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Fútbol y religiosidad (II)

Segunda parte del serial

Lea la primera parte de fútbol y religiosidad

“¿Cómo es posible que la especie que inventó el sistema decimal, de tanto contarse los dedos, se apasione con un juego donde sólo el portero tiene dispensa para usar las extremidades prohibidas? […] ¿Qué significa este retroceso en el tiempo? Que el domingo podemos recuperar lo que aún tenemos de tribu encandilada por el fuego, del griego que confunde a los dioses con los mortales, del niño convencido de que los héroes duran 90 minutos. […] Lo decisivo, a fin de cuentas, es que el fútbol se percibe como cosa mental. Nadie puede jugarlo ni verlo sin imaginación. Se los digo yo, que una vez gané la Copa del Mundo, y no tuve necesidad de despertarme”. Juan Villoro (“El arte y el fútbol”).

Nona (el fútbol)

Puede decirse que la religión es una construcción humana que responde a ciertas necesidades íntimas. En este sentido, si el hombre construye para sí un conjunto de símbolos y ritos que sirven, entre otras cosas, como núcleo de reunión, de comunión; por qué no otorgarle a un deporte (o a ciertos aspectos del mismo, otra creación humana, un cierto carácter de religiosidad) –más allá, o a pesar, de su mercantilización- que, en última instancia sirve justamente para vincular a las personas, congregarlas, facilitar la participación en una suerte de “cosmovisión” compartida, donde los símbolos, los ritos son otros –que pueden pasar por superficiales, mundanos, pero que aun así pueden contener cierta profundidad, un sentido que va más allá del mero juego, del hecho deportivo.

No en vano, el fútbol –afirmaba Carretero Pasín- es uno de esos privilegiados espacios sociales en donde la fuerza de lo imaginario puede llegar a exteriorizarse y canalizarse, y que, precisamente en ello radica de los ingredientes fundamentales del especial magnetismo que atesora; y explicaba que:

“Desde su fuerte arraigo popular, cotidiano, [el fútbol] permite repensar el significado global del hombre, de la cultura, del tiempo, desde lo más cercano, ‘constituyéndose en un objeto de estudio”.

En este sentido, Roberto DaMatta, antropólgo brasileño (“Deporte en sociedad: un ensayo sobre el fútbol brasilero”), argüía que “el fútbol ofrece una serie de dramatizaciones de la sociedad”; y que la característica distintiva de la dramatización es, justamente, la de atraer la atención hacia las relaciones, los valores o ideologías que de otra manera estarían aislados de las rutinas de la vida diaria. Así, la dramatización es un ingrediente básico del proceso de ‘ritualización’. Sin drama, sostenía DaMatta, no hay ritual.

Así, el fútbol, para Da Matta, es un modo especial a través del cual la sociedad se permite ser percibida o “leída” (¿interpretada, acaso?) por sus miembros, puesto que el ritual (y el drama) son medios particulares a través de los cuales un pueblo determinado se cuenta a sí mismo su historia. En consecuencia, la forma en que el fútbol se practica, se vive, se discute y se teoriza puede verse como un medio a través del cual la sociedad habla, se presenta, se revela, permitiéndose ser descubierta. Es decir, el fútbol es algo más que lo que se ve a primera vista, algo más que un juego.

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El abrazo del alma

Asimismo, se preguntaba: ya que la vida diaria impone divisiones sociales que el fútbol momentáneamente oculta, mostrando un mundo homogéneo, ¿cómo es posible que durante un partido de fútbol podamos estar juntos, unidos? – a lo que cabría añadir, al final del interrogante, “de la misma manera en que sucede en una misa, por ejemplo”.

Da Matta se respondía en términos de fútbol (aunque bien podría ser una explicación más universal): “Los rituales y las formas que adoptan, existen en una región que está separada de la vida diaria, lo que significa que todo lo representado en el drama está social y temporalmente circunscrito. Esta demarcación hacia posible controlar las repercusiones sociales que puedan surgir dentro del espacio social del ritual. […] La ventaja, pues, del fútbol, es que es capaz de plantear problemas fundamentales y, sin embargo, seguir siendo un juego y un deporte”.

La sociedad, según el académico brasileño, se revela tanto a través del deporte, la religión, los rituales como la política. De esta manera, “cada una de estas esferas es una suerte de filtro u operador, a través del cual el orden social se hace y rehace a sí mismo en un juego que es fundamental para su percepción de sí mismo como una totalidad significante”. Así, el deporte, y el fútbol en particular, es la misma sociedad expresándose a través de una cierta perspectiva, a través de reglas, relaciones, objetos, gestos, ideologías, etc.; permitiendo la apertura de un espacio social particular, el espacio del deporte y del juego.

“Los partidos de fútbol señalan una compleja interacción entre las reglas universales (las reglas del juego) y los deseos individuales (de los equipos y jugadores enfrentados). El resultado de esto, victoria o derrota, es una buena metáfora del partido como destino y biografía […] Es sin duda alguna esta complejidad la que permite que un partido de fútbol se convierta en una metáfora de la propia vida. De esta manera, expresa el conflicto básico dentro de la sociedad entre los hombres y las fuerzas impersonales que se cruzan en su camino”, Roberto DaMatta

En esta misma línea, la antropóloga y socióloga francesa Martine Segalen, mencionaba que para algunos autores la enorme aceptación que tiene el fútbol radica en la fuerza de simbolización de la actividad futbolística, que encarna las características más destacadas de la sociedad industrial: división de tareas e igualdad teórica de oportunidades. La multitud reunida alrededor de los estadios se presta a exhibir fenómenos de identidad colectiva. El lugar que se ocupa en el estadio es el trasunto del que se ocupa en la sociedad.

Finalmente, Christian Bromberger, sostenía (“Las multitudes deportivas: analogía entre rituales deportivos y religiosos”) que si bien el fútbol no lleva consigo promesas de porvenires radiantes –ya que de un ritual se espera, en general, que nos recuerde el sentido último de la existencia, que nos hable del más allá, que asegure nuestra salvación, que nos favorezca en nuestro futuro-, sí nos muestra, precisamente, quienes somos consagrando y teatralizando los valores fundamentales que modelan nuestra sociedades. Las identidades que compartimos y que soñamos, la competencia, la performance, el rol de la suerte, de la injusticia, en el camino de una vida individual y colectiva.

Ángelus (fútbol, rito… ¿religiosidad?)

“… los habitantes de la Tierra practican una religión única y sin Dios”, Marc Augé, antropólogo francés, “¿Deporte o gran ritual moderno?”.

Tal vez por prudencia, más que de religiosidad convenga hablar de ritualidad (para no alarmar al auditorio), de ciertos amarres, coincidencias, entre el fútbol y lo simbólico, aquello que trasciende el mero acto de jugar y presenciar el juego. El hincha ante su finitud, acaso cree elementos de perpetuación: el paraíso verde o la historia del club como continuidades en las que, una parte de sí mismo perdura. Quizás no pasen de ser meros consuelos que mitigan lo insalvable de esa finitud, constreñidos como estamos a ámbitos que escapan a nuestra voluntad: un pasado inmenso que nos precede; un futuro acaso más vasto que se extiende como una burla. Pero no por ello, menos efectivos. Tal vez, a fin de cuentas, todo rito no sea más que un consuelo, que una estrategia para, abordar lo inexplicable, o para evitarlo (es decir, una coartada para nuestras limitaciones).

Precisamente, suele decirse que el fútbol desvía la atención de los asuntos importantes, centrales, en lugar expresarlos, y que por ello compararlo con la religión o con expresiones o esferas sacras (o profundas) es, como poco, una osadía. Mas, en realidad, cabría preguntarse ¿cuántos creyentes se hacen grandes preguntas trascendentales (filosóficas, metafísicas, sociales)? ¿Acaso no van mayoritariamente a los templos a repetir fórmulas que son, en realidad, respuestas inapelables, es decir, a evitar interrogarse sobre los asuntos relevantes?

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El adiós a Eusébio de la afición del Benfica

De hecho, el filósofo y sociólogo alemán Georg Simmel –citado por Carrtero Pasín- advertía que “el comportamiento religioso no está ligado exclusivamente a los contenidos religiosos, sino que es una forma humana general, que se realiza no sólo a partir de temas transcendentales sino igualmente debido a otros motivos sentimentales”.

Por ello, no es de extrañar que la antropóloga Martine Segalen indicara que algunos campos pertenecientes al “no-trabajo”, una vez se ven liberados de su aspecto utilitarista, “constituyen una reserva de rituales para nuestras sociedades modernas. Actividades colectivas de fuerte intensidad emocional, que unen al tiempo que dividen e instituyen -como el fútbol-, llenan el espacio contemporáneo de signos rituales, ofrecen válvulas para las rígidas exigencias cotidianas, abren campos de integración y ofrecen a nuestro imaginario un escape para sus simbolizaciones. Además, estas formas rituales se inscriben en espacios locales específicos, participan en la (re)construcción de sus identidades y combaten los efectos de la homogeneización manifiesta en nuestras sociedades”.

A tal punto sería así, que el sociólogo inglés Eric Dunning, pionero en la sociología del deporte -citado por Enrique Carretero Pasín-, afirmaba que “no es absurdo en modo alguno decir que el deporte está convirtiéndose cada vez más en la religión seglar de esta época cada vez más profana”.

Siguiendo en esta misma línea, Marc Auge, antropólogo francés y ex director de estudios de la École des Hautes Études en Sciences Sociales (EHESS) de París (1985-1995) (“¿Deporte o gran ritual moderno?”) profundizaba, explicando que:

“El fútbol constituye un hecho social total porque está relacionado con todos los elementos de la sociedad, pero también porque se puede analizar desde diferentes puntos de vista. Su naturaleza es doble: práctica y espectáculo. Práctica suficientemente expandida por ser considerada en sí misma un fenómeno masivo. Espectáculo bastante atractivo para que el número de espectadores aumente y para que los días de la semana se vean afectados con antelación o a posteriori. El espectáculo de fútbol se convirtió en algo de todos y no puede estar destinado a un grupo particular que, según los puntos de vista, encontraría allí la imagen de su propia cohesión o el espejo de su alienación. En este sentido, el fútbol funciona como un fenómeno religioso y como ritual. Podríamos decir que la relación entre deporte de masas y religión no tiene nada de metafórico. El hecho de que sus funciones sociales puedan interpretarse, según las circunstancias, de manera diversa y hasta contradictoria lo acerca más al fenómeno religioso. Y, como sucede con todo ritual, uno espera que se produzca… En el ritual deportivo, esta espera se consuma con la celebración misma… Tal vez Occidente esté frente al avance de una religión sin que todavía se haya dado cuenta”.

Acaso un elemento intrínseco de lo humano, una necesidad, una pulsión atávica busque sujetarse o valerse de escenarios y circunstancias donde puede emerger con el auxilio (o coartada) de lo comunitario (sabiendo que el suceso o evento es breve, y que ese vínculo poderoso, pero efímero, con los otros, con lo emotivo, se deshará por ‘oxidación’ instantánea al tomar contacto con la realidad), de las repeticiones conocidas –ritos, ceremonias con sus símbolos– a las que pueden adjudicársele fáciles significados o, simplemente, de las que puede servirse como estímulos para cancelar momentáneamente los rastros de cotidianeidad (ruido para anular el ruido), los rastros de individualidad: ser, en definitiva, una anonimidad entre la masa, una suerte de feto en una placenta social. Tal vez ese elemento sea un temor que precisa de lo colectivo para disimular su indefensión. Tal vez sólo sea lo que nos impulsa a sociabilizar, a estar en grupo, a reunirnos; y a festejar esa comunión.

Pero, digresiones aparte, y prosiguiendo con la voz de los que saben, Ramón Llopis Goig (“El fútbol como ritual festivo. Un análisis referido a la sociedad española”) comentaba que el fútbol es un ejemplo del “proceso de transfiguración de rituales y fiestas en las sociedades de la modernidad tardía y de su encarnación en fenómenos de masivo seguimiento como los espectáculos deportivos”; además de haberse apropiado actualmente de muchos de los aspectos implícitos en los rituales tradicionales, hecho que le ha permitido transferir “el aura de lo sagrado a sus objetos, actores, y símbolos, para transfigurarse en una suerte de liturgia civil”.

Una liturgia en la que los jugadores acaso ofician de Prometeos y Sísifos que regatean con astucia y picardía a los propios dioses (que tienen en los árbitros a sus alcahuetes) ofrendándole regalos a los humanos, claro que a los originales griegos finalmente los agarraron en posición adelantada.

Como fuere, el fútbol, proponía Carretero Pasín, es una ceremonia ritual que responde al ansia de la imaginación por suspender los dictados de la realidad y ‘re-ilusionar’ lo cotidiano. Así, “reintroduce transitoriamente el sueño, la ilusión, lo extra-ordinario, lo maravilloso, en la vida cotidiana, dando rienda suelta a aquella fantasía trascendental atesorada en lo más profundo de toda sociedad y que anhela transfigurar, desdoblar, una desencantada realidad”.

Mas, Christian Bromberger, (“Las multitudes deportivas: analogía entre rituales deportivos y religiosos”) matizaba que podría objetarse, sin embargo que falta aquí un elemento esencial, para realizar la comparación entre fútbol y hecho ritual: la creencia ó la presencia actuante de seres o fuerzas sobrenaturales, que es la espina dorsal de un rito religioso. Entonces, para el antropólogo francés, el fútbol aparecería como un universo-refugio y como creador de prácticas mágico-religiosas, como una especie de folklore. En este universo se cree en un modo condicional en la eficacia simbólica. Jugadores e hinchas utilizan diversos procedimientos que reflejan una especie de magia personal o tomadas de la religión oficial para apropiarse de la suerte, para jugar con la suerte, dominar lo aleatorio, triunfar sobre las incertidumbres que ponen de relieve los partidos de fútbol.

Concluyendo, Oscar Fernández y Roberto Cachán, de la Universidad de León (“Valoración y dinámicas del hecho religioso en escenarios deportivos: Un Dios que juega”, en Actualidad en antropología del deporte: Investigación y Aplicación) resaltaban el hecho de que no se “crea o se destruye” la religión, sino que se transforma: “La religión sirve y actúa en el deporte, refundición que hace que el hecho religioso refuerce y se refuerce desde el punto de vista de producción de significados. En este proceso de refundición deportivo-religioso, la religión se camufla para filtrarse en la vida cotidiana, se revela en multitudinarias situaciones y contextos, manifestaciones y conversaciones y en distintos sectores sociales”.

En definitiva, se trata –decían- de la “consagración de lo profano”.

Por Marcelo Wio (@wio_marcelo)

Redacción Kaiser

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