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El día que Hagi fue contratado para una final europea

Historia vintage

El fútbol, en rumano, se escribe como se lee: Gheorghe Hagi. El “Maradona de los Carpatos” es mucho más que un futbolista de leyenda para los rumanos. Es su esencia. Un genio cuya historia empezó a escribirse bajó el poder asfixiante del Steaua en los últimos días del régimen de Ceaucescu en Bucarest.

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Era un partido que tenía a media Europa en estado de expectación a la vez que la otra parecía haberse olvidado de ello. La Supercopa de Europa nunca fue una competición capaz de generar demasiado interés pero esta era la primera vez que el trofeo se parecía más a un torneo de verano que a una competición oficial. La culpa la tenían los protagonistas. Era la primera –y hasta hoy, única ocasión– en que ellos venían de la Europa del Este, de ese bloque soviético que vivía alejado del resto del mundo.

La Supercopa de Europa de 1986 supuso la primera y única vez en la historia en la que se enfrentaron dos equipos de Europa del Este

En un lado del ring estaba el sorprendente campeón de Europa, ese Steaua que había sobrevivido a la masacre blaugrana en Sevilla gracias a la suerte y las manos de santo de su portero, Helmut Duckadam. Los rumanos habían conquistado la “Orejona” contra todo pronóstico pero seguían siendo segundones en lo que al fútbol del bloque soviético se refiere.

El equipo genuinamente admirado como el mejor de Europa era su oponente en esta refriega, el flamante ganador de la Recopa y máximo favorito a repetir la hazaña en la Copa de Europa. Se trataba del Dinamo de Kiev de Valery Lobanovsky, perro viejo que había construido un equipo de cosmonautas con botas de futbolistas.

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La tensión traspasaba la naturaleza deportiva. En Rumania, el gobierno de Nicolae Ceaucescu había buscado un distanciamiento a la influencia del Politburó en Moscú y su actitud aislacionista había ido a más desde el primer día de la llegada de Mikhail Gorbachov a la cabeza del gobierno soviético. Triunfar sobre el césped era, para el régimen rumano, también una forma de hacer pública la nueva condición del país dentro del bloque comunista. Para ello el Steaua tenía que ser algo más que un club.

Los dirigentes rumanos sabían que la hegemonía doméstica del club no había sido conquistada de forma limpia –el historial de amaños era épico– y que el triunfo en Europa, aunque histórico, había sido obra tanto de la fortuna como de mérito propio. Jugar contra un gigante como el Dinamo de Kiev iba a demandar algo más. Algo que sólo un futbolista podía aportar.

Gheorghe Hagi podía haber sido jugador de baloncesto. Tenía el talento, pero las ganas de tocar el balón con los pies había superado su destreza a utilizarlo con las manos. Nacido en Sacele, un pueblo en las afueras de Brasov en el corazón de Transilvania, Hagi era especial. A los 13 años empezó a jugar en las categorías inferiores del Fravul Constanta y su impacto fue tal que la propia federación rumana le obligó a fichar por el Lucefarul Studentesc, un club de formación, casi de orientación estatal, ubicado en Bucarest. Sería la primera pero no la última vez que el régimen se iba a cruzar en su camino.

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Dos años después volvió a casa pero era imposible seguir lejos de los tentáculos del poder. En 1983, el gobierno le obligó a elegir su destino. O firmaba por el Universitatea Craiova, campeones de liga esa temporada, o por el Sportsul Studentesc de Bucarest, un pequeño club pero localizado en la capital y bajo la atenta mirada de los grandes escudos del país. Hagi eligió la segunda opción. En cuatro años, se transformó en el símbolo de la nueva Rumania, debutando con el combinado nacional con apenas 18 años.

Gica Hagi se convirtió en el símbolo de la nueva Rumanía. Era uno de los jugadores jóvenes más talentosos del continente y no tardaría en demostrarlo

Joven, elegante, con una clase sin precedentes en la historia del fútbol rumano, Hagi era ya el ídolo del pueblo antes incluso de cumplir los 22. Estaba cantado que su futuro se iba a escribir con otros colores. La pugna entre el Steaua -con el apoyo directo de Valentin, el hijo de Ceaucescu- y el Dinamo de Bucarest por sus servicios en los trasfondos del fútbol rumano fue tremenda.

Se jugaron todas las influencias políticas posibles y si el jugador se quedó en el Sportsul se debió únicamente al deseo del gobierno de no molestar demasiado a una de las facciones en contienda. Pero la Supercopa de Europa estaba al caer en ese invierno del 1987 y el país necesitaba de sus servicios. No con la camiseta de la selección, pero sí jugando con los colores del Steaua. Hagi fue llamado a las oficinas de la federación. Delante encontró un contrato… por un solo partido. Iba a fichar por el Steaua para jugar ese partido que Ceaucescu quería ganar a toda costa. Luego podría volver a su club y seguir con su vida hasta nueva notificación. Hagi firmó. No solo no tenía alternativa, también le podían las ganas de medirse a los grandes de Europa.

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El jugador ya conocía a la mayoría de sus nuevos compañeros de la selección. Su integración fue inmediata. Su impacto, devastador. El Steaua viajó a Mónaco ese 24 de febrero de 1987, casi un año después de la final de Sevilla, en lo que sería la primera edición disputada en la ciudad monegasca y sin el cartel de favorito. Eso sí, su superioridad en el terreno de juego fue evidente. Hagi, el eje de todo el juego colectivo, fue la ecuación que Lobanovsky no supo resolver a tiempo.

En el minuto 44, el genial centrocampista con el 10 en la espalda firmó el único gol del encuentro con un tiro de falta que llevaba su sello después de una entrada innecesaria de otro mito, Oleg Blokhin, a 28 metros de la porteria de Chanov. En su silla, Nicolae Ceaucescu aplaudía con euforia. La jugada había funcionado. El Dinamo, un equipo que manejaba muy bien los espacios contrarios, se encontró con un muro, el mismo que se había cruzado en el camino del Barcelona meses antes.

No pudo superarlo. El trofeo volvió a Rumania y Hagi no se fue a ningún sitio. Los dirigentes del Steaua estaban eufóricos. El impacto de su nueva incorporación dejaba claro que había potencial para seguir en la senda del éxito de esa final de Sevilla. Hagi ya estaba con el club, era un hecho consumado. No le dejaron salir. A los pocos días le volvieron a llamar a la federación para firmar un nuevo contrato, ahora definitivo, con el club de ejército rumano.

Hagi se quedó en las filas del Steaua los tres años siguientes. Su genialidad fue determinante para que el club lograse tres dobletes consecutivos, volviese a una final europea –la perdida contra el Milan de Sacchi en 1989 en Barcelona– a la vez que seguía siendo el farol de una nueva generación del fútbol rumano que logró el hito inesperado de clasificarse para el Mundial de Italia al año siguiente. Ceaucescu ya no vivió para verlo. La caída del muro de Berlin desató el final de los gobiernos comunistas en Europa del Este y el final del dictador rumano fue de todo menos agradable. Con el país en convulsión interna, Hagi ya no estaba atado a ningún hilo de poder. En ese verano fichó por el Real Madrid.

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No vivió sus mejores tardes en el Bernabéu y de ahí se pasó al Brescia antes de volver a España para jugar en el último Barcelona dibujado por Cruyff. Su estrella se iba apagando, poco a poco, a la vez que su carácter díscolo le iba pasando factura. Sus mejores tardes parecían haber quedado atrás pero en los 90 su consagración internacional fue marcada, sobre todo, por sus exhibiciones con la camiseta de la selección, a la que llevó a los cuartos de final del Mundial 1994 y a los octavos cuatro años después, a la vez que disputó también dos Eurocopas consecutivas. La edad de oro del futbol rumano.

Su final llegó también con ese perfume que solo Europa puede dar con los colores del Galatasaray, esa Copa de la UEFA conquistada al Arsenal en penaltis y la Supercopa de Europa conquistada en Mónaco al Real Madrid de la “Novena”. Otra vez Mónaco, otra vez una Supercopa, siempre Hagi. ¡Eterno Hagi!

Miguel L. Pereira

Periodista y historiador, apasionado del fútbol desde sus origenes hasta ayer por la noche. Director de @FutebolMagazine y Redactor en Kaiser. Autor de los libros 'Noites Europeias', 'Sonhos Dourados' y 'Kroos: El Maestro Invisible'.
Twitter: @Miguel_LPereira

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