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El Leicester contra los fantasmas

El histórico club inglés busca vencer a las adversidades para levantar el título

Ranieri nos ha vencido a todos. Nos ha forzado a preguntarnos de forma recurrente a cada partido del Leicester si cada jugador, individualmente, es realmente tan bueno como parece, y ese es el triunfo máximo del entrenador por encima de títulos colectivos o reconocimientos varios. La cumbre de su oficio es maximizar el rendimiento de sus jugadores y el técnico italiano lo ha hecho desde el modelo de juego, la gestión del vestuario y una ilusión desmedida que funciona como motor que todo lo puede. Es difícil saber el nivel real de muchos jugadores del Leicester, el cuántos están jugando por encima de sus posibilidades, potenciados por un colectivo de hierro y el aliciente de hacer historia sin tener nada que perder.

La cumbre del oficio de Ranieri es maximizar el rendimiento de sus jugadores y el técnico italiano lo ha hecho desde el modelo de juego, la gestión del vestuario y una ilusión desmedida que funciona como motor que todo lo puede.

Desde el repliegue en un 4-4-2 estrecho y compacto, con un once que se recita de carrerilla –los once jugadores con más minutos sobre el campo suman el 85% de los minutos totales de la plantilla– y recordando al mundo del fútbol que el dominio productivo tiene que ver con el dominio de los espacios y no con el de la posesión –la ha perdido en 23 de las 25 jornadas disputadas–, Ranieri ha potenciado las virtudes de Vardy –al que abastecen de balones a la espalda para que explote su extraordinaria capacidad de atacar espacios–, de Okazaki –encomendado al trabajo sucio de ejercer de primer defensor sin balón y crear espacios mediante desmarques profundos– o de Kanté –maestro del robo, del acoso a los rivales ahogándoles la pierna dominante para provocar errores y generoso en un despliegue físico animal, lo que hace de él un pivote con recorrido perfecto para el tipo de fútbol que propone su equipo–, e igual de importante, ha escondido sus defectos. Sería una incógnita ver a Vardy como delantero del Manchester City intentando abrir defensas cerradas, igual que sería un reto para cualquier entrenador de un grande hacerle comprender a Kanté –éste solo tiene 24 años– que a veces el fútbol exige jugar en una marcha que no sea la sexta o inculcarle un ritmo asociativo con balón que no sabemos si está recogido en su ADN. Está por ver si los jugadores que salgan en verano son capaces de adaptarse a otros escenarios, pero sea como sea se han agigantado gracias al contexto creado por su entrenador y su valor de mercado tendrá que ver con ello. Eso es generar riqueza para un club, y en este aspecto la labor de Ranieri –que va por detrás de la desempeñada por una secretaría técnica de mucho nivel– es impagable.

Caso aparte es Mahrez. El argelino es una estrella ubicada en un ejército robotizado a la que emociona ver como toca el arpa en mitad de la guerra. Los rivales preparan a conciencia cómo defender su diagonal fuera-dentro, pero pocos le han sobrevivido. Sus recursos para desbordar por fuera desde la derecha –su posición natural– como si estuviera jugando a pierna natural y su habilidad para desbordar por dentro cuando parte desde la izquierda le hacen casi indefendible. Sin ir más lejos, el Etihad presenció cómo, de la primera forma, forzaba la falta que dio origen al 0-1; y, de la segunda, anotaba el 0-2 para dejar sentenciado el encuentro. Un dolor de muelas.

En dos semanas dará comienzo el último tercio de esta Premier de guión esquizofrénico y el Leicester lo enfocará sabiendo que ya ha jugado sus seis partidos ante los otros tres candidatos al título. Le restará ir a Old Trafford y Stamford Bridge –jornadas antepenúltima y última–, dos templos cuya profanación ha estado esta temporada al alcance de cualquier equipo. Su batalla ante equipos medianos y pequeños medirá sus limitaciones creativas para atacar defensas organizadas, algo que hasta el momento ha logrado superar –recordemos que levantó un 0-2 a Aston Villa (3-2), Stoke (2-2) y Southampton (2-2) o un 1-0 al WBA (2-3)– mediante jugadas de estrategia, juego directo o barbaridades de Mahrez, capaz de rajar defensas sin ayuda de nadie.

El otro enigma será ver como gestiona la posibilidad de ser campeón un colectivo sin tipos acostumbrados a ganar. Las Ligas igualadas no siempre las gana el mejor equipo, sino que acaba pesando más quién es el que mejor compite, el que mejor sobrelleva los momentos delicados. El penalti de Djukic, el incomprensible bajón de la Real en las tres últimas jornadas de la Liga 2002/03, la ansiedad con la que el Liverpool disputó la segunda parte ante el Chelsea tras el fatídico resbalón de Gerrard o la forma en que ese mismo Liverpool tiró un 0-3 a favor en el campo del Crystal Palace para terminar de entregar una Premier que era suya, no distan de los errores de Simpson en la expulsión o de Wasilewski en la última falta que provocó el gol de Welbeck. Se lo contaba Simeone a Julio Maldonado hace poco más de un año haciendo referencia a la conquista de la Liga en 2014: “Yo se lo venía diciendo a los chicos cuatro fechas antes del partido decisivo ante el Barcelona –última jornada de la Liga–, en el partido frente al Elche en el Calderón creo que fue. Yo le decía a los jugadores: ‘Muchachos, ¡cuidado! Este es el momento más peligroso. Vos estás a cuatro fechas después de haber remado todo lo que remaste, y creés que por lo que remaste el campeonato se te va a quedar al caer naturalmente. Y estén seguros de que va a venir un árbol entre medio de la rueda que te va a atrancar. Y después el campeonato va a estar en la solución que nosotros encontremos para salir, para rematarlo. Esto es como el tenis: explicame vos como en el último punto, cuando va a ganar el partido, el número uno tira a la red. Pues porque hay una tensión añadida que te hace pensar más en cómo festejar y en todo lo que te va a pasar a partir de, que en ganarlo. Si no ganás, no va a pasar todo eso. Cómo te alejás de tu papá, de tu mujer, de tu novia, de tus hijos, de tu gente, que te dice: `Loco, ya está, el Madrid no gana, el Barcelona está muerto, el Málaga, el Levante, no pasa nada…’. ¡Mentira! Son las trampas que tiene el fútbol, que son maravillosas por eso. Tras el partido ante el Levante –el Atlético perdió 2-0 en la antepenúltima jornada, antes de salir campeón– uno de los chicos me decía: ‘Mister, en los primeros 20 minutos no podía mover las piernas’. ¡Y veníamos de ganarle al Chelsea en Londres! Y habíamos jugado un martes, que no había excusa de cansancio ni nada. Eran las piernas, que vos como futbolista cuando no estás acostumbrado a ganar –cuando estás acostumbrado es otra cosa y nosotros de esos solo teníamos a Villa–, te empiezan a pesar, se te bloquean y no puedes jugar. Estás en la final de la Champions, la Liga depende de ti y llegas a ese momento que te explota la cabeza. Dependerá de aislarte de todo ese cúmulo de cosas que te florean por la cabeza y te centrés simplemente en jugar a la pelota”.

 

Alberto Egea

Una volea de Rafter. Una asistencia de Jason Williams. Una celebración del 'Pipo' Inzaghi. Un ataque de Pantani. Y 'John Milner' de Loquillo.
Twitter: @esttoper

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