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Ocho Ligas

Dominio azulgrana

Desde que el Barça rompiera a jugar a principios de 2004 después de que Laporta hubiera defendido su proyecto –abanderado por Rijkaard y Ronaldinho– hasta las últimas consecuencias (el equipo marchaba 12º en Liga a 18 puntos del Madrid a mitad de campaña), solo la torpe gestión de Ronaldinho de su propio reinado y la enfermedad de Tito –circunstancias sobrevenidas e imprevisibles ambas, con sus respectivos desencadenantes en forma de decisiones erróneas o precipitadas– han roto una dinámica ganadora edificada desde la coherencia de un proyecto con una idea definida y compartida por todos los estamentos del club (presidencia, secretaría técnica y cuerpo técnico), entre los cuales no existe una relación de jerarquía (no se da injerencia alguna de ninguna competencia: el presidente no elige qué fichar, de la misma forma que a Luis Enrique no se le ocurriría decirle a Bartomeu qué publicidad debe lucir el equipo en la camiseta) sino de coordinación y cooperación.

En la era de Guardiola y Mourinho en España, el Barça adquirió –para ya no volverlo a abandonar– el superpoder imprescindible para el que pretende implantar una hegemonía: el hambre competitiva infinita. La capacidad de Guardiola para envenenar a los jugadores con la idea de que en el deporte no hay crédito –fomentando la competencia interna y haciendo de cada partido un reto– unido a la brutal calidad de un rival que demandaba la máxima exigencia prolongada en el tiempo y al aliciente de reconocer en Mourinho un enemigo de película acabaron de curtir la bestia. El Barça sabía que cuando bajara el pistón lo más mínimo, ahí estaría Mourinho dispuesto a levantar trofeos y a recordárselo las veces que hiciera falta. Es aquello que decía Kasparov sobre Karpov, en la que ha sido una de las rivalidades más grandes de la historia del deporte: ‘He tenido el mejor profesor particular que hubiera podido desear’.

Así pues, durante estos 12 años el Madrid se ha tenido que enfrentar a un proyecto adulto, congruente y de la máxima calidad, forjado en un núcleo de jugadores que han interiorizado lo más difícil que existe en el deporte de élite: mantener las mismas ganas de ganar de la primera vez. Lo lógico es bajar el pistón inconscientemente cuando se llega a la cima y ser reducido por rivales que, inferiores o no, pelean con la agresividad del que no tiene nada. Esta gente, no. Un grupo hecho de la piel de los alemanes de los setenta, del baloncesto yugoslavo ochentero que luego arrasaría la Guerra de los Balcanes. De esos que no querías ver ni en pintura porque sabías que te iban a ganar. De los que sembraban el pánico porque además de ser los mejores, competían como nadie.

Y ya no se puede reducir todo a Messi. Cada partido suyo es una obra de arte y su talento gana partidos cuando el juego no alcanza, pero esta temporada estuvo fuera dos meses y el Barça ganó 8 partidos de 9 en Liga y Champions además de la semifinal del Mundial de Clubes y la ida de cuartos de Copa en San Mamés (1-2). Y dejó para la posteridad la foto más dura de este siglo para el madridismo: la imagen de Messi en el Bernabéu saltando al campo desde el banquillo a la hora de partido con un marcador de 0-3 al fondo.

messi bernabeu

Pero como decía Julio Velasco, ‘las situaciones a las que nos enfrentamos nunca son las que deberían ser. Son las que son. Las dificultades no son impedimentos. Son eso que te sirve para desarrollar anticuerpos’. Y el Madrid nunca tuvo plan para contrarrestar esto. Sí lo tuvo Mourinho, que detectó el problema y lo ejecutó con todas las consecuencias. En su carrera por diseñar un equipo que pudiera llegar a ganarle al Barça le dejó claro al presidente que se haría a su manera o de ninguna manera. Solucionó el despropósito de juntar un entrenador y un director deportivo de ideas radicalmente distintas exponiendo el ‘Valdano o yo’, impidió a la prensa cualquier intromisión en su parcela –“Continuo pensando que la prensa fuera del avión del equipo es correcto, la prensa fuera del centro de entrenamiento es correcto, que la prensa no decide quién juega es correcto, que yo no tenga que poner a jugar a vuestros niños queridos es correcto.” – y ajustició a jugadores que ponían su ego por encima de los intereses del equipo. Esos que habían dejado vendido a Pellegrini en Alcorcón (4-0) y que lo harían después con Ancelotti (dejándose ir en Liga una vez clasificado para la final de Lisboa, el 3-4 ante el Schalke, el 4-0 ante el Atlético, etc.) o con Benítez porque, bohemios ellos, deciden que hay partidos que no sale a cuenta arremangarse. Que ellos están para empresas más ambiciosas, despidiendo un deje de grandeza asumido por todos que no se sabe bien de donde viene y que la realidad de una Liga en ocho años –las mismas que el Twente, el Montpellier o el Wolfsburgo– no deja de contradecirle. Jugadores que no encuentran estímulo en el amor propio, que ‘creen’ en el entrenador que quieren –como si la predisposición a interiorizar la idea del técnico no fuera la primera obligación de un profesional– y que siempre encuentran excusa en la falta de actitud, porque son tan buenos que fútbol no les falta nunca.

Y podrán ganar la Champions porque ésta es como el póker para Phil Hellmuth: ‘100% habilidad y 50% suerte’. Una competición de momentos en la que dos semanas de inspiración, tener suerte en los cruces o la grandeza histórica de un escudo a prueba de bombas pueden esconder el desastre, hacer que este modelo de gestión se prolongue y seguir haciendo de aquella frase de Nietzsche, ‘la esperanza es el peor de los males, pues alarga el tormento del hombre’, la seña de identidad del club.

Alberto Egea

Una volea de Rafter. Una asistencia de Jason Williams. Una celebración del 'Pipo' Inzaghi. Un ataque de Pantani. Y 'John Milner' de Loquillo.
Twitter: @esttoper

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1 Comentario en Ocho Ligas

  1. Me ha gustado mucho este articulo, enhorabuena.

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