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Mendel y el arco de Bélgica

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“Cuando se cruzan dos individuos de raza pura los híbridos resultantes son todos iguales”. Fue Gregor Mendel quien se sirvió de esta enunciación para explicarle al mundo el llamado ‘Principio de uniformidad’, la primera de las leyes con las que a mediados del siglo XIX consiguió descifrar los misterios que escondía la genética. No obstante, y a pesar de que su trabajo no fue reconocido hasta años después de su muerte, el monje moravo habría encontrado en Bélgica un inmejorable laboratorio en el que experimentar al remplazar sus célebres guisantes por los porteros que la capital de la Unión Europea ha producido a lo largo de su historia futbolística.

Foto EPA

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La figura desgarbada, los brazos caídos, la nariz puntiaguda y el flequillo engominado. Su rostro barbilampiño y su mirada divertida no reflejan la madurez profesional de la que hace gala Thibaut Nicolas Marc Courtois en cada partido en que defiende la portería del Atlético de Madrid. Por momentos imbatible, sus 199 centímetros no son óbice para caer al suelo y sacar un balón que busca la cepa del palo de la misma forma en que una ardilla brinca para llevarse una bellota. El arquero belga, que aterrizó en el Vicente Calderón sin hacer ruido, es uno de los grandes responsables del ‘risorgimento’ que ha experimentado el club de la ribera del Manzanares desde que Diego Pablo Simeone tomara las riendas del equipo hace poco más de dos años. Aquellos que cuestionaban su fichaje y se rasgaban las vestiduras por la suplencia de Asenjo hoy se sonrojan al recordar sus paradas en la final de la Copa del Rey ganada en el Bernabéu, esa con la que hasta don Vicente Calderón se sacudió las tiritas que le recordaban la manida y vetusta etiqueta de ‘Pupas’. No en vano, nadie se escandalizará al afirmar que hablar de Courtois es hacerlo del mejor portero del mundo.

Criado en la ciudad de Bree bajo las faldas del otrora prestigioso Racing de Genk, su DNI contaba sólo 19 años la primera vez que un adolescente Courtois se puso bajo los palos de ‘Les Diables Rouges’, una precocidad que le igualaba a los grandes arqueros de la historia del país de Rubens y Van Eyck. Quizá el más desconocido de todos ellos sea Jean De Bie, el primer gran mito del fútbol belga, un corpulento guardián del Racing de Bruselas con el que Bélgica ganó la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Amberes en 1920 y que también echó el cierre a su portería en los de París de 1924 y en los de Ámsterdam de 1928, además de participar en la primera Copa del Mundo, la de Uruguay de 1930. En este sentido, las devastadoras consecuencias que la Segunda Guerra Mundial ocasionó en todo el oeste de Europa provocaron en esta zona un crecimiento más ralentizado que, por ejemplo, en Sudamérica. Es por ello que habría que esperar hasta la década de los 70 para encontrar a Christian Piot, el revolucionario meta del Standard de Lieja, que, si bien no se caracterizaba por su físico, compensaba este hándicap con un inusitado acierto para lanzar penaltis. Piot, que desempeñó toda su carrera en el equipo valón, fue el portero al que se encomendó Raymond Goethals para la selección que jugaría el Mundial de 1970 y dos años más tarde alcanzaría el tercer puesto en la Eurocopa celebrada en suelo belga.

Foto Terra

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Y como si del eslabón de una pulsera se tratara, el ocaso del icónico Piot dio paso a la irrupción de Jean-Marie Pfaff, un rubiales de pelo ensortijado que entró sin llamar a la puerta de la élite del fútbol europeo desde el modesto Beveren antes de asentarse en la guarida de un gigante como el Bayern de Münich. Seguro, sobrio e intuitivo, Pfaff fue el líder con el que Bélgica conquistaría el subcampeonato en la Eurocopa de 1980 y acudiría a la Copa del Mundo de 1982 y la cita continental de 1984. Sin embargo, el gran momento de esta generación, en la que convivían futbolistas como  Gerets, Van der Elst, Scifo o Ceulemans, llegaría con el cuarto puesto en el Mundial de 1986, un campeonato en el que Pfaff se erigió como el gran villano de España al detener el penalti de Eloy Olalla en el duelo de cuartos de final.

Mejor portero del mundo para la IFFHS y Premio Yashin en 1994, Michael Preud’homme fue el último gran portero belga del siglo XX. Melena al viento y reflejos felinos, aquel excéntrico guardameta forjado en el Standard de Lieja cosechó sus mayores éxitos en el sorprendente Malinas que puso patas arriba el viejo continente en la década de los 80 antes de impartir sus últimas lecciones en el Benfica. Coetáneo de Pfaff, Preud’homme vivió a su sombra en aquella legendaria Eurocopa de 1980, pero fue capaz de aprovechar la cuesta debajo de éste para hacerse con la meta belga en los Mundiales de 1990 y 1994, cita esta última en la que fue condecorado como mejor arquero del torneo.

Con estos precedentes, Mendel habría sudado tinta intentando encontrar una explicación racional a la increíble densidad de porteros de nivel de la que Bélgica presume. Porque el combinado que entrena Marc Wilmots se presentará en Brasil con dos escuderos de lujo para el intocable Courtois, una dupla de teóricos suplentes que personifican Mignolet y Casteels y que permiten que el ex interior del Schalke pueda dormir tranquilo en caso de una hipotética lesión de Thibaut. No se sabe si es cuestión de herencia y genética, pero lo cierto es que con ellos Mendel se habría hartado de contar guisantes…

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