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El porqué Memphis reniega del apellido Depay

Su padre le abandonó siendo un niño

Hay quien marca su cuerpo con tinta negra para no olvidar las heridas. Los hay también que ese dolor lo canalizan en motivación a través de la epidermis. Grabar la piel para marcar un nuevo camino. Algo de eso tuvo que pensar el joven Memphis cuando la pelota le ayudó a aliviar su dolor. En su pecho estaba escrito su destino. Dream Chaser ya golea en el 'Teatro de los Sueños'.

En 1999, El club de la lucha rompía la taquilla en los cines de todo el mundo. En un momento de la película dirigida por David Fincher, Brad Pitt mira a Edward Norton retorciéndose de dolor en mitad de una cocina oscura, dentro de una casa ruinosa donde el hedor y la sangre campan a sus anchas. “Es después de haberlo perdido todo cuando somos libres para hacer cualquier cosa”, suelta Pitt a su rival.

Memphis vería esa película mucho tiempo después. Varias veces. En 1999 ese niño de apenas cinco años ahogaba su grito silencioso por la calles de Mordrecht, su localidad natal. De allí acababa de huir su padre Denny, de origen senegalés, abandonando a la familia en el momento más complicado. Aquello marcó la vida del pequeño Memphis Depay. Depay, ese era el apellido paterno. Su figura, su referencia, su lugar sería ocupado por Kees, el abuelo que le regaló su primer balón para marcar goles a los problemas.

El abuelo de Memphis, Kees, fue la persona que le transmitió la pasión por el fútbol.

Junto a su abuelo el pequeño Depay vio por televisión como el Feyenoord ganaba la liga de ese año, la de la temporada 98/99. “Algún día tu podrás verme jugando al fútbol por la televisión”, ya entonces demostraba carácter Memphis. Pero la vida le tenía reservada alguna que otra zancadilla antes de poder cumplir su promesa. La madre de Memphis, Cora, pronto encontró una nueva pareja, aunque éste terminó acarreando más problemas a la familia que soluciones. Con el pequeño no hubo feeling y eso también se reflejaba en los estudios.

Su maestra en la escuela primaria, Jeanet de Jong, recordaba el año pasado a un estudiante extremadamente difícil de manejar, con mucha energía y sin ningún control. Era el reflejo de las inseguridades que rodeaban la vida de un niño que no dejaba de preguntarse por qué los ‘padres’ que aparecían en su día a día parecían ser transitorios y nocivos. Tras un nuevo abandono Cora y Memphis se mudaron a casa de los abuelos, Kees y Jans, para encontrar cierta estabilidad.

Y es que es el abuelo materno quien le lleva a los entrenamientos del VV Mordrecht donde comienza a jugar con siete años y rápidamente se convierte en el chico más destacado del equipo. “Era rápido, ágil y fuerte. No tardaría mucho en marcharse de aquí” aseguraba Ton Redegeld, presidente del club. Efectivamente, el teléfono sonaría desde Rotterdarm. El Sparta había puesto los ojos en ese muchacho revoltoso que sacaba toda su furia con un balón en los pies. A su madre Cora y a su abuela Jans terminó convenciéndole la propuesta y sobre todo la cercanía entre las dos ciudades para poder visitarle a menudo.

Foto: Telegraph

Foto: Telegraph

En Rotterdam deslumbra con su confianza innata y su toque sublime sobre el césped. Pero también confirma su carácter difícil y su rebeldía fuera de la cancha. Así lo recuerda Kevin Valkenburg, uno de sus entrenadores: “Tenía problemas de conducta, por lo general conseguía reconducir a este tipo de chicos, pero él no se dejaba ayudar. Era como si se pusiera un muro alrededor suyo”.

Las ofertas, no obstante, comenzaron a acumularse en las oficinas del Sparta. Los ojeadores del Feyenoord o del Ajax llamaron en más de una ocasión a su puerta, pero el abuelo Kees era el principal escollo. Sabía que no estaba preparado para dar ese salto. Cuando llegó el PSV, la situación era ya otra: “Eindhoven fue su salvación”, reconocía tiempo después Valkenburg. Su entrenador en Rotterdam reconocía que el joven Memphis no había terminado de abandonar su entorno y que los problemas de su infancia seguían siendo un pesado telón de fondo. Aquel salto a Eindhoven, donde vivió con una familia de acogida, le sirvió para madurar.

Tras una infancia complica, Memphis comenzó a ver la luz al final del túnel. El fútbol fue su vía de escape.

En los Heijblom, la familia que le acogió, encontró la tranquilidad que necesitaba. Por fin, sintió Memphis la cercanía y el calor de un hogar propio. Desde el club le colocaron un tutor para controlar a uno de los mayores talentos de la cantera. El comportamiento de Depay mejoró y su motivación futbolística se intensificó para subir varios escalones entre los adolescentes más prometedores del país.

Las piezas del puzzle parecían encajar cuando el destino volvió a enredarle las piernas. En 2009 moría el hombre que más ha querido y respetado Memphis, su abuelo Kees. Un nuevo varapalo que dejaba en el aire su promesa. Aquella que le había hecho una década antes. Su abuelo ya no le vería jugar por la televisión pero estaría presente en todos sus triunfos. Memphis se tatuó su rostro en la parte interior de la muñeca que besa después de cada tanto. Una motivación más para llevar a cabo uno de sus lemas vitales: “Sueña, cree y consigue tus objetivos”.

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Entre ellos estaba el de jugar con el Manchester United, tal y como reconoció su madre Cora en una entrevista hace poco más de un año: “Él quiere jugar en el Manchester United y luego en un club de España”. Para entonces Depay ya era Memphis. Así lo decidió en 2012 cuando debutó con el PSV en la Eredivisie. La negación se ha repetido desde entonces tanto en la Oranje como en el United: “No quiero explicar qué pasó exactamente en casa porque no quiero dar pena a la gente. Y así seguirá siendo porque ya pasé página”, aseguraba el extremo en una entrevista a la BBC.

En su nueva casa marcó el territorio en cuanto pudo. Eligió el mítico 7 de los red devils e instó a todos a que le llamarán Memphis, como rezaba su nueva camiseta. Así se dirige a él otro de sus padres deportivos, Louis Van Gaal, quien se lo ha llevado hasta Manchester tras darle la alternativa en la Selección. Allí seguirá volando este cazador de sueños para alcanzar su destino, un mantra que lleva tatuado en su pecho: “Cuando lo miro en el espejo me estimulo porque es un aviso de que todavía no lo he cumplido al 100%, pero hacia allí me encamino”. En su nueva casa, el ‘Teatro de los Sueños’, podrá cumplirlos todos.

Emmanuel Ramiro

Pecho frío que explica con palabras lo que no pudo hacer con los pies. No me gustan las bufandas. Prefiero escribir que es la mejor forma de conocerse.
Twitter: @emmanuelrf

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