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Roberto Mancini. Ser grande

El agradecimiento por bandera

En España no dábamos crédito. Con Mancini sentenciado y Pellegrini esperando el final de temporada para ser anunciado como nuevo técnico, el Manchester City perdía en Wembley la final de FA Cup ante el Wigan –que tres días después perdería la categoría–, y sus hinchas, derrotados, se dejaban la voz coreando el nombre del técnico italiano y cantaban en contra de Pellegrini.

Roberto Mancini era cesado sin tiempo siquiera para despedirse de su afición, que en un gesto de agradecimiento reunía 7.000 libras para comprar un espacio publicitario en La Gazzetta dello Sport donde se podía leer “Grazie Mancini. Por sempre uno di noi”.Mancini. Agradecimiento fans del City en La Gazzetta

Desde que Mancini cogiera las riendas del equipo citizen en diciembre de 2009, el Manchester City había gastado en traspasos más de 300 millones de euros de los que había ingresado, y el balance de resultados se reducía a una Premier, una FA Cup y dos batacazos consecutivos en la fase de grupos de Champions. Pero había ganado, y esa sensación era totalmente desconocida para una afición con un desarraigo total con la victoria, que a la llegada del técnico italiano había celebrado dos Ligas inglesas en 130 años de historia, la última hacía más de 40 años. La hinchada era consciente de la dificultad que implica ganar, de que el dinero inyectado por los jeques permite comprar materia prima, pero que armar un equipo de obra nueva reuniendo jugadores que desconocen la competición y que no deben adaptarse a un bloque ya creado sino que tienen que colaborar en la formación de uno nuevo, es una complicada empresa que lleva tiempo y que no todos los técnicos están capacitados para llevar a cabo. Si a esto sumamos el nivel de la Premier y el hecho de que rivales como el Manchester United, Chelsea o Arsenal compiten con un equipo trabajadísimo, un modelo prolongado en el tiempo y un estilo definido que en algún momento de la última década ha conseguido hacer del ganar un hábito, queda claro que la tarea de llevar a buen puerto a este transatlántico no es tarea fácil.

La Liga es la competición perfecta para hacerse fuerte en el largo plazo, y todos aquellos entrenadores que crearon un equipo grande desde las ruinas no dudaron en dar prioridad a la esta competición sobre el resto, como base sobre la que cimentar un bloque sólido. Bill Shankly, que levantó el Liverpool desde la segunda división decía que “la Liga es el pan y la mantequilla, y las Copas son la nata”, dando relevancia total a la regularidad como clave para poder crear un ciclo ganador, y declaraciones como las de Guardiola, afirmando que la Bundesliga es el título más importante de la temporada, o la actitud de Simeone, que nunca dejó que la Liga fuera eclipsada por el buen hacer de su equipo en las competiciones del KO, evidencian que el lugar donde crecer inicialmente es la Liga y que la Champions es otra historia.

El hecho de que el Manchester City, ni con Mancini ni con Pellegrini haya conseguido siquiera competir con los mejores de Europa en Champions, otorga verdadera perspectiva a lo conseguido por Mourinho en el Chelsea. Con otro equipo relegado históricamente a un papel secundario en fútbol inglés –el Chelsea había ganado su única Liga en 1955– y espoleado también por el dinero de un inversor foráneo –Abramovich se había hecho con el Chelsea en 2003–, Mourinho consiguió armar un equipo que se había nutrido en verano de una amalgama de jóvenes jugadores –Drogba, Kezman, Carvalho, Ferreira, Cech o Robben– provenientes todos de Ligas europeas de segundo nivel, le dotó de un modelo de juego definido, lo impregnó de un carácter ultracompetitivo, agresivo y ganador fruto de su carisma dentro del vestuario, y lo convirtió en el ogro de Europa desde el primer momento.

En su primera campaña ganó la Premier con 95 puntos, sacándole 12 al Arsenal de Henry –vigente campeón, y que disputaría la final de Champions la temporada siguiente–, 18 al Manchester United de Ferguson y 37 al Liverpool campeón de Europa, mientras que en Europa solo un gol fantasma de Luis García le impidió disputar la final de Champions. En los dos años siguientes, otra Premier, una FA Cup y otras semifinales de Champions, completaron una trayectoria escandalosa para un equipo ‘recién nacido’.

Quizá esta proeza de aquel Chelsea daña las expectativas de un City que para seguir dando pasos firmes en su crecimiento debe agigantarse en la Premier. Roberto Mancini dio el salto más difícil, que era volver a ganar, pero dejó la sensación de haber echado a perder cuatro años en lo referente a la creación de un estilo, de una idea sobre la que edificar el juego del equipo. En cambio, Pellegrini ha sido coherente con su apuesta, en la segunda parte de la temporada, y salvo el sorprendente batacazo frente al Wigan en semis de FA Cup, ha vencido a los rivales inferiores sin dejar lugar a la sorpresa, ha ganado un título de largo recorrido y ha llegado al tramo final de la Premier en una situación envidiable.

El siguiente paso será vencer ese complejo de inferioridad, ese bloqueo futbolístico y mental que se levanta como un muro insalvable ante los grandes de verdad, algo complicado para un entrenador cuyos éxitos deportivos nada tienen que ver con ganar títulos y disputar finales. El Manchester City y Pellegrini deberán ir de la mano a la hora de adquirir esa cultura ganadora, ese peldaño que dista entre ser un gran equipo y ser un grande.

Alberto Egea

Una volea de Rafter. Una asistencia de Jason Williams. Una celebración del 'Pipo' Inzaghi. Un ataque de Pantani. Y 'John Milner' de Loquillo.
Twitter: @esttoper

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