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Gracias, abuelo

Foto: apiedepista

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La muerte no entiende de edades, de clase social, de tipos de personas, de lugares del mundo, la muerte llega, y el día que llega nada se puede hacer frente a ella. La distribución de probabilidades sí varía, en función de numerosas variables, depende de la edad, de las condiciones de vida y algunos otros hechos puntuales, pero esa probabilidad nunca llega a ser cero, en ningún momento de toda nuestra vida. El sabio, pero viejo, Luis, había acumulado demasiadas condiciones para que su momento se acercase lentamente.

Su marcha ha dejado un gran vacío, un hueco en todo el mundo del fútbol muy difícil de llenar. No es ni el primero en irse ni el último que se va, pero la sensación que deja sí se siente muy pocas veces. Luis era una persona entera, íntegra, directa, ese tipo de cualidades que crean amor y odio casi a partes iguales, pero a la larga, desde ese prisma temporal que todo lo transforma, lo que crea principalmente es admiración. Admiración por una persona que no tuvo miedo ante nada ni nadie, que supo situarse junto a los más débiles y convertirlos en los más fuertes. Un hombre que ante todo, defendió unos valores, los que él creía los mejores, podría estar equivocado, o no, pero él los defendió contra viento y marea. Y por encima de todo, admiración hacia una persona ganadora, que también podía perder, pero en su corazón siempre era un ganador.

Foto; paseomelancolicos

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De Luis Aragonés podríamos destacar anécdotas, logros, fracasos y todo tipo de sucesos de todas y cada una de sus etapas, que no fueron pocas, y en muchos y diferentes lugares, pero yo me voy a quedar con una en particular, la que afecta a todo un país, mejor dicho, la que cambió todo un país, la etapa al frente de la selección nacional entre 2004 y 2008.

Luis recogió un fracaso, un fracaso estrepitoso. Una selección que, de la mano de Iñaki Sáez, se había estrellado en una fase de grupos relativamente sencilla con un gol letal de Nuno Gomes que nos había mandado de vuelta a casa a las primeras de cambio. Era nuestra Eurocopa, porque se jugaba muy cerca de casa y porque, como casi siempre, nos sentíamos favoritos y pensábamos que lo teníamos todo para levantar el trofeo. Pero la realidad se sucedió de manera muy distinta. Tras esto, Luis Aragonés tomó el relevo. Formó una selección, a medio camino entre los del fracaso portugués y una nueva generación, y con grandes dificultades se plantó en Alemania.

Al país germano llegamos con la misma sensación que a Portugal, con ilusión por sentirnos una de las grandes selecciones del evento. La fase de grupos nos hizo sentirnos fuertes, con posibilidades de llegar lejos en ese Mundial, la competición nos lo debía, la deuda contraída en Corea del Sur tenía que ser cobrada en este momento, pero una vez más, otro de nuestros vecinos, el que tantas veces había roto nuestras ilusiones, volvió a mandarnos a la lona. Una Francia liderada por un Zidane dando sus últimos coletazos de fútbol nos pasó por encima en octavos de final y nos dejó tocados. Casi hundidos. Luis tampoco lo había conseguido. La selección se había acostumbrado a caer, a perder, daba igual el comandante de la nave, y no se esperaba que Luis siguiera. ¿Por qué iba a seguir? El fracaso había vuelto a ser sonado y las esperanzas puestas en El Sabio, agotadas. Pero no sus fuerzas, sus fuerzas y sus intenciones seguían intactas.

Foto: noticiasdenavarra

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Él se decidió, nadie le suplicó, nadie le lloró, nadie apostó realmente fuerte por él, pero él era muy cabezón, y se empeñó en seguir, en seguir donde nadie veía ilusión, ni futuro, ni opciones. Y tomó decisiones, decisiones complicadas, con polémica, pero que si no las hubiera tomado él, nadie más lo habría hecho, porque él era Luis, y como Luis, no hubo ninguno.

Con exactamente las mismas dificultades, llegó España a la Eurocopa de 2008, la que se jugaría en Austria y Suiza, ¡Bendita tierra prometida! Porque allí nació todo, allí empezó. En Innsbruck, el lugar que nadie conocía, que nadie sabía mencionar, pero donde llegaba la selección. Con menos ruido que en ninguna ocasión, asediados simplemente por la polémica española, el ‘Raúl sí, Raúl no’, y por ese sentimiento extraño de saber que hiciésemos lo que hiciésemos, los cuartos de final serían nuestro tope, ¿Qué otra opción cabía pensar? Ese había sido nuestro destino aún con los mejores grupos de jugadores posibles. Pero Luis sabía algo.

Foto: lne

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Luis sabía que aquel grupo solamente necesitaba confianza, confianza con un balón, un balón en sus pies, para tocarlo, para mimarlo, para jugar al fútbol. Sabía que Albelda era importante, sufrió sin él y tuvo que tirar de Senna, y sabía que Senna sería importante, pero no porque quisiera defender, porque se sintiese menor que el resto de selecciones como pensaba la mayoría del aficionado, él sabía que Senna sería importante cuando le dijese a Xavi que jugase, a Silva que jugase, a Iniesta que jugase, a Cesc que jugase, a todos aquellos que luego fueron conocidos como esos ‘locos bajitos’. Luis sabía que solamente tenía que convencerles de que jugasen, de que no eran menores, no podían serlo. Y entre tanto, arrancó la competición.

Tres primeros partidos que sirvieron para coger ritmo, confianza, y llegar a cuartos con ilusiones renovadas, con más esperanzas, pero eran cuartos, y lo que tenía que pasar, pasó, y la duda llegó. Los cuartos, esos malditos cuartos, y delante el peor rival posible, el que se las sabía todas, esos curtidos en mil batallas, el vigente campeón del mundo, Italia. Una Italia en muy mal momento, pero Italia. Simplemente decirlo imponía respeto, es Italia, y son los cuartos. Sabíamos que perderíamos, porque era Italia, porque eran cuartos, porque la historia tiende a repetirse, pero tiende a repetirse con aquellos que se arrastran sobre sus páginas, no con aquellos que las escriben a su antojo, no con Luis.

El partido tuvo más épica que fútbol, y su gran reflejo fueron los lanzamientos desde el punto fatídico, ese punto, ese mismo punto, tan pequeño, tan insignificante durante 120 minutos, pero tan grande al final, ese punto tan temible, ese donde la historia cambió.

Foto: scanvine

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El desenlace de ese cuento lo conocemos todos, hasta el más mínimo detalle. La selección, finalmente, ganó, y Luis fue manteado por ese increíble grupo de jugadores. Un grupo, que ya existía años atrás, con distintos nombres y apariencias, pero al que Luis hizo campeón, con el que hizo lo que él sabía desde el principio que haría, ganar.

Tras ello, Luis se marchó, en un principio se marchó de la selección, pero poco a poco, Luis se fue apagando, con el rostro del que podría ser el abuelo de cualquiera de nosotros, ese que cuenta las mejores historias de sus tiempos pasados mientras su nieto, sentado sobre su pierna, asiente con cara de asombro. Y una fría mañana en la capital, un primero de Febrero, nos dejó para siempre. Él podría haber contado a sus nietos las historias más apasionantes que existen, la de cómo cambió la mentalidad de un grupo de jugadores y con ello, la de todo un país, cómo hizo que nos sintiésemos orgullosos de nuestra selección, y cómo comenzó a escribir la etapa más asombrosa de nuestro fútbol, y una de las más increíbles de toda la historia del fútbol.

Gracias, abuelo.

Foto: futbolreal

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Rafa Bravo García

Disfruto del fútbol tanto dentro como fuera del campo. Aprendo y enseño. Vi jugar en directo a Zidane. Profesionalmente, adentrándome en el mundo económico empresarial.
Twitter: @RBravoGarcia

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