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El dinosaurio de Ancelotti

Reflexión sobre los métodos del entrenador del Real Madrid

La historia se ha hartado de repetirnos que en el fútbol no hay axiomas. Que se ganó priorizando el balón para crear espacios y se ganó priorizando dominar los espacios al poseedor de éste; que se ganó con un técnico rígido y disciplinado y se ganó con un técnico flexible y permisivo; y que se ganó gestionando plantillas mediante rotaciones previstas y cuadradas con escuadra y cartabón a lo largo de toda la temporada, y se ganó confiando en un bloque definido y hermético que acaparara el núcleo duro del curso.

Foto: Eurosport

Se ganó con el blanco, con el negro y con toda la gama de grises, pero la clave nunca fue la elección del qué sino la gestión del contexto específico, de la realidad reinante en cada momento. Qué jugadores tengo, qué características tienen, en qué momento físico y emocional los tengo, a qué rival enfrento, en qué momentos de la campaña quiero alcanzar los picos de forma del equipo, y así hasta acotar el último milímetro de ese dinosaurio que es un equipo de fútbol.

Ancelotti tuvo claro desde septiembre que cada jugador era un número. Que cualquiera de los seis de arriba tendrían que faltar para que entrara el número siete, que el portero era una limitación de la que enorgullecerse –admirable, como la negativa a fichar extranjeros del Athletic–, que el sistema pedía laterales ultraofensivos que dejaban fuera de combate a Coentrao y Arbeloa, y que solo en la pareja de centrales habría abierta una puerta a la sana competencia. El diseño de la plantilla dejaba además, un Illarramendi quemado con 24 años –con una cruz profunda y cruel en la frente que hubiera firmado el mismísimo Aldo Raine–, al que la realidad de jugar en el Madrid ya le había superado. Un jugador cuyo momento futbolístico pedía a gritos un lugar donde recordar que había sido pilar maestro de la Real que se metió en Champions y de una de las mejores selecciones sub-21 de siempre, y un equipo que exigía con la misma vehemencia un suplente contrastado para Kroos y Modric.

Quedaba una sensación en el madridismo de volver a empezar, de tener que volver a encontrar una fórmula ganadora cuando se había dispuesto por fin de una muy fiable.

Se puede excusar que Alonso salió a cuatro días del cierre de mercado, pero en ese tiempo se pudo peinar el mercado en busca de un veterano que sí tuviera la confianza de Ancelotti y que, como el Davids del Barcelona o el Essien que Mourinho rescató sobre la bocina en su última temporada en Madrid, pudieran ejercer de bomberos a los que nadie tuviera que enseñarles a ejercer la profesión en los peores incendios. De alguna manera se entregó este papel a Khedira, que no es mediocentro sino interior derecho (o segundo pivote), que venía de una lesión gravísima y que acababa contrato en un año, por lo que negociaciones y cábalas en mitad de temporada podían afectar a su rendimiento, no en la entrega sino en el nivel de concentración. Llegó Lucas Silva, pero el suyo era un fichaje a largo plazo. El Madrid hizo bien en no precipitarse con él. Exponerle –con 22 años y sin experiencia en Europa–, hacerle cargar con la responsabilidad de un puesto tan trascendente, anudaba el riesgo de matarlo antes de hora.

Foto: El Economisya

Foto: El Economisya

Se confió en que Jesé –que no jugó más de media hora en un partido hasta la primera semana de febrero–, lesionado de larga duración, comenzara una hipotética pretemporada en Navidad para llegar a primavera en ese punto óptimo de forma que disfrutaba en marzo de 2014 cuando todo se fue al traste. La planificación era puro optimismo. Todo iba a salir bien. El Madrid pasó de anticiparse a los acontecimientos. Pasó de proyectar desde el pesimismo, acto capital para prever soluciones de garantías a infortunios sobrevenidos no fortuitos. Al cambio, escribió una ostentosa carta a los Reyes Magos, que bastante bien se portaron cuidándole a Kroos del más pequeño resfriado durante toda la temporada, dejándole a un Chicharito enchufado en pleno abril tras siete meses de ostracismo, o dilatando un año más ese superpoder de Coentrao que le hace firmar partidos de quilates como la vuelta de cuartos de Champions ante el Atlético sin ritmo competitivo en el cuerpo y sin haber levantado la voz para exigirlo.

A Ancelotti le alteraron en verano la estructura de un equipo campeón. Los éxitos del Madrid en su primer año no se entendían sin Xabi Alonso y Di María, y las llegadas de Kroos y James se percibían con la incertidumbre de saber si el alemán sería capaz de consagrarse como pivote y de si el colombiano daría constancia y productividad al talento mostrado en el Mundial. Quedaba una sensación en el madridismo de volver a empezar, de tener que volver a encontrar una fórmula ganadora cuando se había dispuesto por fin de una muy fiable. Pero como dice el alemán Claus Möller –fundador de TMI World, una de las mayores consultoras del mundo–, ‘cuando soplan vientos de cambio, unos buscan refugios y se ponen a salvo y otros construyen molinos y se hacen ricos’. Y éste fue Ancelotti. Renovó por enésima vez su libreto, abogó por el balón, se lo jugó todo al talento y creó un equipo de esos que se pierden aquellos que dicen que nadie se acuerda del que no gana, pero que todos disfrutamos como puercos en el barro cuando los amigos de Fiebre Maldini lo rescatan años después en su programa.

Foto: Marca

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Este estilo cuasi improvisado por las circunstancias tenía un hándicap: necesitaba superdotados del balón, y aquí se abría una brecha casi insalvable entre doce o trece jugadores y el resto. Esto complicaba bastante la política de rotaciones. Carletto decidió que no rotaría a nadie de su once tipo; que serían lesiones y sanciones las que fueran dando entrada a los que luchaban por minutos. La dinámica del equipo parecía no depender siquiera del rendimiento individual para ganarse el puesto. Ancelotti se convirtió en incondicional de su once titular. Su equipo de partida era el que mejor interpretaba la idea del técnico italiano, y esto parecía pesar más en sus decisiones que el momento de forma o de inspiración de los jugadores. Esto es un peligro porque frustra al suplente que pelea por el puesto, acomoda al titular –que elige en que partidos o momentos ser intenso y en cuáles no– y desactiva competitivamente a ese futbolista que te puede salvar la papeleta en días como el de la vuelta del Schalke, donde jugadores como Khedira o Arbeloa –animales competitivos por definición– estuvieron irreconocibles. La desmotivación del jugador cuando se gestiona sin priorizar el rendimiento la explicó muy bien Craig Bellamy –ex jugador del Liverpool– en su autobiografía, aludiendo a una realidad similar en un contexto totalmente opuesto como eran las rotaciones matemáticas de Rafa Benítez, en las que jugabas cuando te tocaba:

“Una semana podías jugar, la próxima quizá no. Ninguno de los jugadores lo sabría nunca hasta una hora antes del saque inicial. Me pareció muy difícil adaptarme. Me preparaba como si fuera a ser titular porque sentía que era lo que debía hacer un profesional. Pero tengo que meterme en un cierto estado de ánimo cuando juego. Me aíslo de todo mi alrededor el día del partido. Todo con mucha intensidad. En estas circunstancias, es muy difícil si te dicen una hora antes del partido que vas al banquillo. Preparándome como si fuera a jugar, también estaba asegurando que la decepción sería aún mayor cuando no jugara. Así que empecé a decirme a mí mismo que tenía que cambiar de táctica. Dejé de presionarme demasiado, por lo que sería más fácil lidiar con la decepción de no haber sido seleccionado. Pero luego, cuando me tocaba ser titular, era casi un shock para mí. Tenía una hora para prepararme”.

Achacarlo todo al físico es esconder errores. El Atlético apuró las tres competiciones la pasada temporada con una plantilla inferior amarrando la Liga con nueve victorias consecutivas entre marzo y abril –cuando se supone que el once que se recita de carrerilla debe llegar fundido– y alcanzó una final de Champions que se le escapó en un suspiro. Aquel equipo había hecho de ganar un hábito a partir de una calidad táctica fuera de lo común, desarrollada dentro de un modelo de juego que los jugadores conocían de memoria. Y sobretodo. Lo de aquel Atlético era fe ciega y lo de este Madrid, que colmó su verdadero aliciente conquistando la Décima, era fe obligada.

Alberto Egea

Una volea de Rafter. Una asistencia de Jason Williams. Una celebración del 'Pipo' Inzaghi. Un ataque de Pantani. Y 'John Milner' de Loquillo.
Twitter: @esttoper

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3 Comments en El dinosaurio de Ancelotti

  1. Tener competitividad en el banquillo y un buen fondo de armario es tan importante (o más) que tener 11 jugadores galácticos sobre el campo.

  2. vaya por delante que lo he leido entero y me parece que está cojonudamente escrito. Me chirria mogollón que menciones a Khedira (en serio?, ese jeta?) dos veces para dar valor a un argumento que ya era lógico de por sí. Es amiguete?

  3. Felicidades por el artículo Alberto, me ha parecido realmente bueno y realmente interesante, aunque discrepo en algunas cosas. Creo que Ancelotti sí hubiera rotado si no hubiera sido por tantas lesiones, de hecho el año pasado lo hizo: Coentrao-Marcelo, Isco con los centrocampistas, Jesé e Isco con los extremos, Varane con Pepe-Ramos… Creo que este año ha rotado menos por eso, no es lo mismo mirar al banquillo y tener a tu 1ª opción que mirar y que sea la 3ª (Khedira, Lucas, Illarra…). Muchos achancan el “fracaso” de temporada del Madrid a la falta de rotaciones cuando era prácticamente imposible rotar por los motivos citados, siendo también esa afirmación incorrecta para mí. El ejemplo del año pasado del Atleti es perfecto, y también el de este Barça, que quitando algunas posiciones donde entre el titular y el suplente no había mucha diferencia (Masche-Busquets, Xavi con los interiores) no ha rotado y han llegado a final de temporada como un tiro. Doy mi opinión sobre las “rotaciones” de Luis Enrique y las “no rotaciones” de Ancelotti, argumentado todo con datos, estadísticas y mis opiniones: http://t.co/WdV3R0j3G

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