Novedades

Escribir la historia desde el precipicio

De cómo el Real Madrid ha cimentado las bases de su éxito

Nada se pareció más al Madrid soñado por Florentino que aquel de las 22 victorias consecutivas en el otoño de 2014. Un equipo con dos bestias como centrales que sostenían el juego lírico de sus ocho virtuosos compañeros. Acomodados sobre el tapete por un Ancelotti flexible y abierto a cualquier cambio en la pizarra para que ese fútbol no dejara de fluir, los jugadores merengues se potenciaban entre sí la inspiración para generar un caudal de fútbol y ocasiones que por momentos sembró el pánico en Europa. Era la exaltación de esa política de fichajes que tenía al atacante talentoso y de técnica depurada –luego Carletto se encargaría de inventarle una demarcación para hacerlo caber– como pieza más codiciada. Un once que se recitaba de memoria, un equipo que conseguía el equilibrio ordenándose en torno al balón, que defendía tan bien –Ramos y Pepe a campo abierto eran el monstruo final– que se podía permitir el lujo de tener una leyenda en la portería para levantar trofeos, que era vigente campeón de Europa y que tenía al Balón de Oro en sus filas. El Madrid era puro glamour.

Acomodados sobre el tapete por un Ancelotti flexible y abierto a cualquier cambio en la pizarra para que ese fútbol no dejara de fluir, los jugadores merengues se potenciaban entre sí la inspiración para generar un caudal de fútbol y ocasiones que por momentos sembró el pánico en Europa.

Sin embargo, todos los grandes resultados cosechados por el Madrid ante rivales de enjundia en los últimos tiempos nada han tenido que ver con la postal idílica que fueron aquellos tres meses. Repliegue bajo y contragolpe fueron medida de choque improvisada en la primavera de 2014 para conseguir vencer al Barça en la final de Copa y al Bayern en semis de Champions, después de que Sevilla (2-1), BVB (2-0) o el peor Barça de los últimos tiempos (3-4) desnudaran a un equipo partido que hacía aguas. Cuando llegó Zidane, de nuevo la idea primigenia fue poner al once idílico y desarrollar la idea idílica, pero en el proceso se dio cuenta de que no tenía ni tiempo ni materia prima –el James de Ancelotti había desaparecido, Pepe y Ramos eran una sombra de aquellos titanes que habían sido, las lesiones lastraban a Bale y por lo tanto al crecimiento del equipo, etc.–. No había espacio temporal para interiorizar complejos automatismos con balón que permitieran desarbolar defensas cerradas, así que buscó un plan que le permitiera competir ante modelos de juego más trabajados.

En el ensayo-error que toda creación conlleva, la figura de Casemiro marcó el termómetro blanco. A pesar de su hiperactividad a veces desmedida, su presencia era clave para apuntalar el juego sin balón, tanto en defensa estática como en transiciones. Sin embargo, con balón restaba velocidad en la circulación, sumaba más imprecisiones de las que corresponden en una zona del campo tan delicada y entorpecía el reparto de espacios con Kroos y Modric. Pero su crecimiento y el del equipo fueron de la mano por aquella verdad absoluta que tan bien plasmó Simeone: el orden potencia las individualidades. Cuando le preguntaban a Benítez qué le gustaba tanto de Casemiro para darle un protagonismo tan relevante en el Madrid de los Globetrotters respondía que el brasileño tiene algo no tan común entre los futbolistas: ‘Casemiro escucha’, decía. Esa predisposición a empaparse de lo que quería Zidane fue capital. El francés restó impulsividad al brasileño sin condicionar su intensidad, priorizando el guardar la posición sobre el afán de anticipar y el pase de seguridad sobre el riesgo de una tentadora cabalgada o un pase vertical comprometido. Casemiro pasó de sofocar el caos a prevenirlo, ordenado dentro de un Madrid obsesionado con minimizar fallos mediante posesiones poco dañinas pero seguras y una defensa paciente y cerebral. La calidad de sus hombres y el balón parado –atajo competitivo perfecto para decidir partidos de élite ante equipos sin fisuras– marcarían la diferencia ante esta invitación merengue al rival de disputar partidos en los que no se permita un error.

Zidane restó impulsividad al brasileño sin condicionar su intensidad, priorizando el guardar la posición sobre el afán de anticipar y el pase de seguridad sobre el riesgo de una tentadora cabalgada o un pase vertical comprometido. 

Así, el 1-2 del Camp Nou, el dejar al Manchester City prácticamente en cero ocasiones en 180 minutos de eliminatoria y al Atlético en una y media en 120 de final se ha dado de nuevo alejándose del plan inicial y de la línea trazada por la dirección del club. Una vez más el vestuario ha elegido esfuerzo y concentración intensa en un corto periodo en el que ganar premia al máximo (abril y mayo), apoyados en un plan que por sencillo que sea reafirma la confianza del equipo y hace dudar a unos rivales que no se acaban de creer que un equipo con Modric, Kroos, Marcelo, Isco o la BBC pueda renunciar al balón durante tanto tiempo.

El Madrid ha ganado 5 de las últimas 19 Ligas y 5 de las últimas 19 Champions. No es una estadística lógica, pero tiene su punto de partida en que son formatos distintos de competición. Tener una línea futbolística definida, un organigrama de club en el que la relación entre los distintos estamentos (presidencia, dirección deportiva, cuerpo técnico y jugadores) sea de cooperación y coordinación y no de jerarquía –las injerencias en parcelas ajenas debilitan este trabajo en equipo–, y un modelo de juego trabajado y de calidad otorgan un ralentí al funcionamiento del equipo que acaba decidiendo las competiciones ligueras en las que los partidos valen lo mismo en octubre que en abril –a diferencia de la Champions, que perdona un error en otoño y te lo hace pagar con sangre en primavera–. Es decir, en un recorrido donde lesiones, bajones físicos o de confianza o parones de selecciones van a hacer mella antes o después, el tener un patrón definido y de alto nivel hace que, frente a la adversidad, el equipo funcione a un número de revoluciones mayor que el que cree que todo esto es secundario.

Está claro que contra el ralentí del Barça es muy difícil luchar, que su modelo de juego –con los matices que cada técnico le va dando– es parte de su escudo y que la ‘era Messi’ ha elevado este trabajo a una cota de rendimiento difícil de imaginar. Que cuando la dinámica culé ha llegado en plenitud a abril-mayo ha rozado la invulnerabilidad –sus cinco Copas de Europa llevan anudadas como mínimo la Liga de esa misma temporada–. Cierto. Pero no haría bien el Madrid en pensar que la dureza de su escudo, la grandeza de una generación de jugadores que ha hecho de ganar finales una forma de ser o el hecho de que la Champions sea una competición de momentos en la que ni el proyecto más perfecto asegura el éxito, puede dejar en un lugar residual la implantación de una idea de juego –sea la idílica o cualquier otra– por el entrenador de turno. Autonomía para el técnico y paciencia en el proceso. De ahí saldrá la diferencia entre disputar una tanda de penaltis para coronar una temporada apoteósica como en la derrota ante el Bayern en 2011/12 o jugarla para salvar la campaña.

 

Alberto Egea

Una volea de Rafter. Una asistencia de Jason Williams. Una celebración del 'Pipo' Inzaghi. Un ataque de Pantani. Y 'John Milner' de Loquillo.
Twitter: @esttoper

Latest posts by Alberto Egea (see all)

2 Comments en Escribir la historia desde el precipicio

  1. “Pero no haría bien el Madrid en pensar que la dureza de su escudo, la grandeza de una generación de jugadores que ha hecho de ganar finales una forma de ser o el hecho de que la Champions sea una competición de momentos en la que ni el proyecto más perfecto asegura el éxito, puede dejar en un lugar residual la implantación de una idea de juego –sea la idílica o cualquier otra– por el entrenador de turno. Autonomía para el técnico y paciencia en el proceso”.

    Así sea.

  2. Genial análisis de la realidad madridista. Voracidad competitiva que acaba olvidando lo más básico y penalizando la regularidad.

Deja un comentario.

Tu dirección de correo no será publicada.