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Ancelotti y los equipos consentidos

Análisis de los equipos de Ancelotti

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Seguramente no haya reto más duro para un entrenador que renovar el hambre en vestuarios aburridos de ganar. Ancelotti, que en este siglo no conoce otro escenario que no sea el de lidiar con plantillas colosales, lo sabe de sobra. Su manera de entender la competición siempre estuvo lejos del famoso ‘partido a partido’, lejos de la convicción de pelear todos los torneos por igual sin distinguir partidos ni priorizar competiciones –filosofía propia de técnicos como Lippi, Ferguson, Mourinho, Guardiola o Simeone–, siendo la Champions para él –y para sus jugadores de forma cómplice, o viceversa– el termómetro que marca la intensidad a aplicar en Liga.

Desde que saliera del Parma en 1998 ha dirigido 13 temporadas completas (2 con la Juve, 7 con el Milan, 2 con el Chelsea, una con el PSG y una con el Madrid). En las tres campañas que ganó la Liga nunca pasó de cuartos en Champions (cuartos de final con el Milan en 2003/04, octavos con el Chelsea en 2009/10 y cuartos con el PSG en 2012/13), y en las cuatro oportunidades que alcanzó la final de Champions las actuaciones en Liga de sus equipos fueron las siguientes: 6 victorias en toda la segunda vuelta de la Serie A 2002/03, ninguna victoria en los últimos cuatro partidos de la 2004/05 tras llegar empatado a puntos con la Juventus a cuatro jornadas del final, 8 victorias en toda la primera vuelta de la Serie A 2006/07 –el Milan es sancionado con -8 puntos por el escándalo del Calciopoli y deja el Scudetto en segundo plano–, y dos empates y una derrota en los tres partidos posteriores a la clasificación para la final de Champions en 2013/14 –últimos tres en los que el Madrid tendría posibilidades matemáticas para ganar la Liga–.

Satisfecho el reto eterno de la última década –la ansiada Décima–, Ancelotti encontró en verano los mismos alicientes que en el Milan en 2003, tras acabar con nueve años de sequía en Europa del club rossonero: coleccionar prestigio en torneos internacionales a partido único –Supercopa de Europa y Copa Intercontinental– que exigen concentración y un pico dulce de forma en puntos cortos y determinados del calendario; e instaurar una nueva idea de juego más seductora para el jugador –entonces las incorporaciones de Kaká y Cafú subieron el nivel del ataque creando una máquina ofensiva temible– que potenciara inconscientemente su compromiso y evitara hacerse previsible ante unos rivales que no dejaban de estudiarlo.

Ancelotti Milan

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El Madrid reunió un once perfecto para ejecutar a la perfección la nueva idea de Ancelotti, que exigía una técnica, una precisión con balón y una capacidad de interpretación de movimientos en ataque reservada para unos pocos privilegiados. Una idea que se resiente enseguida cuando baja la calidad de cualquiera de sus piezas, por lo que exige un banquillo de nivel para que el invento no se caiga a la mínima. Y quizá fue aquí donde el Madrid cometió un pecado de optimismo no dando a la salida de Xabi Alonso –tuvo cuatro días en verano y más de un mes en invierno para traer un centrocampista contrastado– la importancia que de verdad tenía. Ancelotti planificó con Isco como primer reserva de cualquiera de los seis hombres de arriba, y tirando de esperanza de nuevo, confió en que Jesé volviera demasiado pronto a ser el que era hace un año para dar un recambio a cualquiera de los tres de arriba o entrara en el revulsivo 4-2-4 que de momento apenas le está dando soluciones. Hasta ahí los recursos por delante de la defensa que convencen a Ancelotti y que constituyen certezas, porque el club se quedó a Illarramendi habiendo comprobado que su técnico no confiaba en él –la final de Champions aclaró las pocas dudas que quedaban–, y a Khedira con la incertidumbre de si las lesiones le dejarían volver a coger ritmo competitivo. Y ni el primero ha dejado de estar superado por la realidad que supone jugar en el Madrid ni el segundo se ha podido apartar de su calvario particular.

Ancelotti nunca fue amigo de las rotaciones, y siempre buscó el modelo de juego que mejor pudieran desarrollar los trece o catorce jugadores en los que confía, improvisando esquemas y adaptaciones de jugadores a otras demarcaciones para dar solución a las bajas que se van sobreviniendo durante la temporada. Esta política de no rotar y esperar que sean lesiones y sanciones las que hagan participar a los suplentes refuerza la idea de juego principal, pero –por encima de la fatiga física, que en equipos dominantes con balón no es tan acusada como se suele exagerar– satura mentalmente a los titulares debilitando su inspiración y elimina la competencia interna, acomodando a los titulares y frustrando a unos suplentes (Arbeloa, Coentrao, Khedira…) a los que tiene desactivados competitivamente el día que se necesita echar mano de ellos.

Khedira

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Este aburguesamiento lógico de los titulares termina por crear, con la aceptación tácita de presidente, entrenador y vestuario –recordemos que Ancelotti aceptó siempre como parte del juego el rol protagonista e intervencionista de sus presidentes: Berlusconi, Abramovich, el jeque árabe del PSG y Florentino–, una serie de equipos consentidos que acaban ‘eligiendo’ instintivamente el nivel de intensidad dependiendo de la importancia del partido. La importancia o la ventaja en el marcador, porque Ancelotti ha dejado escapar en Champions: un 2-0 a los 10 minutos en la vuelta de semis de 1999 ante el Manchester United (2-3) tras haber empatado en la ida (1-1), un 4-1 frente al Depor en los 1/4 de final en 2004 (4-0), o un 3-0 al descanso en la inolvidable final de 2005 ante el Liverpool (3-3); y sufrió de lo lindo en eliminatorias que tenía sentenciadas, como en las semis de 2005 ante el PSV donde un gol salvador de Ambrosini en el descuento evitaba la prórroga tras haber ganado 2-0 en la ida, como en los cuartos ante el Borussia Dortmund la temporada pasada (2-0 y baño) tras haber vencido 3-0 en la ida, o como en el descalabro ante el Schalke (3-4) tras el 0-2 en Alemania.

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El Madrid se encontró de bruces en 2015 con la relajación propia del que consigue un objetivo –Mundial de Clubes– y con bajas trascendentales para la estructura del equipo y la idea de juego desarrollada durante tres meses (Ramos, Modric y James más las puntuales de Pepe, Cristiano o Marcelo). Ese fútbol magistral ocultaba las carencias del equipo y los defectos individuales cuando se ejecutaba a la perfección, pero querer seguir sin variar el plan cuando las piezas son inferiores ha terminado por desnudar al Madrid ante equipos replegados que, con más intensidad que los blancos, han forzado pérdidas de balón ahogando al poseedor del balón –no ya presionándole a él sino a los posibles receptores–, han maniatado a los extremos sacrificando en las ayudas al suyo propio –Joel Campbell, Iñaki Williams e Iraola…– y les han hecho correr hacia atrás, suerte en la que el brutal estado de forma de Pepe esconde un déficit colectivo importante.

Cuando las plagas de bajas o la inseguridad provocada por el estado de ánimo acontecían en el Madrid de Mourinho, el técnico portugués adoptaba lo que los profes Francisco Beltrán y Antonio Dopazo definían en ‘Filosofía y Manual de un entrenador de fútbol’ –toda recomendación de este libro es poca– como la ‘formación tortuga’, basada en un trivote estrecho en el centro del campo que compactaba al equipo en 4-3-3 o 4-4-2 en rombo, exigiendo el compromiso de todos en defensa, limitando la libertad de movimientos para minimizar riesgos y buscando transiciones rápidas y contundentes. Esta estructura daba como resultado encuentros muy físicos y de resultado corto, que servían para el equipo recuperara la autoestima compitiendo ante la adversidad y ganara solidez. Tras el 5-0 ante el Barça, esta fue la medicina para afrontar el partido siguiente ante el Valencia (victoria por 2-0 con Diarra, Xabi y Khedira en 4-3-3), consiguiendo que la goleada quedara como un borrón en medio de una hoja de resultados impecable. Un refugio así –ni mucho menos tiene por qué ser éste– sostenido por kilos de intensidad ha echado de menos el Madrid estas semanas, una serie de automatismos compartidos y realizables por toda la plantilla que –a la espera de la recuperación de sensaciones, inspiración y jugadores clave– minimizaran daños y evitaran la exposición a la que se ha visto sometido un equipo que ha dejado de reconocerse a sí mismo.

Alberto Egea

Una volea de Rafter. Una asistencia de Jason Williams. Una celebración del 'Pipo' Inzaghi. Un ataque de Pantani. Y 'John Milner' de Loquillo.
Twitter: @esttoper

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1 Comentario en Ancelotti y los equipos consentidos

  1. Magnífico Alberto. Da rabia no leer estos textos -como tantos otros de Kaiser- en la prensa deportiva especializada, porque son verdaderos y esclarecedores. La lejanía con el protagonista ayuda al darte prudencia y objetividad, análisis en frío, eso que se ha perdido con los amiguismos con los que luego toca lidiar en la consciencia del que se debate entre lo cierto y lo edulcorado.
    Saludos.

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