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La mano de Dios de Maradona… en viñetas

Argentina-Inglaterra

"Ahí está Diego". A Carlos Parnisari, que retransmitía el encuentro en el Canal 13 argentino, el temblor de su voz lo delataba. Sabía que tenía que ser Maradona el que reventase aquel partido de cuartos de final del Mundial de México contra Inglaterra. Diego estaba ahí, sí. Pero no se materializó de forma espontánea en la línea de tres cuartos. La estrella del Napoli se asomaba para recoger un pase que llegaba desde el flanco izquierdo. Antes el cuero había atravesado la cancha de una banda a otra, desde los pies de Giusti, quien había robado en el lateral derecho, hasta los del Vasco Olarticoechea, pasando por Burruchaga, Batista y Héctor Enrique.

La mano de dios

“Ahí está Diego. ¡Uno!”. Que Parnisari iniciase la narración de su jugada en directo enumerando al primer centrocampista inglés que Maradona regateaba con un quiebro, dejaba claro que en su interior daba por hecho que habría más, muchos más. “Un segundo”. Al segundo inglés Maradona lo deja atrás por velocidad. “Sigue Diego. Genial lo que hizo”. Seguir significa regatear un tercer defensor y lo que hizo genialmente fue buscar el apoyo de un compañero para eludir al defensa central que salía desde el sótano más oscuro del Buckingham Palace para acabar con la jugada por la vía rápida. “Tocó para Valdano. Entra Diego…”. A Jorge Valdano el pase le cogió a contrapié y, de espaldas a la portería, fue incapaz de controlar el balón con la pierna izquierda. La pelota, caprichosa, saltó por encima de su propio hombro izquierdo mientras Maradona se desmarcaba por el centro de la defensa como un puñal. Con Valdano incapaz de gobernar la situación, apareció por ahí Steve Hodge para despejar rematadamente mal el balón hacia su propia portería. Es su golpeo, precisamente, lo que salvó al capitán argentino de meterse en fuera de juego.

El balón subió y subió hasta que decidió bajar y bajar. Y lo hizo a plomo, desde el cielo, entre el punto de penalti y la frontal del área pequeña. Es entonces cuando decide intervenir Peter Shilton, un gentleman de 36 años con más de 600 partidos a sus espaldas, para despejar el balón con un punch. Pero Maradona tuvo la misma idea y en el fragor del salto su zurda fue unos centímetros por delante de su sien para golpear el balón y hacerlo entrar con parsimonia en la portería inglesa. “¡Gol! ¡Goooool! ¡Argentina, Diego, Diego Armando Maradona!”. A Carlos Parnisani el corazón se le desboca. Su garganta sabe que debe gritar, pero su cabeza es incapaz de tirar de imaginario para dar más detalles de lo que acaba de suceder. Rolando Hanglin, que ejercía de comentarista a su lado, fue el primero en dar unas pinceladas a la sombra de la duda: “Desesperadamente piden mano los ingleses. Yo veo a Diego levantando los dos brazos”. Una luz se encendió entonces en la cabeza de Parnisari: “¡Yo lo grito con el alma! ¡Lo grito como argentino! Pero, para mí, fue con la mano”.

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Al terminar el encuentro, los periodistas no tardaron en rodear a Maradona. Al Pelusa lo fusilaron con preguntas sobre su ilícito remate, pero dribló con su respuesta a los reporteros tan bien como antes lo había hecho en el césped con los ingleses: “He rematado un poco con la cabeza y un poco con la mano de Dios”La histeria colectiva que se vivió entonces en el estadio Azteca de México DF y en toda Argentina estaba más que justificada. La triquiñuela de Maradona, un jugador que no necesitaba las trampas ni más mimbres que sus explosivas piernas para marcar la diferencia en ese y en cualquier otro partido, estaba emponzoñada con el amargor de la venganza. Ese gol era una moneda que había estado guardada en el cajón los últimos dos años, desde que terminara la Guerra de las Malvinas entre Argentina y Reino Unido. Era un pago en especias por los 650 caídos en la contienda, por los barcos perdidos, por los aviones derribados y por la apropiación de unos archipiélagos que escocía en el orgullo patrio. El gol, que escapaba de lo terrenal con la intervención divina, imponía justicia y castigaba a través del fútbol, quizás el único escenario donde coinciden todos los argentinos, la arrogancia del imperialismo europeo.

Dos décadas después, Maradona colocó en las librerías su autobiografía y con ella reavivó la polémica: “Ahora sí puedo contar lo que en aquel momento definí como la mano de Dios. Qué mano de Dios, ¡fue la mano del Diego! Y fue como robarle la billetera a los ingleses también”. En 2008 The Sun publicó una supuesta disculpa de Maradona que el indignado Shilton se apresuró a despreciar. El astro argentino, acostumbrado como está a viajar en la montaña rusa que es su vida, no tuvo reparos en desmentir su supuesta petición de perdón: “A los 47 años me parece que pedirles disculpas a los ingleses es una estupidez”. Estúpidas o no, las disculpas serían hipócritas, porque solo servirían para apagar las brasas ocasionadas por un gol que llegó cinco minutos antes del mejor tanto de la historia, de un incendio futbolístico del que ningún inglés encontrará alivio alguno con disculpas o explicaciones. Pero esa es otra historia.

Dibujo: David Gallart /  @MoviolaGol

Texto: Aner Gondra /  @AnerGondra

 

Redacción Kaiser

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