” se presentó al mundo del fútbol como alguien que estaba dispuesto a morir por los suyos.

Miguel L. Pereira

Periodista y historiador, apasionado del fútbol desde sus origenes hasta ayer por la noche. Director de @FutebolMagazine y Redactor en Kaiser. Autor de los libros 'Noites Europeias', 'Sonhos Dourados' y 'Kroos: El Maestro Invisible'.
Twitter: @Miguel_LPereira

1 Comentario en El día que Mourinho se sacrificó por su equipo

  1. Mou siempre se sacrifica por sus equipos, en el Madrid tambien lo hizo, pero la prensa no quiso entenderlo. Fantástico artículo

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