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Ewald Lienen y el St. Pauli, dos caminos que tenían que cruzarse

El alemán dejó su huella en el excéntrico club de Hamburgo

Lienen fue un futbolista atípico en la Bundesliga de los 70-80, dentro y fuera del campo. Sin ser una estrella destacaba por la intensidad con que jugaba cada partido. Era un mediocampista ofensivo alargado, melenudo, con bigotón y buena llegada, que se movía por la banda izquierda aunque fuera diestro y practicaba un juego de ataque tan directo como sus palabras.

Foto: Welt

Mientras sus compañeros preferían no meterse en política, él siempre se declaró antibelicista y de izquierdas, formó parte de la Lista por la Paz en las elecciones europeas de 1984 y fundó el Sindicato Alemán de Futbolistas en 1987; además, se negaba a firmar autógrafos y siempre fue un convencido vegetariano. Con sus ideas se ganó el apodo de ‘Lenin’, el juego de palabras era inevitable.

Desarrolló su carrera entre el Arminia Bielefeld y el Borussia Mönchengladbach, donde llegó a ganar una Copa de la UEFA y pasó sus mejores momentos como futbolista. Con 33 años fichó por el MSV Duisburg, donde se retiró y empezó su carrera en los banquillos tras 18 temporadas encarando defensas, 12 de ellas en primera. Un obrero del fútbol como él no sabe estar parado y el día que colgó las botas ya tenía la licencia para empezar a entrenar en la cantera, y solo 4 años después ya dirigía la primera plantilla en Bundesliga. Su debut al más alto nivel fue bueno, pero le despidieron a mitad de la segunda temporada y decidió pasar unos años como ayudante de Jupp Heynckes antes de retomar una carrera que le ha llevado a una docena de equipos en las últimas dos décadas.

Ewald Lienen, recordado por su aparatosa lesión, es una persona con una ideología clara.

A los más frikis les sonará por haber sufrido una de las entradas más escalofriantes de la historia. Era 1981 y visitaba con el Arminia recién ascendido el Weserstadion de Bremen. Recibió un pase en su banda, pero el control se le fue largo y al balón dividido llegó el defensor local Siegmann como un asesino, clavándole los tacos en el muslo y abriendo una profunda herida que mostraba los tejidos internos. Ewald se retorcía en el suelo mientras Siegmann se llevaba las manos a la cabeza, sin creer lo que estaba viendo. De pura rabia consiguió levantarse y, en lugar de ir a por el defensa, llegó cojeando hasta el banquillo rival para recriminar al entrenador haber dado la orden de lesionarle. Todavía, cuando le sacaban en camilla, seguía levantando el puño y jurando venganza. Siegmann solo recibió amarilla y Lienen volvía a jugar solo tres semanas después. Eran otros tiempos.

Secuencia Ewald Lienen

En la larga lista de equipos alemanes que ha dirigido están los tres donde jugó, además de Köln, Hannover 96 o 1860 München, y más tarde emigró a Grecia (Panionios, Olympiacos y AEK), Rumanía y España, donde estuvo en el CD Tenerife en dos etapas, primero como ayudante de Heynckes en el mítico Euro Tete, que llegó a semifinales de la UEFA, y regresó años más tarde, en 2001, para dirigir al club canario en la división de plata. Seis meses duró en el cargo, tras empatar 11 de los 16 partidos jugados y dejando el equipo al borde del descenso.

Entrenaba el AEK de Atenas en 2013 cuando un jugador joven de la plantilla, Giorgios Katidis, hizo el saludo nazi para celebrar un gol en su estadio. El griego intentó excusarse tras el partido diciendo que no sabía bien lo que hacía, pero Lienen respondió con duras acusaciones contra él, le apartó del equipo y le impuso la mayor sanción existente en el código interno del club. La federación griega le excluyó para siempre de todos sus equipos nacionales y Giorgios tuvo que marchar a la liga italiana.

Cuando Ewald agotaba sus últimos años como futbolista, el FC St. Pauli era un humilde club del barrio portuario de Hamburgo que vagaba sin pena ni gloria por las categorías inferiores del fútbol alemán. St. Pauli se desarrolló al margen de la ciudad, barrio rojo de ambiente marinero donde todo se mezclaba entre salas de música y teatro a orillas del Elba. Reducto histórico para todo tipo de minorías el kiez siempre fue un soplo de aire fresco y tolerante en la ciudad hanseática más bien conservadora, pero en los años 80 muchas industrias de la zona fueron a la quiebra y las condiciones de trabajo de los estibadores empeoraron. Los alquileres baratos rejuvenecieron una zona en decadencia y pegó fuerte el movimiento ‘okupa’.

Ese momento en el que se mezclaban los obreros con los punks coincidió con la explosión de los nazis en el fútbol alemán y tomaron mucha fuerza en el Hamburguer SV, en plena época dorada en lo deportivo. Los jóvenes antifascistas desencantados con sus nuevos compañeros de grada, decidieron cambiarse de equipo, incumpliendo el primer mandamiento de todo futbolero, para crear una de las historias más auténticas del panorama deportivo actual. Al principio eran solo un puñado cuando empezaron a poblar las gradas de Millerntor junto al puerto de St. Pauli, por entonces llamado Wilhem-Koch, pero poco a poco fueron cambiando el club y muchos más les siguieron. En 1980 promediaban 1.500 espectadores por partido, en 1990 20.000 y en la actualidad, tras una gran remodelación, el estadio tiene capacidad para casi 30.000 personas y siempre se llena con un ambiente entre festivo y reivindicativo.

Ewald Lienen como técnico del St Pauli | Foto: sportschau.de

Ewald Lienen como técnico del St Pauli | Foto: sportschau.de

En 1999 consiguieron cambiar el nombre del estadio tras descubrir que el antiguo directivo había sido afiliado al Partido Nazi. Fueron pioneros en recoger en sus estatutos normativas antifascistas, antisexistas y antiracistas, principios para implicarse política y socialmente con su entorno y un sistema de control sobre la junta directiva. Solo así se explica que tomen decisiones como reducir el presupuesto para fichajes para destinarlo a fines sociales, que rompan contratos publicitarios por considerarlos inapropiados o que haya una galería de arte en el estadio.

Por el equipo pirata han pasado muchos jugadores implicados con su filosofía, entre los que destaca el portero Volker Ippig. Llegó al barrio con 18 años, a principios de los 80, y pronto formó parte de la primera plantilla en tercera división. Era un tipo peculiar y muy espiritual: vivía en una casa ‘okupa’, iba al entrenamiento colándose en el bus y entraba en el campo con el puño en alto. Los fans le adoraban. Estuvo diez temporadas en el equipo, pero hizo varios parones en su carrera para trabajar con niños discapacitados o alistarse en una brigada de trabajo en la Nicaragua sandinista. A los 29 años tuvo que retirarse por una lesión y regresó para entrenar en la cantera, pero no funcionó. Ahora trabaja en el puerto. Quique Peinado, en su libro ‘Futbolistas de Izquierdas’, cuenta su historia y recoge estas declaraciones de Volker: «Millerntorn fue un laboratorio para el fútbol alemán y la estrecha relación entre los jugadores, los entrenadores y los aficionados fue un éxito. En aquel momento, todo aquello era real. Hoy es algo orquestado, artificial. Sólo queda el mito. Todo es un montón de niebla».

Como el barrio, el club se ha ido modernizando con sus contradicciones. Ambos están lejos de la utopía de los punks de los ’80, pero mantienen la identidad rebelde y siguen siendo un icono mundial del fútbol de izquierdas y están sabiendo explotarlo. Las ventas en merchandising superan a muchos equipos de Primera y en sus tiendas oficiales hay más secciones que en un Corte Inglés, solo que todo lleva la bandera pirata, su logo casi oficial. Aunque ahora cierran cada curso con superávit, cada vez es más complicado para ellos cumplir la normativa económica de una liga en plena expansión y seguir manteniendo una plantilla competitiva. Varias veces han estado en apuros, tocando fondo en 2002 cuando, tras ascender a Primera y luego de dos descensos consecutivos, las deudas ahogaban al club. De la mano del presidente Corny Litmann organizaron una campaña para recaudar aportaciones privadas y, en menos de una década, habían saneado las cuentas, modernizado las instalaciones y conseguido el octavo ascenso a Bundesliga de su historia, aunque otra vez solo aguantaron un año.

Ewald Lienen siempre tuvo en mente entrenar al St. Pauli. Un equipo con el que se identifica.

Así llegamos a la temporada 14/15, con el equipo asentado en Segunda División, pero en el final del mandato de una directiva criticada por alejarse de los fans. Se fueron algunos pesos pesados y los refuerzos no funcionaron, el inicio de temporada fue desastroso. En seis meses rodaron las cabezas de presidente, director deportivo y dos entrenadores mientras el equipo se hundía en la clasificación. Y ahí es cuando nuestros caminos por fin se cruzan, cuando la nueva directiva necesita un técnico con experiencia para evitar el descenso, pero que sepa recuperar la esencia del club, de repente todas las piezas volvían a encajar. Ewald en su presentación lo dejó claro: “Soy una de esas personas que creen que las cosas suceden por una razón. No estoy diciendo que toda mi vida se orientó a aterrizar en St. Pauli, pero si lo tuve en mente. Me identifico con el club porque apoyo la filosofía al cien por cien”. La conexión con los hinchas fue automática, porque sintieron que era uno de ellos, pero la plantilla estaba desorientada y necesitó un tiempo para imponer su sistema.

Con mucho trabajo encontró el gol donde no lo había y convirtió la peor defensa de la primera vuelta en una de las más seguras en la segunda. Sacó al equipo del descenso sufriendo hasta el final, a pesar de ganar seis de los últimos diez partidos, a base de exigir a sus jugadores la misma intensidad que él derrochaba cuando era jugador. Y para celebrarlo no se fue al mejor restaurante de la ciudad, se metió en el tren que volvía a Hamburgo con los fans desplazados para apoyar al equipo en la última jornada en Darmstad.

Carlos Agudo

Me dedico a otras cosas, pero a veces escribo sobre fútbol. Cualquier historia que incluya pasión me interesa. Trashorrista. Me gustaba más el fútbol de antes. Colaboro con Revista Striker.

Twitter: @tujisno

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