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¿Es este el partido que cambió la historia del fútbol?

Los ingleses recibieron una humillación histórica en Wembley

Les miraban y no lograban salir de su asombro. A su lado los temibles húngaros, aquellos de los que toda Europa hablaba con una admiración reservada para muy pocos. No obstante, uno por uno, los ingleses comentaban entre ellos que no podía ser posible. ¿Quien eran estos tipos con poca pinta de futbolistas profesionales -algunos con uno o dos kilos demás- en comparación con los legionarios disciplinados de su majestad?

Casi dos horas después, con los brazos apoyados en las rodillas, los mismos jugadores que se habían mofado de sus rivales miraban, cabeza baja, al marcador. Los húngaros salían bajo un coro unánime de aplausos. Atrás dejaban a un equipo inglés que se sostenía a duras penas tras un histórico 3-6 en el marcador, el punto y final a la imbatibilidad  doméstica de los ingleses contra rivales no-británicos. En las gradas, los aficionados locales no podían creer lo que habían visto. El Partido del Siglo había enterrado cien años de hegemonía inglesa. Bueno, al menos dice así la leyenda. La verdad es mucho más cruda para el orgullo británico. Y el Partido del Siglo, disputado ese 25 de noviembre -hace hoy 61 años-, fue el colofón a una realidad evidente para los que sabían que los imperios británicos, sobre el planisferio geopolítico y el césped, no eran más que una ilusión.

La victoria de los “Magiares Mágicos” de Gustav Sebes en el Empire Stadium, el nombre oficial del Wembley, puso final a la sensación de dominio global del futbol inglés. Por primera vez un equipo que no fuera Escocia viajaba a tierras inglesas y salía con el triunfo bajo el brazo. Otros lo habían intentado en el pasado, presentando importantes credenciales como los italianos de Meazza o los austriacos de Sindelar, pero sin fortuna. Inglaterra seguía sintiéndose superior a los demás, distante a los ecos de realidad que desde hace más de dos décadas dejaban claro que el mundo había cambiado y mucho.

Los ingleses fueron quedándose atrás, dejaron de evolucionar y lo pagaron con las derrotas ante la amateur Estados Unidos en el Mundial 1950 y en los dos partidos contra Hungría

La oportuna retirada de las federaciones británicas de la FIFA impidió a los refundadores del fútbol la capacidad de medir sus fuerzas con las potencias del fútbol sudamericano y las grandes selecciones nacionales europeas que poblaban los márgenes del Danubio. Hasta la II Guerra Mundial, la ausencia de partidos -salvo algún amistoso puntual-  daba la sensación de que la superioridad inglesa seguía vigente, pero era precisamente la ausencia de partidos comprometedores lo que permitía a los británicos seguir en ese trono ficticio. Aunque el periodo de posguerra parecía dar un nuevo soplo de aire fresco, el combinado inglés humilló a una Italia todavía campeona del mundo, con toda su artillería ofensiva compuesta por jugadores del Torino en el campo. La desastrosa prestación en el Mundial del 50 –el primero de los ingleses– empezó a quebrar el tabú. Los húngaros iban a dar el golpe de misericordia pero, entre esa tarde en Belo Horizonte contra los americanos y el vals futbolístico de Puskas y compañía en Wembley, el desmoronamiento del imperio terminó transformándose en realidad.

Foto: whoateallthepies

Foto: whoateallthepies

El punto clave del partido de Wembley fue, sin duda, la magistral exhibición de Nandor Hidgekuti. El delantero húngaro operó en el puesto hoy conocido como falso nueve y con ello cambió por completo el dibujo táctico habitual de la WM, el sistema habitual en esos días. Su posición más reculada significaba que los ingleses tenían dos opciones: la de adelantar a su central de marcación, Harry Johnston, para marcar al hombre Hidgekuti como era lo habitual, o dejarlo en su posición natural, dejando al húngaro moverse sin marcación y con comodidad. El dilema del fútbol moderno, el fútbol donde los esquemas tácticos se hacían cada vez más con el protagonismo, tuvo un desenlace trágico para los británicos.

La elección de mantener la posición tradicional dio alas a que Hidgekuti pudiera manejar el equipo magiar con total tranquilidad, lo que permitió a la postre al equipo continental destrozar a base de sucesivos golpes la defensa inglesa. El propio Nandor apuntó los dos primeros goles – el primer de ellos en el minuto inaugural aprovechando, precisamente, la insistencia del central del Blackpool – y un tercero que cerró las cuentas para los visitantes. La prensa inglesa, buscando siempre la excusa a tamaña catástrofe como ya lo había hecho en 1950, se apresuró a exculpar a los jugadores británicos bajo el pretexto de que el esquema húngaro era tan novedoso que no había forma de contrariarlo.

Foto: The Guardian

Foto: The Guardian

Hungría llevaba dos años dominando el futbol mundial y su juego de posesión y asociación, distinto al modelo británico, no era ninguna novedad, sino la lógica evolución de la escuela danubiana que había sido implementada en los años veinte por entrenadores escoceses y británicos. La leyenda catalogó el Inglaterra-Hungría como el cambio de ciclo de la historia del fútbol pero, como siempre pasa con las leyendas, los matices se quedaron en el olvido.

Pocos se acuerdan que entre el 51 y el 53 el combinado ingles orientado por Walter Winterbottom pasó sus peores horas a la vez que se cruzaba con equipos cada vez más organizados tácticamente y que dejaban claro cuáles eran los puntos débiles del modelo de juego directo británico. Un tour por Argentina en el 52 dejó en evidencia a la misma defensa que más tarde sufriría  contra Puskas, Czibor y Hidgekuti en Wembley, pero los defensores de los “Pross” no perdieron el tiempo en culpar las difíciles condiciones de jugar en Buenos Aires por el desaire histórico contra los argentinos.

HUNGRIA 1953

Mes y medio antes del encuentro contra los húngaros, en las celebraciones de los 90 años de la Football Association, un combinado del Resto del Mundo volvió a repetir la misma fórmula. A nadie le podía sorprender cómo una delantera liderada por otro húngaro, el blaugrana Ladislao Kubala, y por talentosos futbolísticas como eran Nordhal y Vukas. Al final el Resto del Mundo se dejó empatar con un penalti polémico sufrido al minuto 89. Quizás, si no fuera por ello, el partido contra los húngaros, pocos días después, hubiese sido menos relevante históricamente.

La victoria de Hungría sobre Inglaterra dejó claro que el dominio inglés no existía. Supuso, de forma oficial, el final de la adolescencia del fútbol.

El triunfo de Hungría marcó, de forma oficial, el final de la adolescencia del fútbol. Los mismos que habían rescatado el juego y llevado el mismo a los cuatro rincones del planeta dejaban definitivamente de ser considerados como la mayor potencial global. El Rule Britania que, en el plano político había desaparecido bajo la nube de la bipolar Guerra Fría, también dejaba paso en el fútbol a la consagración de los europeos continentales y de los sudamericanos que, pocos años después, presentarían con Brasil su versión mejorado del juego danubiano con su matiz cultural sudamericano.

En esa tarde de Wembley, más que ser testigos de una goleada histórica a manos de uno de los mejores equipos de todos los tiempos, los ingleses pudieron ver cómo envejecían rápidamente. Cual Dorian Gray del futbol, el combinado inglés que contaba con jugadores míticos como Stanley Matthews, Stan Mortensen o Billy Wright, habían perdido la inocencia. La historia del futbol jamás volvería a ser la misma.

Miguel L. Pereira

Periodista y historiador, apasionado del fútbol desde sus origenes hasta ayer por la noche. Director de @FutebolMagazine y Redactor en Kaiser. Autor de los libros 'Noites Europeias', 'Sonhos Dourados' y 'Kroos: El Maestro Invisible'.
Twitter: @Miguel_LPereira

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