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Diego Simeone, el dueño de la casualidad

¿Cómo consigue Simeone dotar a su equipo de un carácter competitivo?

Foto: falso9blog.com

En una entrevista concedida al diario Clarín en 2007 y con apenas un año de experiencia como entrenador, Simeone –entonces técnico de Estudiantes– ya dejaba claras las bases de su forma de entender el fútbol y describía sin saberlo el secreto de la que sería su obra en el Atlético: “Yo creo en el orden antes que nada y por encima de todo lo demás. El orden es una manera de vivir en la cancha. Y el orden no es negociable porque potencia las individualidades. Por si no se entiende lo que quiero decir, la síntesis es lo que hizo Brasil frente a la Argentina en la reciente final de la Copa América. Desde el orden que impuso el entrenador se potenciaron las individualidades, que terminaron rindiendo más que las nuestras aunque la Argentina tenía mejores jugadores”.

Casi cuatro años después de su llegada, la dinámica sigue siendo la misma. Jugadores que crecen protegidos dentro de un colectivo de acero que esconde sus debilidades y les otorga una seguridad que libera su talento, maximizando su rendimiento, a veces incluso por encima de sus propias posibilidades. El central Lucas Hernández ha sido el último. Un chaval de 19 años que se agiganta dentro de esa rocosa estructura que le extirpa el miedo escénico que debiera tener un chico de su edad y le da pie a que fluya su descaro sobre la cancha. De ahí que muchos de los jugadores levantados por Simeone que salieron del Calderón buscando dar un salto de calidad (económico o deportivo) no hayan dado fuera el nivel mostrado en la capital. El jugador es vendido por el precio que marca, no lo bueno que es, sino lo bueno que es en el Atlético, generando una plusvalía que potencia ese círculo virtuoso que es ahora mismo el club colchonero.

Muchos de los jugadores levantados por Simeone que salieron del Calderón buscando dar un salto de calidad (económico o deportivo) no hayan dado fuera el nivel mostrado en la capital.

Simeone acepta las ventas de jugadores importantes con la misma naturalidad con la que asume todo tipo de adversidad: A mí me motiva el doble cuando me quitan tantos jugadores. Me encanta. Me encanta porque el fútbol es esto. El fútbol es volver a empezar. Hace que me sienta vivo. Donde el resto ve un contratiempo, el Cholo contempla una posibilidad de reinventarse, de lucirse como entrenador, de dar una vuelta de tuerca a su fútbol en pro de seguir siendo imprevisible sin alejarse de sus principios ni de su modelo de juego. Esta temporada se ha visto con la gestión de la apuesta fallida por Jackson Martínez. La irrechazable oferta del fútbol chino dejaba a Simeone sin más nueve puro que un Fernando Torres alejado de sus mejores días. Desde entonces las variantes en ataque fueron muchas, pero el momento de forma del de Fuenlabrada y ese gusto del Cholo por los delanteros de referencia –Falcao, Diego Costa, Mandzukic, Jackson– han derivado en el acercamiento de Koke a la zona de la mediapunta desde donde se está hinchando a filtrar balones para que Torres corra al espacio, esa acción que le hizo grande.

El talento del Cholo para la gestión de grupo y su capacidad de persuasión sobre los jugadores emanan del conocimiento. El carisma lo ha ganado con entrenamientos de calidad, con planteamientos ganadores, primando rendimiento por encima de galones o precio de traspaso y rectificando sobre sus propias decisiones, con la humildad que eso conlleva. La fe ciega en Simeone que tienen sus hombres no es una fe a lo intangible. No es cerrar los ojos y desearlo con todas tus fuerzas. Es fe al convencimiento de que saben ejecutar de memoria la idea que han entrenado. Una idea de una calidad fuera de lo común inculcada con una calidad fuera de lo común. Un bloque ultracompetitivo en el que todos los individuos piensan igual, que domina todas las formas de actuar sin balón (presión alta agresiva o pasiva con diferentes sistemas, repliegue, defensa de área…) y la transición natural de una a otra sin que nadie quede descolgado, que sabe administrar el balón eligiendo dónde perderlo –siempre alejado de zonas de riesgo–, y que no ha dejado de variar sus registros en ataque –confiar en la autosuficiencia ofensiva de Diego Costa, dar prioridad a juego directo y centros laterales con Mandzukic y Raúl García, devolverle al equipo el arma del contragolpe con Carrasco y Torres, etc.– temporada tras temporada. Un fútbol enfocado a no cometer errores –que traducido es acertar siempre– y el desgaste que eso produce en el oponente, a detectar la debilidad del rival –es estremecedora la explicación posterior al partido de vuelta ante el Barça acerca de cómo había asfixiado al Barça en su propia salida de balón obligando a Mascherano a salir por su pierna izquierda– y a castigarla hasta hacerle caer.

Foto: Antena 3

Foto: Antena 3

Siempre una respuesta inminente a cada bofetada. Las lesiones de Diego Costa y Arda en la ‘final’ del Camp Nou cuando se proclaman campeones de Liga, la expulsión de Arda en el Bernabéu, la de Filipe en el Camp Nou en Liga y la de Torres en Champions, la lesión de Diego Costa en la final de Lisboa… Ganan o pierden, pero su capacidad para sobrevivir es conmovedora. Transmiten la sensación de que todas las situaciones han estado previstas y trabajadas antes por el equipo, de que las desgracias no le afectan como a los demás porque ellos ya se han puesto en lo peor. Acotar la casualidad y reducir su impacto anticipándose a los acontecimientos y creando entrenamientos en consonancia, al punto de que ante cada infortunio el equipo ya sabe qué tecla tocar. Intensidad en su máxima expresión: responder de la mejor manera posible en el menor tiempo posible a un problema del juego que se ha previsto y entrenado antes. Porque se puede tener coraje, pundonor o muchos huevos, pero, como decía Schopenhauer, no hay viento favorable para el que no sabe a dónde se dirige.

No existe un escenario mental que fomente más el ser competitivo que el que Simeone presenta a sus jugadores. Les convence de dos cosas a la vez: de que son peores que el rival –libera de presión– y de que pueden ganar si juegan aplicando los valores innegociables que definen a sus equipos –lo que obliga a darlo todo–. Y cuando ganan les recuerda que ha sido porque han trabajado como animales y han ejecutado esa idea en la que creen a muerte. Transforma cada partido en un David contra Goliath en el que el Atlético siempre es David. Y ser David es moverse en la épica continuamente. Más que nada porque David nunca está obligado a ganar y cada triunfo suyo se entenderá como una gesta. Lo dijo Simeone en el Asado Reservado con Maldini: “Nosotros sabemos que somos peores que ellos –refiéndose al Madrid en este caso– y esa es nuestra virtud. El día que nos creamos mejor que el rival nos meten cuatro”. El objetivo del club cada temporada ha quedado fijado en clasificar entre los cuatro primeros y superar la fase de grupos en Champions, dos retos al alcance que exigen constancia y minimizan la parte de azar que puede tener una eliminatoria de Champions. Esta gestión de las expectativas obliga a ser perseverante –el objetivo exige no bajar el pistón en el día a día– y hace que cada paso de más sea festejado como un logro.

La excelencia tiene infinitos caminos, y éste, tan crudo y tan poco recargado, recuerda lo que decía el dramaturgo inglés John Fletcher sobre la belleza: Que cuanto menos vestida, mejor vestida está. La evolución del juego necesita al Atlético como azote del fútbol que busca el protagonismo con balón porque será la única manera de que ambos estilos sigan perfeccionándose en un deporte que continúa su carrera evolutiva hacia el infinito. Decía W.E. Napier que ‘la vida no es lo suficientemente larga para el ajedrez, pero eso es culpa de la vida y no del ajedrez’, y el fútbol comparte los mismos parámetros. Por eso denominar ‘antifútbol’ al juego de un equipo que tanto hace por el progreso de este deporte choca de bruces con la realidad. Es fútbol en el sentido más puro. Si acaso fútbol pedagógico, porque representa aquella frase de Di Stéfano que cada formador de categorías infantiles debería grabar a fuego en la mente de cada chaval: “Ningún jugador es tan bueno como todos juntos”.

Alberto Egea

Una volea de Rafter. Una asistencia de Jason Williams. Una celebración del 'Pipo' Inzaghi. Un ataque de Pantani. Y 'John Milner' de Loquillo.
Twitter: @esttoper

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