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Luis Silvio, el mayor “bidoni” de la historia

Historia Calcio

El desplome histórico de la Azzura en el Mundial de 1966 provocó una reacción en cadena en el Calcio que terminó con las fronteras cerradas a jugadores extranjeros. La edad dorada de la Serie A de los sesenta llegaba a su fin. En 1980, como consecuencia directa de los escándalos de corrupción que destrozan las escuadras de la Serie A, la federación italiana decide volver a abrir sus puertas a los futbolistas de fuera. Es el principio de una nueva edad de estrellas de oro pero también de “bidonis” históricos. Esta es la historia del mayor de todos los fracasos de la historia del Calcio. 

El 23 de agosto de 1980 llega un vuelo a Roma procedente de São Paulo. Fuera, una legión de periodistas aguarda el desembarco de los pasajeros. Se puede sentir la expectación en el aire. A los pocos minutos, los periodistas con boli y grabadora en mano, se acercan a un hombre, le rodean y bombardean a preguntas. Será portada al día siguiente como uno de los grandes nombres de ese año deportivo.

El hombre se llama Paulo Roberto Falcão y su destino es la Roma, club que, gracias a él, va a vivir una nueva etapa dorada. Unos metros a la derecha, casi inadvertido, pasa otro hombre mirando de reojo a los periodistas. Nadie ha venido a por él. Pocos saben siquiera quién es. Le esperan los ejecutivos de su futuro club, un modesto emblema llamado Pistoiese. Representan el otro lado menos glamuroso de la Serie A. Se saludan, entran en el coche y parten en dirección a Pistoia, en la Toscana. No saben todavía pero el pasajero está destinado a hacer historia en el fútbol italiano. Eso sí, por las peores razones.

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Luis Silvio llegó esa tarde a las oficinas del club como su exótico y flamante fichaje desde ese mundo de estrellas que es Brasil. Pero su paso por el club será desastroso y la justificación la encontramos es sus orígenes. Silvio no llegó a Pistoia por casualidad. El club había caído en una trampa preparada a conciencia y su fallida apuesta por el jugador le iba a costar muy largo.

Silvio era un jugador totalmente desconocido en ese verano. Todo lo opuesto a Falcão, internacional con Brasil y una estrella de nivel mundial. Lo máximo que habían compartido en la vida era ese vuelo de São Paulo a Roma. Pero los directivos del Pistoia tenían otra impresión suya, bastante errónea además. El problema empezó con el fichaje del entrenador, Lido Vieri. Sin experiencia, el técnico insiste que el club debe de buscar en Brasil la clave para garantizar la manutención en lo que iba a ser su primera temporada en Serie A.

El técnico italiano había puesto sus ojos en el mercado brasileño desde el primer día que la federación hizo pública la reapertura del mercado a jugadores extranjeros y el club le secundó. La directiva decide enviar al segundo entrenador, Giuseppe Malavasi, a Brasil con una idea clave: tendría que traerse a un fichaje de nivel. Beppe cogió un vuelo hacia São Paulo con el objetivo de seguir a una lista de jugadores que tenía ojeados.

El protagonista principal en esta historia iba a ser el delantero del Palmeiras, Palinha. Fue justo en un partido de los verdiblancos dónde se cruzó en el destino de Malavasi con el inesperado Luis Silvio Danuello. Muy rápido y ágil, Silvio le pareció a Malavasi todo un portento. Preguntó por él y supo que había sido el año anterior la gran figura del modestísimo Marilia, un club del estado paulista, y que había fichado por el Palmeiras. Como sus exhibiciones no habían sido suficientes para garantizarle un lugar en la plantilla el club lo envió al Ponte Preta. En ese partido, justo un Palmeiras vs Ponte Preta, Silvio pareció al italiano mucho más prometedor que el referenciado Palinha.

El problema es que era un ala –un “ponta” como se dice en Brasil y no un “punta”, que era lo que había demandado Malavasi- que en ese partido en concreto, por tema de lesiones, había tenido que jugar a delantero. Nadie le quiso decir la verdad. Todo porque los directivos del pequeño club paulista olieron la oportunidad de hacer negocio con un jugador que tardaba en confirmarse en el club. Hasta ese partido había disputado otros dieciséis partidos pero metido solo cuatro goles, cifras que no obstante a Malavasi no le parecían preocupar para lo que debería ser un delantero de área. Fue entonces cuando uno de los directivos, hablando con el agente del futbolista, propuso a Malavasi asistir a un partido amistoso para volver a evaluar al delantero.

El Pistoise caería en la trampa del Palmeiras, que se deshizo del jugador por 170 millones de liras. 

El técnico, encantado, aceptó la propuesta. El encuentro sería disputado en el campo de entrenamiento del Ponte Preta contra el Comercial, un club local. Malavasi no lo sabía pero los directivos del club habían pedido expresamente a los defensores del equipo invitado que dejasen a Luis Silvio a lo suyo para dar la sensación al italiano que el jugador parecía mejor de lo que realmente era. El truco funcionó. Silvio –de nuevo jugando con el nueve- hizo un partido memorable metiendo dos goles, Antes del pitido final, los directivos brasileños y Malavasi ya habían acordado pagar 170 millones de liras por el jugador. Semanas después llegó a Roma en el mismo vuelo que Falcão y una vez en el coche le volvieron a preguntar por dónde se sentía más cómodo jugando. Silvio contestó en su portugués “ponta” y los hombres de la Pistoiese se miraban satisfechos. No sabían todavía que la experiencia iba a ser desastrosa.

Silvio jugó solamente seis partidos con la camiseta del club. Su ineptitud era tan grande que empezaron a correr rumores que en realidad él ni siquiera era un jugador profesional y que de Brasil habían enviado a otro que no era futbolista. Sus fallos claros delante del portero rival, su incapacidad de regatear a los oponentes y su total falta de conocimiento táctico dictaron sentencia. Los documentos audiovisuales que todavía existen de esa media docena de partidos no dejan lugar a dudas.

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Luis Silvio era “Il Bidoni” –el bidón, terminó despectivo en jerga calcistica- por excelencia. Quedó claro desde el primer momento que Malavasi se había equivocado gravemente. Después de los primeros dos meses, Silvio fue relegado al banquillo. En diciembre ya ni siquiera era convocado. Delante de esa situación, el jugador tomó la decisión de coger un vuelo de regreso a São Paulo sin avisar a nadie y a lo largo de más de una semana los directivos le buscaron por toda Italia sin éxito. Como su contrato había sido firmado por seis años y Luis Silvio había dejado el club tirado, no era posible que siguiese su carrera en Brasil.

El jugador intentó que varios clubes moviesen ficha pero la Pistoise seguía a lo suyo, buscando minimizar pérdidas, y se negaron a darle la carta de libertad. Seis años sin jugar fue el precio que Silvio tuvo que pagar. Solo en 1987 volvió a jugar, por el São José, un club de la segunda división de São Paulo pero su carrera futbolística había llegado al final.

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En ese año la mítica revista “Guerin Sportivo” le otorgo el título de mayor “bidoni” de la década hasta entonces de la Serie A. Un título que no le debió hacer demasiada gracia desde luego. Sin haber brillado en el fútbol, el destino de Silvio le llevó a trabajar como operario en una planta automóvil en el corazón de São Paulo. La Pistoise no tuvo mejor suerte y el club tuvo que cerrar en 1988 a causa de las deudas acumuladas. Su último entrenador, ya en Serie C, fue un tal de Marcello Lippi que empezaba su aventura en los banquillos y había sido compañero de Silvio en sus días de jugador.

Dos inesperados protagonistas en el primer año del renacimiento de la Serie A cuyo futuro fue el opuesto de ese mítico Falcão y de una Roma que poco después terminaría su sequia de “Scudettos”. Las dos caras de la liga más fuerte del mundo en los años ochenta.

Miguel L. Pereira

Periodista y historiador, apasionado del fútbol desde sus origenes hasta ayer por la noche. Director de @FutebolMagazine y Redactor en Kaiser. Autor de los libros 'Noites Europeias', 'Sonhos Dourados' y 'Kroos: El Maestro Invisible'.
Twitter: @Miguel_LPereira

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