Novedades

El dolor de no olvidar nunca, Luis Suárez y el Camp Nou

El jugador que no fue tan querido por la afición del Barcelona

Coge el balón en el centro del campo y lo conduce, caracoleando como corcel en mitad de danza que escucha el piafar de los contrarios superados, incapaces de llegar a su ritmo, de poder romper ese universo inabarcable que se forma entre su empeine y la pelota.

Pero algo ha cambiado, algo es distinto. Su camiseta es diferente, no tiene aquellas rayas azules y granas que le recibieron cuando era tan solo un chaval, cuando Luisito no era apodo sino definición. Y, sobre todo, el sonido, esos pitos que ahora se le clavan en el alma como puñales que llegan varios años después de lanzarse. Y, mientras avanza hacia la portería contraria (porque el espectáculo siempre debe continuar) Luis Suárez siente una punzada de nostalgia en su interior. Y algo de pena, sí, quizás algo de pena.

Cuando Luis Suárez llega al Barcelona en 1954 tiene 19 años, muchos sueños que se ha traído en la mochila desde su Coruña natal y toneladas de talento en sus botas. Así, sus primeras carreras en el antiguo campo de Les Corts dejan claro a los aficionados que están ante algo diferente, ante un jugador moderno y polivalente, mediocampista con vocación de todocampista que viene a completar un equipo fabuloso donde Ladislao Kubala es el auténtico referente. Y ese será uno de los problema de Luisito.

El Mundo

El Mundo

Pero solo uno de ellos. El primero de ellos vendrá de su propia carencia física, de su aspecto endeble, poco habitual para los estándares de la época. Quizás por eso Fernando Daucik, su entrenador (y suegro de Kubala, no lo olvidemos) le manda después de ejercitarse a dar puñetazos a un saco de boxeo que él mismo había ordenado poner junto al vestuario. El gallego aguanta tres días. “Míster, yo he venido aquí a jugar al fútbol, no a hacer boxeo”. Toda una demostración de personalidad…y de esa falta de disciplina que en ocasiones le acabaría pasando factura.

Porque el gran Suárez siempre vivió una relación de amor-odio con su propia afición. Algunos lo veían incompatible con Kubala, otros creían que era un advenedizo que venía a jubilar a un conjunto fantástico, el de las Cinco Copas. Los de más allá se alineaban con Laszli y decían que el jovencito no tenía que jugar junto al astro. Y aquellos otros hablaban de su indisposición táctica, de su tendencia a no presionar demasiado. Lo que ocurría era extraño, porque en el viejo estadio de Les Corts se levantaba un pequeño runrún cada vez que Luisito cogía el balón, una mezcla de admiración y cierta manía por parte de algunos…

Foto: www.conti-online.com

Foto: www.conti-online.com

En Les Corts o en el Camp Nou, porque Suárez fue uno de los miembros de aquel equipo que vivió la inauguración del nuevo templo barcelonista, que, según se dice, hubo de hacerse para albergar a todos los aficionados que Kubala llevaba a los terrenos de juego. Y claro, si aquel era el campo de Ladislao, ¿qué pintaba Suárez allí?

Amor-Odio. Esa sutil indiferencia ante la grandeza cuando la tenemos delante, ese añorar indisimulado cuando la hemos perdido…

Entonces todo comienza a acelerarse en la vida de Luis Suárez, tanto para lo bueno como para lo malo, y en ocasiones mecido por acontecimientos ajenos a él. Llega Helenio Herrera al banquillo culé, otro loco genial y cerebral a un tiempo, y rápidamente saltan chispas con los pesos pesados del vestuario. Kubala, Kocsis, Czibor… y Luis Suárez, sobre todo Luis Suárez, siempre el primer señalado cuando algo no iba bien. En una ocasión Helenio Herrera, cansado de que Suárez abandonara su puesto en el centro del campo para sumarse al ataque, le prohíbe cruzar más allá de la línea central. Y así lo hace el bueno de Luis, que va muriéndose de nervios mientras el partido avanza encanallado y no se mueve el empate a cero inicial del marcador. Así que, cansado de la situación, Suárez toma el balón en su campo y, desobedeciendo a Herrera, avanza con él pegado a la bota y dejando contrarios atrás, se interna en el área, cede a un compañero, celebra el gol. El Barcelona vence el partido. ¿Y Suárez? Suárez tiene que aguantar la reprimenda de Helenio Herrera en la caseta y es suplente en el siguiente encuentro.

Pese a todo, su estrella seguía en ascenso, y en 1960 gana el Balón de Oro. Pero al año siguiente, el Barcelona vive la catástrofe de Berna, esa final de la Copa de Europa que decide el destino y la filosofía de todo el club durante tres décadas, que retira a una generación formidable de jugadores venidos del Este, y que, entre otras cosas, hace que a partir de entonces los postes sean redondos en lugar de cuadrados. Pequeños detalles que pueden decidir un trofeo. Y un partido que marcará también a Suárez.

Foto: Storiedicalcio.com

Foto: Storiedicalcio.com

Porque aunque se queda en el Barcelona un año más, sosteniendo un equipo que no era la sombra de lo que fue, de lo que pudo haber sido, el destino de Suárez estaba sellado desde el desafortunado encuentro del Wankdofstadion. El Barcelona sufre una crisis económica dramática. La construcción del Camp Nou, presupuestada en un primer momento en 67 millones de pesetas, acaba costando casi cinco veces más. Curiosamente, o no, la obra fue ejecutada por un primo del presidente culé Francesc Mitjans… En resumen, que el club necesita dinero para poder hacer frente a los pagos y no se le ocurre otra cosa que deshacerse de su mejor jugador, de la gran estrella del fútbol mundial en aquella época. Y Luis Suárez, 25 millones de pesetas tienen la culpa, hace la maleta con destino a Milán. Allí le espera el Inter, le espera Helenio Herrera, antagonista perfecto de esta historia, rival y amigo, confesor y juez. Le esperan dos Copas de Europa, varios scudettos y la adoración eterna de un país que no es el suyo pero le aprecia más que el suyo.

El Inter de Milán y el FC Barcelona se medirían en un partido en el que Luis Suárez quedó sorprendido por el recibimiento. 

Y le esperaba, también, la escena del principio. La que ocurre en el Camp Nou, aquel estadio que él había contribuido a pagar, el 25 de agosto de 1965. Aquella tarde de verano el Barcelona y el Inter se enfrentan en un amistoso en el feudo blaugrana. Entre los blaugranas apenas queda nada de aquel equipo que fascinó al mundo y al que se le comió la mala suerte (la maldición, decían Kocsis y Czibor) en Berna. Los interistas, por su parte, están en lo más alto, y su alineación esconde varios elementos de entre los más legendarios de su fértil historia: Sarti, Burguich, Facchetti, Bedin, Guarneri, Picchi, Jair, Mazzola, Peiró, Suárez y Corso.

El partido acaba con victoria del Barcelona por cuatro goles a uno, anotando por los azulgranas Pereda en dos ocasiones, Re y Seminario. Pero no es eso lo que duele a Suárez, no. Lo que le duele, lo que lleva en su espalda como una carga de la que nunca se podrá librar, serán los pitos. Esos pitos en la que fue su casa, en el estadio que antaño hizo levantarse. Pitos de la que fue su afición, su familia. Eso es lo que hizo que el joven Luisito, el maduro Luis, tuviera que reprimir sus lágrimas mientras avanzaba, con el balón siempre pegado a la bota, entre contrarios que solamente pueden ver su dribling, asombrarse, lamentarse por no ser tan buenos, aplaudir, ellos sí, en su interior. Esos eran los aplausos que levantaba Luis Suárez. Y de esos tuvo todos los que podía tener.

Marcos Pereda

Cuento historias que te harán creer en la relación entre Cultura y Deporte. Un día me puse a escribir y creo que no he parado desde entonces.

Twitter: @MarcosPereda2

Latest posts by Marcos Pereda (see all)

1 Comentario en El dolor de no olvidar nunca, Luis Suárez y el Camp Nou

  1. Un artículo muy bonito , Marcos

Deja un comentario.

Tu dirección de correo no será publicada.