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José Mourinho hace casa

El Chelsea de Mourinho se ha proclamado campeón de la Premier 2014/15

Foto: www.vozpopuli.com

Decía Bill Shankly hace casi cuarenta años que ‘la Liga es el pan y la mantequilla y las Copas son la nata’. Nadie como él, que había rescatado al Liverpool de las ruinas de la segunda división inglesa para hacerlo campeón dos años después, podía explicar mejor el valor de la competición liguera como lugar donde hacerse fuerte en el largo plazo, como base sobre la que hacer crecer, a golpe de resultados, ese bloque sólido que todo entrenador persigue. Seguramente sea este torneo el mejor termómetro para medir la salud de un grande. Por ser el menos frágil, dado que ese factor futbolístico –tan injusto como mágico– que reniega de premiar siempre al que lo merece y que se potencia en eliminatorias, se suaviza en el largo plazo.

Mourinho regresó a un Chelsea que había ganado una Premier en las seis temporadas transcurridas desde su salida de Stamford Bridge”

En verano de 2013, Mourinho cogió un Chelsea que había ganado una Premier en las seis temporadas transcurridas desde su salida de Stamford Bridge, y que venía de encadenar dos temporadas siendo consecutivamente 6º a 25 puntos y 3º a 14. Con una línea defensiva compuesta por cuatro hombres (Ivanovic, Cahill, Terry y Azpilicueta) que estaban en plantilla en la temporada anterior a su llegada, el Chelsea pasó de 39 a 27 goles encajados en Premier, misma cifra que mantiene este año a tres jornadas del final. La pasada campaña sentó las bases de un modelo de juego muy definido del que salió un equipo compacto, ordenado y sacrificado, que rompió en ultracompetitivo al punto de ganarle los cuatro partidos de Premier a los dos equipos que clasificaron por encima. Era el mejor equipo, pero lo austera de su plantilla en cuanto a creatividad y gol le había costado sus opciones al título, dilapidadas ante equipos medianos y pequeños que replegaban muy bajo.

A este conjunto inteligente, con una capacidad exagerada para interpretar la idea de su técnico, Mourinho le sumó las dos piezas que daban ese salto de calidad que pedía en transiciones y ataque organizado: Cesc y Diego Costa. Cuando ambos rayaron a su mejor nivel –otoño– el equipo no estuvo lejos de ser el mejor del planeta. A las condiciones más potentes del año anterior (defensa inabordable y dominio insultante a balón parado) se le había unido un incremento de la fluidez de circulación de balón en ataque estático, producto de la calidad de Cesc y del espacio que generaba en la zona de tres cuartos el hecho de tener a Diego Costa amenazando la espalda de una defensa rival con pánico a salir. El Chelsea lograba ser profundo de diversas formas. Cuando Diego Costa acudía a la zona de la mediapunta, generaba ventajas; y cuando el central saltaba por él, el extremo de turno podía atacar en diagonal la espalda de éste. En banda izquierda, Hazard era un tormento por sí solo y Azpilicueta el factor sorpresa; mientras que en la derecha, Ivanovic sí era imprescindible para Willian, que necesitaba para dañar de esa superioridad numérica sin la que sí puede decidir el belga. A pesar de tener una columna vertebral muy marcada donde solo los cuatro de arriba entraban en alguna rotación con un mínimo de regularidad (Azpilicueta ha disputado 27 de los 35 partidos, y Courtois, Terry, Cahill, Ivanovic, Matic y Cesc, 30 o más), la ausencia de Diego Costa y la baja forma de Cesc presentaron una nueva realidad. Mourinho no dudó: diferentes recursos, diferentes soluciones. Y volvió el Chelsea más parecido al de 2013/14. El equipo demostró una madurez elogiable, guardó el esmoquin y bajó al fango las más de las veces para sacar partidos a golpe de pico y pala que han acabado por dar sentido al fútbol mostrado en la primera parte de la temporada, precisamente el tramo donde perdió los tres únicos encuentros de los 51 que disputó en todo el curso (Newcastle y Tottenham en Premier y Bradford en FA Cup).

De cara al verano, quizá queda pendiente entre otras cosas las llegadas de un sustituto de garantías de Diego Costa –que evite al Chelsea estar con el corazón en un puño cada vez que estornuda– y la de un nuevo inquilino de la zona de la mediapunta –expectativas de Cuadrado aparte– que aumente una cuota de gol que acapara Diego Costa y que Hazard, a pesar de ser el jugador más decisivo del equipo, todavía no ha asumido (10 goles si excluimos penaltis) y está por ver si lo hará algún día. Quizá la llegada de un jugador así dividiría el foco de atención absoluto que ponen en él las defensas rivales y le permitiría lucir con más regularidad y producir de forma más constante.

La Premier seguirá siendo la mejor vara de medir la realidad y ahí el Chelsea parece tener un proyecto a años luz del resto. En Champions, en cambio, son –como dijo el propio Mourinho– demasiados tiburones en el océano. Pero raro será que en el desarrollo de la obra a priori más largoplacista del técnico portugués, no acabe cayendo antes o después esa tercera Copa de Europa con su tercer equipo distinto que no solo contribuya a inflar un palmarés de película sino que le distinga del resto para la posteridad.

Alberto Egea

Una volea de Rafter. Una asistencia de Jason Williams. Una celebración del 'Pipo' Inzaghi. Un ataque de Pantani. Y 'John Milner' de Loquillo.
Twitter: @esttoper

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