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Gol de Dani Ruíz-Bazán

Una historia más en un lugar más

Gritos, carreras, golpes, traspiés, diversión… Era una tarde de mayo en la que el calor ya comenzaba a reclamar el protagonismo del que se creía merecedor. Los niños parecían ajenos a este sol de justicia, la única esfera que les importaba estaba hecha de piel sintética desgastada y desquebrajada en la que apenas se podía distinguir su diseño original. Era perfecta,  ¿acaso no hay nada más bello en el mundo que una pelota a la que se le marcan los años? Un balón en la lona nos cuenta que solo él ha hecho sonreír a más niños,  y no tan niños, que cualquier otro objeto. Cuanto más destrozada está una pelota, más felicidad ha repartido. Nuestra protagonista, que en aquel barrio rodaba, había cumplido su cometido.

El improvisado partido estaba teniendo lugar en un barrio más de la geografía española. Un barrio nada singular, un lugar con nada a destacar. El jugador más veterano del encuentro no alcanzaba por poco la década; la más joven, que se hacía llamar Casillas, defendía la portería de uno de los equipos. Una semana atrás nuestra valiente portera había cumplido seis primaveras. La pobre mártir, tan joven y viviendo el castigo imborrable de un cancerbero, sin duda, el oficio más ingrato de este deporte, sin contar con el referí, claro, aunque en aquella improvisada cancha no había más juez que el criterio común de aquellos colegiales. La bella imperfección de este partido, sin crono, ni colegiados, tenía otros detalles, si cabe, más singulares. En uno de los equipos había seis integrantes, en el otro cinco. Desde un inicio uno de los equipos partía con ventaja numérica. Bueno, este punto, se parece al fútbol profesional, aunque las ventajas numéricas están en los despachos y eso se traduce en el césped. Pero aquí estábamos hablando del fútbol y no del negocio que se escuda en la palabra fútbol, continuemos: No había porterías propiamente dichas. Dos bordillos que limitaban ambas partes del asfalto eran marcados en una medida de cuatro pasos de portero. Por tanto, una de las porterías era más chica que la otra, debido a los pasitos más cortos de nuestra Iker. Por supuesto, no había larguero. Allá donde llegase el meta se marcaba el final de la portería. No había fuera por los laterales, la cancha que se habían imaginado era rechoncha y panzuda. Todo era imperfección y, sin embargo, el partido no podía ser más perfecto.

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Bueno. Todo, todo, no era perfecto. En lugar de alentar a nuestros jugadores una hinchada devota y pasional, a su alrededor solían tener a unos adultos quejumbrosos. Que si tengan cuidado, que si aquel trozo de asfalto no era para jugar a fútbol (¿¡Y para qué era, si por allí no podían pasar coches!?), que si esto o que si aquello… pesados. Al acabar uno de los bordillos que delimitaban esta canchilla improvisada se situaba una acera y un poco más allá, unos aparcamientos. Nunca faltaba el típico señor que se molestaba porque a su amado e inanimado coche, le había tocado una pelota. Sacrilegio mayor, debían pensar. Algunos de estos señores quieren más a ese trozo de metal que a la sangre de su sangre, pobres ignorantes. En resumen, nunca faltaban adultos que entorpecieran el juego, pero afortunadamente no podían con la pasión de los que mejor entienden el fútbol. Aquel día esos jóvenes estaban más tranquilos que de costumbre, salvo un tendero del final de uno de los costados que les gritaba que jugasen más tranquilos, ya que dos balones ya habían pasado cerca de su tienda. Los adultos estaban bastante callados aquella tarde.

Dentro del partido, que para los niños era lo único importante en ese momento en su mundo, el resultado difería según a qué parte preguntaras. Unos defendían que el resultado era de 10-6, los otros decían que era 10-8. Una voz dictaminó justicia al grito de “el que marque gana”. Ya estaba, tema zanjado con la solución más justa del mundo. Nada importaba de lo que había sucedido antes, solo importaba marcar antes que tu adversario. El juego se reanudó en un campo lleno de estrellas. Ronaldinho decía ser uno; Iniesta defendía ser un chavalín moreno que en nada se parecía al manchego, había un Beckham que sabía poco o nada de inglés y un Fernando Torres perfectamente equipado con la camiseta del Liverpool a recién estrenar con el carismático ‘Carlsberg’ en ella. Era 2008 y por aquellas Torres goleaba en las canchas británicas. Sin embargo, entre ese sinfín de astros del balón que se habían reunido en ese asfalto viejo de un barrio cualquiera, había un jugador desconocido para todos los presentes, ¿su nombre?  Dani Ruíz-Bazán, así, compuesto y todo. Cuando el valiente muchacho dijo: “yo me pido a Dani”, todos lo miraron ojipláticos, a lo que el niño replicó: “Sí, Dani Ruíz-Bazán, el ídolo de mi padre”.

Cuando este niño nació, el bueno de Dani llevaba 15 años retirado, pero su padre hablaba maravillas de aquel delantero vasco que había levantado a las gradas de San Mamés una y otra vez. El padre de este niño que se hacía pasar por el delantero del Athletic, no era vasco, pero sentía los colores rojiblancos como propios. En su niñez el Athletic era un temor para Atlético de Madrid, Barcelona o Real Madrid. El Athletic era un grande y el niño lo sabía pese a que no había visto a los leones levantar título alguno. Su padre le había transmitido a la perfección el sentimiento por este equipo único. Allí estaba, emulando al héroe de la juventud de su padre, en un trozo de asfalto de un barrio cualquiera, cuando un barullo en la portería contraria, dio con el balón en los pies de este joven cachorro que no lo pensó dos veces y disparó de zurda. El balón entro a media altura, rozando el palo ficticio.

Ronaldinho, Beckham y demás estrellas de la farándula ya sabían quién era Dani Ruíz-Bazán.

Andrés Cabrera

Mientras respire seré periodista deportivo. Me encanta el fútbol y el aura que lo envuelve. La pasión de este deporte es incomparable, única.
Twitter: @Andres_inter

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