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Dinamo Kiev, cosmonautas sobre el césped

Repasamos la construcción del legendario Dinamo de Lobanovsky

Al largo de casi dos décadas, el símbolo supremo del futbol soviético representó a la perfección el viejo sueño comunista de un elemento de unidad colectiva dibujado desde su origen con un objetivo concreto y sin concesiones a las libertades individuales. En Kiev, la ascensión y consagración del Dinamo fue, en todo caso, un espejo de esa lucha por el espacio que medía a las dos superpotencias mundiales. Por primera vez, el futbol encontró en la ciencia y tecnología aliados fundamentales para hacer triunfar una idea.

Foto: mundialistasymitos.blogspot.com

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De cierto modo, los hombres de blanco y azul de la capital ucraniana terminaron por transformarse en auténticos cosmonautas, el nombre soviético dado a las astronautas del programa espacial, volando por los campos de futbol de media Europa. La desesperación de los aficionados del Atlético de Madrid era evidente. Desde las gradas del Gerland, en Lyon, estaban siendo testigos de una de las más apabullantes exhibiciones en la historia de las finales de la Recopa. Y aun así quedaba en el aire la sensación de que sus rivales ni siquiera habían necesitado meter una quinta marcha para sentenciar un partido que se preveía disputado hasta el último minuto.

En los instantes finales, el equipo soviético destrozó una defensa madrileña demasiado cansada después de haber pasado todo el partido persiguiendo un balón que se hacía invisible para ellos. En dos jugadas casi calcadas y con un intervalo de cinco minutos, el Dinamo marcó dos goles. Para los aficionados europeos, los tantos del mariscal Blokhin y de Yevtushenko, eran la consecuencia del desgaste colchonero. La práctica era bien distinta.

El Dinamo de Kiev consiguió marcar una época gracias a un juego mecanizado y practicado hasta la extenuación. Todo había sido estudiado, era el triunfo de la ciencia en el fútbol.

Cada jugada había sido dibujada años antes en los despachos de una habitación oscura de la Universidad de Kiev. Cada movimiento había sido entrenado hasta la extenuación en el césped del estadio Olímpico de Kiev. Y cada toque de balón coordinado hasta al segundo por el cronometro que siempre dormía en el bolsillo de uno de las más importantes entrenadores de la historia, el revolucionario Valery Lobanovsky. Lyon fue la culminación del sueño soviético de tener un equipo perfecto de acuerdo con su filosofía comunitaria. Un equipo donde, hasta los mayores genios individuales, trabajaban siempre en función del colectivo. Un equipo donde no había espacio a la improvisación. Todo era mecanizado. Tal como se hacía en un programa espacial.

DINAMO ATLETICO

La historia del Dinamo de Kiev tras la II Guerra Mundial se mezcla a menudo con la propia evolución social de la Unión Soviética. Después de largos años, el equipo tomó la delantera en el fútbol ucraniano gracias, sobre todo, al apoyo del Partido Comunista de Ucrania, una de las más importantes repúblicas soviéticas. Con ese apoyo tácito, al Dinamo no le faltaba de nada en infraestructuras y presupuesto para armar equipos competitivos. Estaba en la misma liga de poder que los grandes equipos de Moscú pero tenía a su favor la ausencia de esas pugnas políticas que siempre marcaron la historia de los equipos de la capital soviética entre los servicios secretos, el ejército y la policía estatal. Lo que llevó el Dinamo a otra dimensión fue algo que siempre faltó a los demás equipos del viejo Bloque del Este: dos genios visionarios.

La aparición de Viktor Maslov

En los sesenta el club fichó como entrenador a Viktor Maslov, un técnico que había hecho su carrera en el Torpedo de Moscú, entrenando a jóvenes promesas del fútbol soviético como el mítico Eduard Streltsov. Maslov era un visionario pero también un hombre de su época. A los jugadores les trataba de forma implacable sobre el terreno de juego pero ejercía una figura casi paterna fuera de él. Era un estudioso, un científico del balón y, en 1958, logró obtener un preciado visado para ser testigo en primera persona de cómo el nuevo modelo táctico de Brasil, el 4-2-4, estaba a punto de revolucionar la historia del futbol.

Viktor Maslov

Viktor Maslov, uno de los grandes revolucionarios tácticos del Dinamo

De vuelta a Rusia, Maslov empezó a trabajar en una forma de mejorar incluso la innovación brasileña. Fue en Kiev, no obstante, donde la teoría se convirtió en práctica. Para el entrenador, el papel de los extremos estaba caduco, ya que pocos equipos podían presumir de tener a jugadores que no colaboraban en el proceso defensivo, a no ser que fueran tan buenos como Garrincha. Maslov empezó el proceso de amputar el juego por las alas, quitando primero un extremo –jugando en lo que era un 4-3-3 en el fondo– para luego terminar por abdicar del segundo, utilizando el 4-4-2 por primera vez en la historia del futbol. Su innovación surgía a la vez que en Inglaterra Alf Ramsey testaba sus Wingless Wonderers, un modelo similar que terminaría dando a Inglaterra su único título mundial.

Innovaciones e importancia de Lobanovsky

El trabajo táctico de Maslov, que suponía además una importante preparación física –los entrenamientos de los jugadores se asemejaban a preparación militar– y una variación nutricional, cambió la historia del futbol soviético. El Dinamo fue tricampeón de forma consecutiva por primera vez en su historia entre 1966 y  1969. Por el camino, en 1968, el Dinamo logró su primer hito europeo eliminando en la ronda inaugural de la Copa de Europa al Celtic Glasgow, recién coronado campeón europeo. Lo logró precisamente anulando el juego de los peligrosos extremos escoceses que todavía se manejaban en el ya datado 4-2-4.

Para lograrlo, no obstante, Maslov tuvo que entrar en confrontación con el ídolo de la hinchada del Dinamo, el jugador soviético que más se acercaba a la idea de Garrincha que el entrenador tanto despreciaba. Su conflicto llevó a la salida de la estrella del club, pero al final la elección tuvo su repercusión años después, cuando Maslov fue despedido y el jugador, ahora convertido en entrenador, volvía para ocupar su lugar. Se llamaba Valery Lobanovsky.

Foto: thedaisycutter.co.uk

Foto: thedaisycutter.co.uk

Si como jugador Lobanovsky era un dandi de las canchas, un futbolista al que le gustaban las florituras, reconocido por su disparo de lejos, sus córners directos a la portería y la folha-seca que logró imitando a Didí, como entrenador su imagen no podía ser más distinta. Austero, disciplinador, fanático de la unidad colectiva, Lobanovsky fue, a la postre, el reflejo perfecto de lo que se podía esperar de un símbolo de la Unión Soviética. Tenía a sus jugadores bien controlados, de una forma casi dictatorial. Controlaba todos los elementos de su vida, llegando a aparecer en sus casas entrada la noche para garantizar que todo estaba conforme lo que se esperaba de un futbolista profesional. Era también un hombre justo y su preocupación por el colectivo le llevaba siempre a tener un trato cercano a sus individualidades.

Pese a la rigidez y dureza de Lobanovsky dentro del campo, fuera de él mantenía buenas relaciones con sus jugadores, especialmente con Blokhin y Belanov

Oleg Blokhin, uno de los mejores futbolistas de su generación, confesó que trabajar con Lobanovsky podía ser traumático si no fuera por el hecho de que, una vez terminada la sesión, el entrenador se transformaba en un buen amigo. Igor Belanov, estrella del equipo en los ochenta, tenía tan buena relación con él que nombró a su primer hijo Valery en homenaje a su entrenador, algo que no le impidió marcharse del Dinamo al serle concedido el permiso especial para jugar en el extranjero.

La revolución de Zelentsov

Lobanovsky era un hombre marcado por el programa espacial soviético. Le ilusionaba la forma en la que un pueblo como el ruso, que años antes vivía casi en la edad media, podía llevar a un hombre al espacio. Sacó un curso de ingeniería electrónica y fue ahí, en la Universidad de Kiev, donde se cruzó con el gran responsable por el cambio histórico en la vida del Dinamo, el profesor Anatoly Zelentsov. Hombre complejo, Zelentsov era un futbolero fanático pero también un científico pionero en la aplicación de la informática en el cotidiano. Hablando largas horas con Lobanovsky, dibujó una idea casi utópica de aplicar al entrenamiento futbolístico variables científicas que pudieran ser monitorizadas por ordenador. Estábamos en 1973.

Foto: tuteve.tv

Foto: tuteve.tv

Lobanovksy creía como pocos en la ciencia. De hecho, cuando acepto firmar como entrenador del Dinamo, exigió al club la contratación de Zelentsov, dándole total poder sobre la preparación de la temporada. Zelentsov empezó a trabajar de inmediato. Dibujó entrenamientos específicos para mejorar aspectos individuales que medía mensualmente en sus gigantescos ordenadores. Cada vez que un jugador bajaba de los niveles exigidos, tenía que empezar un entrenamiento específico para volver al mismo nivel del colectivo. Era la principal condición para ser titular, mucho más importante que la valía individual. El compromiso lo era todo.

Esos entrenamientos terminaban muchas veces por provocar largas sesiones en las que Lobanovsky repetía los mismos movimientos hasta límites insospechados. Belanov dijo un día que los jugadores habían pasado hasta seis horas ensayando el modo en el que el lateral comenzaba una jugada por la derecha que terminaba siendo finalizada por el extremo izquierdo. Cada jugador sabía a quién pasar y a dónde tenía que ir. Podían jugar con los ojos cerrados. El objetivo principal de Lobanovsky era controlar ese margen de error impredecible que hay en cualquier deporte para tener las probabilidades de ganar siempre de su lado.

En Europa, por ejemplo, el entrenador sabía que era en los partidos de casa en los que debía ganar el margen suficiente para clasificarse de ronda, dando muchas veces los partidos de fuera por perdidos antes incluso de empezar. Sus métodos eran revolucionarios e iban acorde a la mentalidad soviética. Pero eran también polémicos, sobre todo en los países occidentales, donde se veía al Dinamo como una maquina perfectamente mecanizada pero sin chispa ni pasión.

El equipo terminó convirtiéndose en el gran dominador del futbol soviético hasta el desmembramiento de la URSS, ganando varias ligas y copas. A una generación que llegaba a su fin, Lobanovsky la reemplazaba por otra que venía ya preparada, bajo su supervisión, para seguir su filosofía. Una de las condiciones clave era la de que todos los jugadores presionaran al contrario, así que era habitual ver cómo en la primera media hora los delanteros presionaban al rival mientras que en los últimos quince minutos cambian de posición con los mediocentros para reforzar el pressing a la vez que sus compañeros descansaban.

Una de las grandes características del Dinamo de Lobanovsky era la intensa presión sobre los rivales. Mediocentros y delanteros intercambiaban sus posiciones para mantener siempre la intensidad

Las cifras goleadoras de sus equipos estaban casi siempre repartidas entre mediocentros y delanteros porque, en realidad, al largo de un partido, todos intercambiaban posicion. Sus métodos, que parecían funcionar tan bien en Kiev, lograron traerle algunos disgustos cuando fue llamado, en varias ocasiones, para ocupar el cargo de seleccionador soviético. Ahí, con jugadores de otros clubes acostumbrados a otro tipo de juego, sus equipos parecían casi siempre desorganizados. El técnico logró solucionar el problema a final de los ochenta de una forma sencilla, convocando casi en exclusividad a jugadores del Dinamo, algunos de ellos suplentes en su club. De ese modo, fue una de las sensaciones del México 86 y terminó la Eurocopa del 88 como finalista vencido. Pero era el Dinamo de Kiev su obra maestra.

Las grandes noches europeas

1981 1982 Dynamo Kiev

La única espina clavada en la carrera de Lobanovsky fue la prestación del club en las noches europeas. Con él al mando, el Dinamo ganó dos Recopas –en 1975 y 1986– de forma autoritaria en dos partidos en los cuales ni siquiera hizo falta hacer sustituciones, demostrando la superioridad física de su metódica preparación. No obstante, la Copa de Europa se le terminó escapando. Si hay alguna justicia poética, es cierto que el Dinamo terminó siempre eliminado por equipos que al final fueron finalistas pero aun así los cálculos precisos de Lobanovsky terminaban siempre por fallar.

En 1976, el Dinamo fue eliminado por el Saint-Etienne en cuartos de final. Al año siguiente el equipo cayó frente a los alemanes del Borussia Mönchenglabach y dos años después contra el Malmö sueco. Todos ellos llegaron a unas finales a las que, la mayoría de los aficionados europeos, preveían que jugaría el Dinamo. Lo mismo volvió a suceder en los ochenta.

Al año siguiente de destrozar el Atlético de Madrid, pocos imaginaban una final europea sin el Dinamo pero en semis de la Copa de Europa el equipo soviético fue superado de forma sorprendente por el FC Porto. Fue su última oportunidad real. Dos años después, el muro de Berlín caía y con él la ilusión de un imperio futbolístico. Lobanovsky pasó algunos años en el Medio Oriente pero volvió a Kiev para un último reto, con una nueva generación de talentosos futbolistas con Andrey Shevchenko a la cabeza. Una vez más, conquistar Europa fue imposible.

Foto: marca.com || Shevchenko fue la última gran joya de Lobanovsky

Foto: marca.com || Shevchenko fue la última gran joya de Lobanovsky

Después de eliminar al Real Madrid en cuartos de final, los ucranianos fueron derrotados en semis por el Bayern de Múnich. Otra vez por un finalista vencido. Los blancos de Kiev seguían sin su corona europea pero su filosofía había creado escuela. De cierto modo, el trabajo desarrollado por Maslov y Lobanovsky fue la versión comunista del Fútbol Total neerlandés, donde el pressing, el movimiento constante de jugadores y el trabajo colectivo de sus individualidades permitía crear un equipo casi invencible.

En la conquista del espacio, los soviéticos terminaron siendo superados por los americanos del mismo modo que los neerlandeses ganaron la batalla cultural del futbol revolucionario en los setenta. Pero, en realidad, si hubo alguna vez algún equipo capaz de asemejarse a un astronauta caminando sobre el espacio y mirando a esa inmensa esfera que es la tierra, ese fue el Dinamo de Kiev. Una autentica leyenda escrita en las estrellas.

Miguel L. Pereira

Periodista y historiador, apasionado del fútbol desde sus origenes hasta ayer por la noche. Director de @FutebolMagazine y Redactor en Kaiser. Autor de los libros 'Noites Europeias', 'Sonhos Dourados' y 'Kroos: El Maestro Invisible'.
Twitter: @Miguel_LPereira

1 Comentario en Dinamo Kiev, cosmonautas sobre el césped

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