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El viaje inverso del Madrid

La opinión de Alberto Egea sobre la situación de Rafa Benítez

NORWICH, ENGLAND - DECEMBER 26: Rafael Benitez of Chelsea looks on during the Barclays Premier League match between Norwich City and Chelsea at Carrow Road on December 26, 2012 in Norwich, England. (Photo by Jamie McDonald/Getty Images)

El pasado marzo, con Ancelotti en el disparadero por el bajón de juego y resultados del Madrid, le preguntaban en rueda de prensa a Marcelo Bielsa, también inmerso en plena crisis con el Olympique Marsella, por los puntos flacos de su método. El Loco, absorbente con sus jugadores y obsesivo hasta lo neurótico, ponía como ejemplo al técnico blanco, de perfil antagónico al suyo, para demostrar que no existe conducta o patrón mágico que asegure el éxito: “Todos los métodos autorizan a la derrota y a la victoria. Por cada Mourinho hay un Guardiola, y Guardiola pierde como pierde Mourinho, pero como ganan mucho más que pierden los periodos de análisis de la debilidad del método son mucho menores. Los dijo Ancelotti con una frase que define todo: ‘La misma mano débil es la que me permitió ganar tres Champions’. Lo que quiere decir que cuando se ganan Mundiales o Champions como hicieron el seleccionador español o Ancelotti es sabiduría para el manejo de los grandes jugadores, y cuando pierden, porque todos alguna vez pierden, es debilidad frente a la requisitoria de las estrellas. Simplemente una cuestión de proporciones”.

Ninguno de estos dos arquetipos de entrenador es inmune al desgaste que provoca el paso del tiempo en las relaciones personales. El técnico intervencionista y exigente tiende a provocar fatiga mental en el colectivo, mientras que el adaptativo y condescendiente acaba beneficiando el acomodamiento del privilegiado núcleo duro del equipo. Esto no pasaría si todos los futbolistas de élite fueran Carles Puyol. Pero no todos tienen la humildad de someterse al entrenador a cualquier precio, de dejarse seducir o al menos de intentar entender su idea. No todos van a entrenar cada día con la pasión del chaval que va a jugar al patio y la responsabilidad del jornalero al que la vida no le permitiría perder su trabajo.

Guardiola, que siendo jugador vio en primera fila como Cruyff primero y Van Gaal después se consumían producto de la erosión de su relación con piezas clave del vestuario, se vuelve a anticipar a los acontecimientos antes de que se precipiten. La apuesta del Bayern no puede ser más coherente. Guardiola, como en Barcelona, dejará una generación con recorrido ya preparada para ganar por inercia. Y Ancelotti es maestro orientando esa inercia. El técnico italiano es una genial sanguijuela de grandes proyectos, un prolongador de éxitos. Se encontrará un equipo acostumbrado a alternar sistemas y jugadores capaces de dominar varias demarcaciones: un chollo para un técnico que goza ordenando y haciendo caber el máximo talento posible.

El pasado verano, el Madrid se vio en la situación contraria a la del Bayern. Los blancos habían roto en una plantilla consentida que elegía el grado de intensidad que aplicar en cada partido, respaldado todo por un entrenador que anteponía galones a rendimiento en pro de que no se ensuciara la siempre viciada atmósfera blanca. Con los jugadores en contra –se estaban cargando al tipo que les garantizaba su zona de confort–, el club cambió radicalmente el perfil de entrenador jugándosela por un hombre disciplinado y con una idea de juego preconcebida. Este paso de técnico flexible a técnico intervencionista es rupturista por sí mismo –el paso contrario suele ser continuista– y exige tomar ciertas decisiones que, aunque impopulares, facilitan el crecimiento sano del equipo. El famoso No cuento ni con Ronaldinho, ni con Deco ni con Eto’o que pronunció Guardiola en la rueda de prensa de su presentación con el Barça en 2008 habla muy bien de Laporta en el aspecto deportivo. A Pep no le respaldaban 4 o 5 años de contrato millonario que pudieran suponer un freno para la directiva a la hora de despedirlo, ni tenía un currículum como entrenador que le permitiera fracasar sin que su caché apenas se viera afectado. Guardiola fue valiente porque la directiva de entonces le dejó ser valiente. Le permitió implantar su idea de juego, eligiendo qué jugadores sobraban y quienes llevarían la bandera de su proyecto. Sin nombres ni privilegios. De forma higiénica. Lo mismo que hizo Abramovich con Mourinho cuando le entregó el Chelsea en 2004. Jubiló a los Desailly, Verón o Hasselbaink y construyó un equipo de obra nueva repleto de jugadores con hambre dispuestos a morir por su idea.

Lejos de que acertara o no con el perfil que pedían las características de la plantilla, de la incógnita que suponía ver a Benítez ordenando una orquesta llena de talento, el Madrid se quedó a medias. Cambió el entrenador pero los vicios se quedaron. Los mismos líderes del Madrid bohemio, fantástico y perezoso, serían las cabezas visibles del nuevo proyecto. Los mismos que habían renegado del cambio. Y si a alguno le faltaba respaldo interno en su posición respecto al nuevo entrenador, se le ampliaba el contrato y se le bañaba en oro. Al mismo bloque que se había demostrado a sí mismo poder ganar divirtiéndose, sin sentirse exigido y con libertades varias, había que convencerle de intentar hacerlo con sudor, disciplina, rotaciones y pizarra. Optimismo a raudales.

Desde que se fue de Liverpool, Benítez siempre eligió el peor momento para cada destino. Siempre clubes con vestuarios y aficiones recién invadidas por la tristeza provocada por la salida de su antecesor –Inter tras Mourinho, Chelsea tras Di Matteo, Nápoles tras Mazzarri–, y que apenas le dejaron margen para renovar el equipo a su imagen y semejanza (por economía unas veces, por imposición de la directiva en otras). En Madrid vuelve a ser el contexto el que le acaba de devorar. Quizá le faltó personalidad para rechazar el sueño de su vida, como seguramente le faltó después para negarse a comulgar con ruedas de un molino que ya conocía de sobra. El choque entre la realidad del club y la profesionalidad de Benítez era demasiado violento como para sobrevivir a él.

Alberto Egea

Una volea de Rafter. Una asistencia de Jason Williams. Una celebración del 'Pipo' Inzaghi. Un ataque de Pantani. Y 'John Milner' de Loquillo.
Twitter: @esttoper

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1 Comentario en El viaje inverso del Madrid

  1. “Guardiola fue valiente porque la directiva de entonces le dejó ser valiente”.

    “[E]l Madrid se quedó a medias. Cambió el entrenador pero los vicios se quedaron. […] Y si a alguno le faltaba respaldo interno en su posición respecto al nuevo entrenador, se le ampliaba el contrato y se le bañaba en oro”.

    Esto es.

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  1. ¿Culpa de los jugadores o culpa de Benítez? - FUTROR

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