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Alcides Ghiggia y el gol que silenció Maracaná

Marcó un gol para la historia

“Ellos esperaban ganar porque venían goleando a todos los equipos. Les hacían cinco o seis goles. Pero a Brasil lo conocíamos bien. Sabíamos cuáles eran sus puntos fuertes y sus puntos débiles. De ahí sacamos las conclusiones de cómo frenarlos y cómo marcarlos. Por suerte nos salió bien”.

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A pesar del paso de los años, Alcides Ghiggia no olvidaba nunca recordar el Maracanazo en plural. Parecía que el destino le había premiado a él con la vida más longeva de todos los que vistieron la camiseta celeste en aquel Mundial. Su voz y su porte se hacían siempre más humildes si cabe cuando recordaba aquel partido del 16 de julio de 1950 que lo metió de lleno en los libros de la historia del fútbol. No tenía problemas en reconocer que, entre el orgullo y la satisfacción que aquellas escenas le provocaban, una sombra de tristeza le atravesaba la mente cuando recordaba aquel partido porque no podía hacerlo con ninguno de sus compañeros. Había visto partir a todos. Uno a uno. El pasado día 16, cuando se cumplían exactamente 65 años de que su gol reventara las gargantas de todo Uruguay, la vida de Alcides cerró un caprichoso círculo. Falleció víctima de un ataque cardíaco.

Tal y como recordaba Ghiggia, todo el mundo pensaba que Brasil ganaría su Mundial, pero la mayor sorpresa de la historia de los Mundiales llegó tras el 2-1 que marcó a once minutos del final del partido. “Ellos hicieron el primer gol en el minuto tres del segundo tiempo. A los cinco minutos empezamos a atacar y empatamos”, recordaba el delantero italo-uruguayo, “en el minuto 34 tuve la suerte de meter el segundo gol”. Aquel derechazo que se coló ajustado al poste izquierdo cambió la historia del fútbol, pero también la existencia del propio Alcides: “Me cambió un poco la vida porque me dio la oportunidad de ir a Europa”

Alcides Ghiggia fallecía exactamente 65 años después de silenciar Maracaná un 16 de julio

Los cronistas de la época destacaban el silencio que sepultó Maracaná, el que pasaba por ser el estadio más grande del planeta. Más de 180.000 brasileños esperaban para festejar un gran logro de la canarinha, pero el gol de Ghiggia fue un mazazo que sacudió a todo el país. El jugador uruguayo no fue ajeno al cañonazo emocional que supuso su tanto: “Yo estaba contento porque había ganado un Mundial y había hecho el gol del triunfo. Pero a pesar de la alegría que uno tenía, te daba tristeza al mirar a la tribuna. Veía a la gente llorando, desesperada”.

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Aquella gesta convirtió a Alcides Ghiggia en un héroe nacional. Jugaba en Peñarol, club con el que había debutado en Primera División, y en 1953 dio el salto al viejo continente para enrolarse en la Roma. Ocho años después ficharía por el Milan. “En Italia estuve diez años y volví a Uruguay para no jugar más”, explicaba el jugador a la televisión de su país hace un lustro, “pero me engancharon para tomar parte de un equipo de veteranos que hizo una gira de partidos para recaudar fondos con fines benéficos. Los del Danubio me vieron jugar y me volvieron a contratar”. Puso así fin a su carrera, jugando en el mismo país en el que dio sus primeras patadas a un balón: “Jugábamos en la calle quince contra quince, o veinte contra veinte. Así aprendías a driblar, a ser un jugador pícaro”. El fútbol que aprendió en la calle le sirvió para ser campeón del mundo con Uruguay, pero entre 1957 y 1959 también jugaría partidos oficiales con la selección italiana.

Ghiggia jugaría en Peñarol, Roma, Milan y Danubio. También defendería los colores de Uruguay y de Italia

A pesar de sus muchos años en el fútbol de élite, tras volver de Italia Ghiggia pasó por una época un tanto ajustada en lo económico. Tanto es así que se vio obligado a subastar algunas de sus medallas para poder comprarse una casa en un modesto barrio. Toda su vida le persiguió un aura de humildad que no se diluyó por más que sus compatriotas lo tratasen con el calor y el respeto de una leyenda viva. En los días siguientes a su fallecimiento se sucedieron las muestras de afecto. El futbolista uruguayo Andrés Scotti definía en muy pocas palabras lo que Alcides había sido para Uruguay: “Nos enseñó que los imposibles no existen”.

Para el recuerdo queda su irrepetible gol, el que silenció el estadio más grande del mundo.  El gol… y su sentido del humor: “Solo tres personas en la historia han conseguido hacer callar al estadio Maracaná con un solo gesto: el Papa, Frank Sinatra y yo”.

Dibujo: David Gallart (@moviolagol)

Texto: Aner Gondra (@AnerGondra)

Redacción Kaiser

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