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Cuando Luis Aragonés rescató al Barcelona

Aragonés en el Barça

Foto: fcbarcelona.cat

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Convulsa, así podría calificarse la temporada 1987/1988 del Barcelona, demasiado ruido y muy poco fútbol alrededor de un club inmerso -desde la derrota frente al Steaua en Sevilla- en una dinámica autodestructiva. Para sanar aquella herida llegaron cuatro fichajes de relumbrón en el verano de 1986, Zubizarreta, Roberto y la nueva pareja extranjera, el inglés Lineker y el galés Hughes, que debían sustituir a Schuster y Archibald, los dos principales damnificados por la debacle en el Pizjuán. Pero ni así llegó la calma, más bien todo lo contrario. La campaña 86/87, finalizó en blanco, la buena ventaja liguera adquirida tras el hat-trick de Lineker contra el Real Madrid se dilapidó en un febrero nefasto, marcado por el 0-4 del Sporting en el Camp Nou y la eliminación en 1/4 de la Copa de la UEFA ante el sorprendente Dundee United.

Así que, la efímera Liga del play-off volvía por segunda vez consecutiva al Madrid de la ‘Quinta del Buitre’. Mark Hughes, tras un rendimiento pobre como pocos se recuerdan, se marchaba al Bayern de Munich. Archibald era readmitido para ocupar el lugar del galés y Venables  se disponía a dirigir su cuarta temporada al frente del equipo con el crédito agotado. En el inglés nadie confiaba, ni Núñez ni unos futbolistas que lo habían tildado de temeroso en aquella final europea que un año después seguía pesando como una losa.

Así que la única nota positiva para la campaña 87/88, sería la vuelta de Schuster después de un año apartado del equipo tras la famosa historia del taxi. Al alemán le acompañaron varios canteranos que debutaban en la primera plantilla como López López, Linde y Cristóbal, este último un rápido lateral derecho que con frecuencia alternaría su lugar en el once con Gerardo. Bajo este panorama, el club se disponía a vivir la temporada más difícil que se recuerda, marcada de principio a fin por polémicas, destituciones y un título tan inesperado como salvador.

Nada quedaba de aquel Barcelona creado por Venables tres años antes, sólido, solidario, eficaz y que exprimía tan bien la estrategia. La suerte, para el inglés estaba echada, y el calamitoso comienzo de temporada, marcado por cuatro derrotas consecutivas y un preocupante penúltimo puesto en liga, sólo fue el empujón necesario para finiquitar el paso de Terry por el Camp Nou.

Foto: EFE

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El problema venía en buscar un sustituto que aceptara aguantar a Schuster y dirigir un puñado de meses a un grupo en descomposición, sabiendo que Núñez ya había elegido quien capitanearía la nave azulgrana el próximo curso, Javier Clemente. En lo de la interinidad, no había problemas, y es que más allá del terremoto que asediaba al club, el banquillo culé seguía siendo muy apetecible para cualquier entrenador. Sin embargo lo de lidiar con Schuster era otra cosa. Por ello, la opción de un viejo conocido como Udo Lattek, que en su etapa azulgrana tan mal acabó con Bernd, se descartó.

Así que rastreando el mercado nacional, la mejor opción que aún quedaba libre, era un símbolo atlético que un año antes había llevado a los colchoneros a la final de la Recopa, Luis Aragonés. En el ‘Sabio de Hortaleza’, recaía la responsabilidad de dirigir la etapa más dura de la historia moderna del Barcelona.

Los inicios de Luis no fueron fáciles, al fin y al cabo era lo previsto dentro de una deriva derrotista que parecía no tener fin. El equipo alternaba rachas positivas, con derrotas como el 4-1 endosado por una Real Sociedad en Atocha, que en aquellos días, parecía inaccesible para el Barcelona. El objetivo era quitarse de encima esas notas negativas que tanto daño hacían cuando se miraba la clasificación e intentar aislarse de un ambiente enrarecido, donde cada vez sonaba con más fuerza el run run de Hacienda, la evidente marcha de Schuster al Real Madrid a final de temporada y esos pitos que en un Camp Nou semivacío partido tras partido, tan alto sonaban.

Foto: fcbarcelona.es

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Con el acceso a las plazas europeas inalcanzable, más que nada porque para ello se debía ofrecer una regularidad que el equipo no podía dar, las dos competiciones coperas donde aún estaba vivos eran el clavo ardiendo al que se agarraba el Barcelona para no quedar, por primera vez en su historia, fuera de Europa. Para ello, Luis no varió en demasía el once utilizado por Venables, pero si defendió a ultranza a una plantilla más discutida que nunca. Para aguantar la presión y ponerse de escudo ya estaba él, si no era el propio Aragonés quien creía en ellos, nadie lo iba a hacer. Aquí es donde entraría aquello, de “peor no lo podemos hacer, sólo nos queda mejorar”.

La manija de Schuster liderando el mediocampo un año después, era la prueba más palpable. Alrededor del cerebro alemán en quién Luis siempre confió, formaban el sobrio y regular Zubizarreta como indiscutible número uno. La defensa, lastrada por lesiones durante toda la temporada, era para Gerardo como lateral derecho, el veloz Julio Alberto por la izquierda y la clásica pareja central de la década, Alexanco y Migueli. El polivalente Moratalla, Cristóbal y Manolo, solían jugar con asiduidad dado los problemas físicos que acuciaban a la zaga. La brega del incansable Víctor, la llegada de Roberto y el temple y calidad de Urbano, completaban un medio campo liderado por Schuster, los canteranos Calderé y Pedraza, también eran asiduos en la medular. La delantera quedaba para el habilidoso Carrasco y Lineker, un rematador de primer nivel europeo que junto a Schuster, era la figura del Barcelona de Luis. Precisamente, la velocidad de Carrasco y Lineker, podía explotar una máxima de Luis, el contragolpe.

Con lo expuesto, se alcanzaron los cuartos de final de la Copa de la UEFA, tras dejar por el camino con relativa facilidad al Os Belenenses, al Dinamo de Moscú de Dobrovolski y Borodiuk y al modestísimo Flamurtari albanés. Al fin y al cabo, no dejaba de ser una competición europea, y en el ambiente de la plantilla cabía terminar la temporada de manera notable si se ganaban los dos torneos que aún restaban. Para ello, debían enfrentarse a un hueso camino de las semifinales. El representante de la multinacional farmacéutica más popular del mundo era el rival, el Bayer Leverkusen de Erich Ribbeck. Liderados por su capitán e internacional alemán Rolff, un medio defensivo fuerte, incansable y especialista en marcar estrellas rivales, a su lado destacaban el portero Vollborn, el joven lateral zurdo Reinhardt, el goleador Wass y el trío foráneo formado por el polaco Buncol, el brasileño Tita, este el mayor talento de los alemanes y el coreano Bum-Kun Cha. 

La ida disputada en Leverkusen, coincidió con el regreso por primera vez a tierras germanas de Schuster con la camiseta azulgrana, y ni el alemán ni el Barcelona decepcionaron. En contra de lo previsto, la imagen fue buena, se pudo ganar y se consiguió un 0-0 que albergaba muchas esperanzas para la vuelta en Barcelona. O eso se pensaba, hasta que la cruda realidad volvió a aparecer en uno de los partidos más tensos que se disputaron en el Estadi en aquella 87/88. Si el camino en liga estaba siendo tortuoso, sólo faltaba rematarlo con una eliminación europea recordada por el gol de Tita que establecía el 0-1 definitivo, un penalti lanzado por Schuster a la tercera gradería y la respectiva ofensa del díscolo alemán a los pocos que pagaron su entrada cuando enfilaba el camino de los vestuarios. En resumidas cuentas, al Barcelona solo le quedaba el milagro de ganar la Copa del Rey para estar en Europa y al Bayer Leverkusen dar su Sevilla particular al Espanyol.

Tras dejar por el camino a Español, Murcia y Castellón, el penúltimo paso a la final de la Copa del Rey que se jugaría en Madrid, era el Osasuna de Unzue, Bustingorri, Sammy Lee, Michael Robinson y un joven Jon Andoni Goikoetxea, que con los años se convertiría en el mejor extremo de España. Dirigidos por Pedro Mari Zabalza, los navarros, instalados en la parte alta de la clasificación, además de poder acceder a su primera final copera, podían provocar un cisma de consecuencias históricas, dejando al Barcelona sin su única oportunidad de jugar en Europa. Sin embargo, tras el 0-0 de El Sadar, un fenomenal Schuster -en una de sus últimas exhibiciones como azulgrana- junto al doblete de Lineker y el gol de Clos, llevaba al Barcelona a la finalísima del Bernabéu.

El rival en la final y su segundo puesto en liga así lo demostraba, era tras el Real Madrid, el mejor equipo español. La vistosa Real Sociedad de Toschack, que precisamente había apalizado a los blancos en semifinales con un histórico 0-4 y goleado al Barcelona en Liga, se presentaba como clara favorita.

Arconada seguía siendo indiscutible bajo los palos. La seguridad y juego aéreo de Gorriz en el centro de la defensa junto a Larrañaga, siempre tan regular y capaz de jugar como medio y central. Una bala como López Rekarte en el carril zurdo, la manija de Zamora en el medio campo, el talento de Txiki Beguiristáin y el empuje de Bakero, eran las grandes armas de los donostiarras. Tal era su favoritismo, que mientras en Barcelona se devolvían entradas por doquier, en Donosti, no se daba abasto. 30.000 contra 3.000, esa era la proporción en un Bernabéu, listo para observar el doblete copero de una Real que llegaba como vigente campeona de la Copa del Rey. Entre tanto favoritismo realista, emergió la figura de Luis, plantándose delante de las cámaras para alzar la voz y dejar claro que quien tenía el peso de la historia tras de sí y unos futbolistas capaces de ganar el trofeo, era el Barcelona. Ese fue su gran mérito, convencer a sus futbolistas que olvidaran lo pasado y vivieran un presente que podía ser mejor de lo esperado en forma de un título en el que muy pocos creían.

Mientras los nombres de Bakero, Beguiristáin o Eloy, rondaban el futuro blaugrana, Luis, ajeno a todo ello, preparaba una final importantísima en la historia reciente del club. En el mismo estadio que lo acogería tres meses después, un Schuster comprometido, dirigía con maestría. Urbano y Victor frenaban a Zúñiga y López Rekarte, los rápidos carrileros donostiarras. Migueli y Alexanco paraban a Bakero y al potente Loren, y Lineker y Carrasco eran martillos que con espacios explotaban su velocidad.

Así llegaría el gol salvador. Alexanco tras un rechace, batía a Arconada y daba la Copa del Rey al Barcelona, una Copa que se mezcló entre tanto sinsabor pero que, tres años después, permitió al Barcelona celebrar un título, algo que había olvidado.

A corto plazo, la Copa del Rey, muy poco varió el clima existente en el club. El cemento seguía poblando el Camp Nou y los futbolistas a cuenta de quien debía hacer frente a los pagos de Hacienda, con el apoyo de Luis Aragonés y la ausencia de Schuster, se rebelaron contra Núñez en el famoso Motín del Hesperia. Un hecho que junto a la llegada de Cruyff, provocó una revolución en la plantilla. Puso las bases del Dream Team y comenzó su andadura ganando la Recopa de Europa. Un título que sin aquella Copa del Rey ganada con Luis, nunca se hubiera conseguido.

Foto: EFE

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Jesús Núñez

Apasionado del fútbol de los '80 y '90. Encargado de la redacción de reportajes históricos en la sección de las Guías Vintage.

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