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Cocinar a Messi

Cómo Luis Enrique cambió la versión habitual de Messi

Si en algo no mezclan fútbol y sociedad es en la necesidad intrínseca de ésta de acoger en su seno héroes individuales a los que encumbrar y villanos a los que despedazar. Esta condición de los pueblos alimenta el debate y hace del fútbol un fenómeno social como ningún otro, pero reduce la complejidad del juego, desnaturaliza su esencia y conduce a conclusiones que, por lo general, acaban siendo injustas.

Foto: Lluis Gene

La temporada ha dejado en el Barça de Luis Enrique un equipo de leyenda y no sorprende ver cómo ha comenzado el reparto de la cuota de mérito que ha tenido cada uno en la consecución del triplete, como si el resultado fuera la suma de la aportación individual de cada uno en lugar de ese número mucho mayor que nace de la armonía del colectivo que potencia –de la misma forma que el caos colectivo de la pasada campaña las debilitó– todas las pequeñas cosas.

El Messi 2014/15 ya es historia viva de este deporte. La diferencia entre él y su equipo es que el argentino empezó a jugar en agosto y el Barça en enero. Cuando los azulgranas llegan al famoso partido de Anoeta, Messi lleva 15 goles en 16 jornadas de Liga y 8 en los 6 partidos de liguilla en Champions, está inmerso en un estilo que le obliga a ejercer de ‘5’ –nos frotábamos los ojos cuando le veíamos ofrecerse en campo propio para sacar el balón jugado–, de ‘10’ –zona a la que llegaba fundido, obligado a conducir ante la falta de ideas y automatismos en la zona de tres cuartos– y de ‘9’, y es víctima del juego confuso de un equipo que solo da bandazos y al que no se le adivina un fin determinado. Al jugador más estudiado del mundo no se le ofrecía un contexto táctico que explotara su potencial productivo, tocándole remar y remar secuestrado en un ataque plano y previsible que fue exhibiendo su impotencia –con mejor o peor suerte– ante Getafe, Celta, Valencia o Real Sociedad. La solidez defensiva, el trabajo eficaz a balón parado o el compromiso del equipo para activar la presión tras pérdida eran algunos de los pocos rasgos destacables de una identidad colectiva que parecía estar muy verde.

El Lionel Messi de la temporada 2014/15 comenzó inmerso en un estilo que le obligaba a ejercer de ‘5’, de ’10’ y de ‘9’.

Messi necesitaba de Luis Enrique y éste respondió con ingenio. Pegar a Messi y Neymar en las bandas mató a unos rivales que no encontraron antídoto para defender tal amplitud de campo, explotada con pases diagonales entre ambos que fueron destrozando todo tipo de entramados defensivos. El Barça no había sufrido una evolución sino una revolución. El resto de jugadores se ordenó en torno a los tres de arriba, que encontraban soluciones en ataque estático y gozaban en transiciones, descubriendo un Barça contragolpeador que chocaba de bruces con el ideal para el que había sido educado el aficionado culé en el último cuarto de siglo. Centrar a Messi y Neymar, sorprender con Alves haciendo funciones de interior derecho, monopolizar la posesión como antaño –la primera parte en el Pizjuán devolvió un registro que parecía olvidado–; Luis Enrique no dejó de introducir novedades y matices que tiraban por la borda el trabajo de toda la semana de los técnicos oponentes.

Está claro que tener a Messi es un privilegio único, la envidia de cualquier entrenador, pero del hábitat que le crees dependerá que su rendimiento sea equis o tres –o cuatro o cinco u ocho– equis. Y Luis Enrique le dibujó un paisaje estimulante donde todo funcionaba a su alrededor de forma coral para que el argentino jugara simplemente para la historia. Lo que le negará el reconocimiento unánime como mejor jugador de siempre no será un Mundial, sino una vida extrafutbolística que contar, un relato novelesco que tenga que ver con renegar del baloncesto por la muerte de tu padre para pasarte al beisbol, resurgir del lodo de las drogas o morir joven. Pero su compromiso con balón es demasiado pasional como para buscar literatura fuera del tapete.

El resto de jugadores se ordenó en torno a los tres de arriba, que encontraban soluciones en ataque estático y gozaban en transiciones, descubriendo un Barça contragolpeador

Dependiendo del momento de fascinación se dice que Guardiola no es sin Messi, que Messi no es sin Xavi e Iniesta, y al final resulta que los tres venían de dos años en blanco cuando Guardiola vino a traerles los planos para levantar el que quizá sea el mejor equipo que jamás veremos. El buen entrenador no crea jugadores sino que los descubre. Nadie convierte caballos de cartón en caballos de carreras. El mérito es descubrir o potenciar un talento escondido en el futbolista, crear sinergias entre jugadores, promover situaciones en el juego que aviven estas características positivas y que escondan defectos y limitaciones. Claro que el Barça de Guardiola hubiera sido imposible sin esos jugadores, pero también el Atlético del Cholo o el Inter de Mourinho. Y viceversa. En todo gran equipo, el entrenador, el modelo de juego y los jugadores se retroalimentan, se perfeccionan, hasta encontrar ese punto dulce que tan difícil es prolongar en el tiempo. Cuántas veces habremos oído eso de “ya me gustaría ver a Guardiola con los jugadores de Osasuna”. Como si un crítico de cocina argumentara “que sí, que ningún restaurante como El Celler de Can Roca. Pero habría que ver donde estarían los hermanos Roca si tuvieran que funcionar con los alimentos que venden en el supermercado de su barrio”.

Alberto Egea

Una volea de Rafter. Una asistencia de Jason Williams. Una celebración del 'Pipo' Inzaghi. Un ataque de Pantani. Y 'John Milner' de Loquillo.
Twitter: @esttoper

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2 Comments en Cocinar a Messi

  1. Que bueno Alberto,haber si aprenden la chusma de las tertulias deportivas a expresar criterios deportivos en vea de tanta verborrea parcial

  2. Carlos Viloria // enero 13, 2016 en 2:04 am // Responder

    Esto es una joya. Felicidades Alberto!

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